Amanecer en Bolivia

Este domingo el pueblo boliviano dio una lección al mundo. Con su dignidad, su coraje, su capacidad de resistencia, de construcción de unidad y su iniciativa política, obtuvo una victoria enorme, que es mucho más que ganar una elección, pero también es eso.

Dijimos la semana pasada, casi en soledad, que el domingo Bolivia decidía entre la libertad y el golpismo. Es que era mucho más que el Parlamento y el Gobierno lo que estaba en juego.

Hace 11 meses, nada más que 11 meses, el imperialismo yanqui, con el Secretario de Estado y ex jefe de la CIA, Mike Pompeo, a la cabeza; el ministerio de Colonias de la OEA, y su impresentable secretario general, Luis Almagro; la oligarquía racista y elitista boliviana, los fascistas del Comité Cívico de Santa Cruz y los militares y policías, también fascistas, dieron un golpe de Estado y sacaron del gobierno a Evo Morales y el MAS.

La excusa fue un supuesto fraude en las elecciones, anunciado de antemano por la derecha boliviana y denunciado como una profecía auto cumplida por un informe amañado de la OEA. Esa fue la señal para el golpe.

Evo Morales, Alvaro García Linera, varios de sus ministros, dirigentes y militantes del MAS, de organizaciones campesinas, indígenas y obreras fueron amenazados, perseguidos, muchos encarcelados, otros obligados al exilio y otros a asilarse en embajadas o en países amigos.

Asumió el gobierno Jeaninne Añez, en una sesión del Parlamento sin quórum, rodeada de militares. La ola de revancha y de odio fue bestial. Se quemaron las wiphalas, símbolo del nuevo estado plurinacional y de las reivindicaciones ancestrales de los pueblos originarios bolivianos. Se desató una cacería brutal contra los focos de resistencia popular, hubo cientos de presos, heridos, decenas de muertos. En uno de los hechos más infames Patricia Arce, alcaldesa del MAS del municipio de Vinto, en Cochabamba, fue secuestrada, torturada, golpeada y humillada en la calle por grupos paramilitares fascistas.

La derecha continental se negó a calificar de golpe de Estado lo ocurrido en Bolivia, aún siguen en lo mismo y hablan de gobierno interino, reconocieron de inmediato a Añez e incluso plantearon tomar como modelo lo que allí pasó. El autoproclamado presidente de Venezuela, el monigote corrupto de Juan Guaidó, dijo: “Nos inspiramos en ustedes, en el ejemplo de la hija predilecta del libertador, de esa fuerza que han demostrado, sobre todo el apego a su carta magna y a conducir una transición. Su ejemplo no es un brisita, es un huracán de democracia para liberar a Venezuela, pero también a Nicaragua y a Cuba”.

El “huracán de democracia” en realidad fue una tromba funesta de represión, corrupción, vandalismo, racismo, junto con una desastrosa gestión económica y de la pandemia.

La derecha golpista borracha de su propia soberbia, confiada en la multimillonaria campaña en las redes sociales, con miles de cuentas falsas y en el poder de la represión y del miedo, subestimó al pueblo boliviano.

Los sectores populares resistieron siempre pero eran evidentes las fracturas internas, el desconcierto y una desconexión entre el MAS y los movimientos populares.

Todo eso empezó a cambiar en mayo. Se construyó el denominado Pacto de Unidad, una amplio espacio de coordinación entre múltiples organizaciones indígenas y campesinas, se articuló con la Central Obrera Boliviana (COB) y retomaron la ofensiva política reclamando elecciones ya. Hay que recordar que la derecha postergó tres veces las elecciones y que no las quería hacer. Se lanzó una huelga reclamando libertad y democracia, se organizó un corte de rutas, al principio fueron 70 cortes y a la semana ya eran más de 160. Fue una demostración de fuerza que alentó a los propios y puso a la defensiva a los que se creían inmunes a todo.

El MAS, en toda la línea, pero particularmente a través de los integrantes de su fórmula presidencial, el ex ministro de Economía, marxista, Luis Arce y el dirigente indígena y ex canciller, David Choquehuanca, recibieron el mensaje y se pusieron a la cabeza de las luchas y se comprometieron con ellas.

Para millones de bolivianas y bolivianos estuvo muy claro que el domingo la opción era entre libertad y golpismo; entre pueblo y oligarquía; entre soberanía y dignidad y cipayismo y entrega.

Y por eso fue masiva la votación, a pesar de la represión y la pandemia, fue una síntesis formidable de compromiso y claridad política.

Y cuando el pueblo asume su papel de sujeto de la historia y encuentra una herramienta política que lo exprese, no hay poder, por más fuerte que sea, que lo detenga.

Es muy importante destacar que el MAS obtuvo el 54,51% de los votos, que logró mayoría en ambas cámaras del Parlamento, que en El Alto, la segunda ciudad del país y cuna de la resistencia superó el 70% y en La Paz y Cochabamba el 60%. También que Patricia Arce, la alcaldesa cobardemente ultrajada, fue electa senadora por el MAS.

Es importante resaltar que el MAS sacó más votos que Evo Morales el año pasado. Que el conteo rápido, donde supuestamente se había generado el fraude, esta vez ni siquiera se hizo. Que en los circuitos denunciados por la OEA el MAS sacó más votos que el año pasado. Que el fraude, por lo tanto, fue un cuento y que por haber sido el constructor de un golpe de Estado con una mentira, Almagro se debería ir.

Pero más importante que todo eso es aprehender la lección profunda del pueblo boliviano. En Bolivia la democracia, como una construcción de libertad e igualdad y un espacio de transformación social, la defendió el pueblo, la defendió la izquierda. La oligarquía y la derecha optaron por el golpismo, la desestabilización y la violencia.

Es posible avanzar en democracia, es posible construir cambios profundos y es posible, también, recuperarse de los golpes del poder, si se construye la acumulación, política y social, suficiente de pueblo organizado.

Hay que disfrutar esta victoria hermosa de las y los hermanos bolivianos.

Esta semana, fruto de su dignidad y su coraje, el pueblo logró un amanecer en Bolivia. Salud por eso.