200 años de Charles Baudelaire

O de la conciencia poética de la modernidad.
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Por Santiago Manssino

Se está cumpliendo el bicentenario de una de las figuras literarias que marcaron el desarrollo de la cultura occidental desde mediados del siglo XIX. Cuando se piensa en el estereotipo del poeta solitario, del poeta sufrido, del poeta maldito, de los “pecados”, del poeta adicto, del poeta “verdadero”, pero también del poeta de la ciudad, urbano hasta los huesos, y del poeta irónico, denunciante de la hipocresía, se piensa en Charles Baudelaire.

¿Quién no se ha cruzado alguna vez con un texto de este parisino nacido un 9 de abril de 1821 y muerto a consecuencia de la sífilis en 1867? En el liceo nos lo enseñaron, al menos con “El albatros” y “A una pasante”, tal vez con otros. Es que el bueno de Charles fundó, con alguno más, la modernidad literaria. Su poesía da cuenta de la experiencia de la vida moderna urbana, a la vez que es la modernidad literaria misma. Es que hablamos de un poeta que observa la transformación de la ciudad en un momento en que el capitalismo se está desarrollando de una manera vertiginosa, cambiando de formas de producción. y de consumo, lo que altera el ritmo de vida y todo el desarrollo social. Por él supimos del “spleen”, tanto en “Las flores del mal”, como en los “Pequeños poemas en prosa”, otro de los males modernos. Generador del simbolismo como técnica poética, como escuela, con elementos e imágenes que sintetizan el sentimiento o el concepto, y estados donde los sentidos se mezclan y la percepción se distorsiona. Mientras tanto, la muchacha que vemos pasar nos enamora, pero nunca más la veremos en la ciudad multitudinaria donde todo es fugaz.

El albatros solitario, símbolo del poeta, que se basta a sí mismo, aunque los demás lo humillen, pero también el flâneur que camina entre la muchedumbre, que se hace parte de ella, que se hace uno con la ciudad como si esta fuera su amante (Walter Benjamín estudio d e manera muy aguda esta relación de Baudelaire y París, y su condición de flâneur). Ese era Baudelaire, cuya concepción estética era, de alguna manera su forma de vida, llevándola a todos los planos. Con un radar infalible, descubrió a Poe, lo introdujo en Francia y el. Mismo hizo las traducciones al francés. En “Los paraísos artificiales” describe esas experiencias de distorsión, esos estados fuera de lo cotidiano provocados por la droga. Y alega por el artificio frente a la naturaleza.

El feísmo es otro de los aspectos de su obra, el poema “Una carroña” es el ejemplo más claro de ello. La belleza la podemos encontrar hasta en lo más repugnante. Recordemos que también fue un gran crítico de arte, llevando sus ideales estéticos en todos los planos del arte, pero también en el plano vital. La decadencia no sólo estaba en la descripción poética de la vida parisina, o de las obscenidades que en ella se encontraba, sino que era una forma de vida.

Por supuesto que escandaliza a la burguesía. Recordemos que en 1857 publica “Las flores del mal”, y que es sometido a juicio por ello. Finalmente es obligado a sacar seis poemas de la obra, aquellos que estaban más directamente relacionados con lo satánico. Una mutilación que sufrió, porque este libro ahora ya universal está concebido como un todo, donde cada una de sus seis partes cumple una función. De la contradicción del “tedio mortal” y el ideal pasando por la experiencia urbana en ese París que se transforma constantemente, el placer del vino, la visibilización de lo que es considerado el mal, la rebelión contra Dios y la elección por satán, hasta llegar finalmente a la muerte. Si bien luego se volvió a editar con más poemas, esa mutilación fue sufrida como una humillación. Recordemos que, en el mismo momento, Flaubert enfrentaba su juicio contra su “Madame Bovary”. Se trata de un momento fundador de la modernidad literaria, y donde queda al descubierto que a la burguesía no le gusta que se demuestre la hipocresía de su “podrida moral”.
La influencia de Baudelaire es infinita. A nivel literario género toda una escuela, la escuela simbolista. Y por supuesto que lo reivindican las vanguardias del siglo XX, sobre todo los surrealistas, como uno de los precursores. Pero su gravitación en la cultura universal, su invención de alguna manera de la modernidad (algunos dicen que él utilizó esa palabra por primera vez), su conciencia de la transformación de la vida y la manera en que esto es plasmado en su obra poética y ensayística, son los elementos que lo hacen parte importante en la construcción cultural occidental, atravesando los siglos XIX y XX.

En su bicentenario, es necesario reivindicar a este bohemio que abrió las puertas para una revolución literaria, que fue la conciencia de la modernidad naciente y que cuestionó, por primera vez con tanta fuerza, la moral burguesa y la hipocresía dominante.