25 de noviembre

Los dolores que quedan son las libertades que nos faltan y las luchas que nos mueven.

UJC

Este 25 de noviembre conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, contra todas las mujeres. Las niñas, las jóvenes, las viejas, las pobres, las afrodescendientes, las indígenas, las más vulnerables, las mujeres trans, las que están en situación de discapacidad, las víctimas de explotación y trata, todas.
Y es difícil pensar en el objetivo que nos propone este día sin inmediatamente pensar en el sistema en el que vivimos. Un sistema que defiende la propiedad antes que la vida, la ganancia de pocos antes que los derechos de las mayorías, marcado por los privilegios de algunos y la angustia de muchas otras y otros. Sistema que evidentemente plantea un escenario jodido para proponernos la erradicación de todas las formas de violencia que vivimos, y en particular, las que vivimos las mujeres por el hecho de serlo. Violencia en el hogar, violencia étnico-racial, violencia económica, violencia sexual, violencia simbólica, violencia política, violencia obstétrica.
Pero eso no nos paraliza, y no paraliza al movimiento de mujeres organizadas, que no nos conformamos y seguimos insistiendo en visibilizar, denunciar y proponer alternativas a las desigualdades que persisten. En los primeros diez meses del año pasado se registraron más de 31.000 denuncias por violencia doméstica, cuyas víctimas son en más de un 75% mujeres. En lo que va de 2022, contamos más de 40 femicidios, y que además en muchos casos han ido acompañados del asesinato de nuestros hijos e hijas. La impunidad y el acceso desigual a la justicia, que tiene un pesado sesgo de género y de clase, es un problema que nos atraviesa a todas y todos. No es justo que las víctimas que denuncian en múltiples ocasiones no encuentren respuesta y protección por parte del Estado uruguayo. No es justo que se minimicen el acoso, el maltrato y la desigualdad en la posibilidad de ejercer nuestros derechos. ¿Cómo no nos va a movilizar que sigamos muriendo a manos de quienes alguna vez consideramos nuestros compañeros, parejas, afectos? ¿Cuán violenta es una sociedad en la que estas cifras preocupantes siguen creciendo? ¿Qué hacemos mientras desde las instituciones que deben protegernos se sigue relativizando el problema de la violencia contra las mujeres?
Como se enuncia frecuentemente, la violencia física -cuya faceta más irreparable y extrema son los femicidios- es apenas la punta del iceberg que sale a flote y resulta más visible, pero está lejos de ser el único problema o el elemento causal del asunto. Es necesario seguir interpelando e interpelándonos sobre cómo naturalizamos prácticas y discursos de violencia en nuestra sociedad y también en nuestros vínculos personales. Sin duda es incómodo, doloroso, y removedor, pero necesario.
Quienes acaban cometiendo los peores actos de violencia hacia las mujeres no son psicópatas de película ni villanos malvados, sino personas criadas, legitimadas y envalentonadas por una sociedad patriarcal, que se expresa además en formas de complicidad y ninguneo frente a la violencia. Esto ocurre por las construcciones sociales que moldean a los varones con prácticas violentas de las que tampoco salen ilesos, puesto que también afectan su desarrollo pleno y libre como seres humanos. De la misma forma en que supimos afirmar que ningún pibe nace chorro, ningún varón nace naturalmente violento. Y si consideramos que la violencia es resultado de construcciones sociales, indisociablemente debemos plantearnos que erradicarla es posible generando otro tipo de cultura en materia de género.
Muchas veces, se interpreta que el problema de la violencia basada en género es patrimonio exclusivo de las mujeres, o que es bandera únicamente de las organizaciones que se focalizan en la lucha feminista. Pero lejos de eso, es un problema que nos atraviesa a todos y todas, y entendiéndolo de esa forma, no hay organización del campo popular a la que este problema pueda pasarle por el costado. Reconociendo esto es que entendemos que no es una movilización que deba ser llevada adelante solo por mujeres. Para que exista una transformación real, es necesario que todos los actores tomen partido. Sin organización y movilización de cada vez más uruguayos y uruguayas reclamando respuestas y repensando los roles de género que fomentamos, no será posible transformar esta realidad por demás dolorosa.

Foto de portada:

Huelga y movilización feminista por el 8 de marzo. Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS.

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