Por Bruno Giometti (*)
El miércoles 22 de junio, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó su informe regional de desarrollo humano para América Latina. La publicación se titula “Atrapados: alta desigualdad y bajo crecimiento en América Latina y el Caribe” y se puede tener acceso a ella a través de la web (**).
El título del informe resulta elocuente. En el mismo se mencionan los dos principales problemas socioeconómicos estructurales de la región. En primer lugar, el bajo crecimiento económico en términos comparativos con otras regiones del mundo, tanto países desarrollados como países que han experimentado procesos de crecimiento acelerado en las últimas décadas, quedando América Latina rezagada. En segundo término, la elevada desigualdad, que, si bien se pudo reducir durante la etapa de gobiernos progresistas, sigue siendo muy elevada, al punto que América Latina sigue siendo la región más desigual del planeta. Pero sobre todo interesa el vínculo que parece plantearse entre los dos aspectos: la elevada desigualdad y el insuficiente crecimiento económico, se retroalimentan mutuamente, provocando un círculo vicioso o trampa. Vamos a ir desarrollando la relación entre estos dos componentes, bajo crecimiento económico y alta desigualdad, a lo largo del presente artículo, a partir de lo que se plantea en los distintos capítulos del informe del PNUD.
El capítulo 1 se titula: ¿Una región atrapada? Desigualdad y crecimiento económico en América Latina y el Caribe. Inicialmente se resumen los factores de la caída de la desigualdad en América Latina sobre todo durante la primera década de los 2000. Se menciona el rol de las transferencias monetarias y en particular en algunos países como Uruguay, el papel jugado por los sindicatos, tendiente a reducir la desigualdad económica. Por otro lado, se aprecia una persistencia de distintas formas de desigualdad en nuestra región, de género, étnicas o por orientación sexual. Luego se detalla cómo “las múltiples crisis de la pandemia del COVID-19 han pesado más sobre los que ya se habían quedado atrás, exacerbando aún más las desigualdades a lo largo de 2020 y 2021”. Finalmente se argumenta que los patrones de crecimiento de la región, en particular el muy bajo crecimiento de la productividad, fenómeno estructural no superado, dificulta una mejora sostenida en los indicadores de desigualdad, más allá de logros puntuales asociados a las políticas públicas.
El capítulo 2 brinda elementos empíricos, recogidos mediante encuestas, acerca de cómo las personas perciben (subjetivamente) la desigualdad. Según el estudio, la población de América Latina en promedio entiende que son los hogares del 20% más pobre lo que deberían recibir apoyos del gobierno; que la tasa impositiva debería ser más alta para los que ganan más; y que la distribución de los ingresos es peor que la deseada para las personas que integran los distintos estratos de ingresos. En nuestra opinión, estos datos parecerían estar mostrando que los pueblos de nuestra región son conscientes, al menos en términos abstractos, de que vivimos en una región desigual y que los Estados deberían hacer políticas más potentes y eficaces para reducirla. La discusión podría estar en cuáles son las mejores medidas para ir en este sentido; si es posible y cómo neutralizar las acciones de los ricos tendientes a mantener su situación privilegiada; y qué actores políticos son los que deben llevar adelante estas orientaciones a través del Estado.
El capítulo 3 se titula Concentración del poder económico y político y nos trae algunos elementos muy importantes. Dice el informe que “la concentración de poder en manos de unos pocos que defienden el interés privado en lugar del bien común es uno de los factores que conectan la alta desigualdad y el bajo crecimiento”. Es decir, la elevada concentración del poder económico no se ve como resultado de una tendencia natural (como dicen los manuales neoliberales o el enfoque meritocrático) sino como un problema que justamente reproduce los fenómenos de bajo crecimiento económico y alta desigualdad. Se reconocen “al poder de monopolio y al poder político empresarial como dos caras de la misma moneda, porque las rentas de monopolio se traducen en un poder político que, en turno, aumenta el poder de monopolio creando un círculo vicioso”. Se analizan cómo la gran concentración empresarial lleva a que los consumidores paguen precios muy altos por algunos productos (rentas de monopolio) al tiempo que el poder político de estas empresas conduce a una política fiscal de muy bajo poder distributivo. Finalmente, se concluye que “salir de la trampa de alta desigualdad y bajo crecimiento de manera sostenible, requerirá acciones que funcionen para rebalancear el poder”. En el capítulo 4 del informe se analiza cómo la violencia en sus distintas formas (criminal, política, social y doméstica, contribuye a incrementar la desigualdad y también a frenar el desarrollo. Se dice que “si bien la mayor desigualdad puede estimular la violencia, la violencia también puede aumentar la desigualdad”. En el capítulo 5 finalmente se aborda el problema de los sistemas de protección social (seguridad social, transferencias, atención sanitaria). Si bien existen diferencias entre países, el informe establece que a nivel regional “las políticas de protección social segmentan el mercado laboral, brindan protección errática a los hogares contra los riesgos, no redistribuyen los ingresos lo suficiente hacia los grupos de menores ingresos y, a veces, lo hacen en la dirección opuesta, y sesgan la asignación de recursos de manera que castigan la productividad y el crecimiento de largo plazo”.
A modo de síntesis y perspectivas hacia adelante, el informe señala que “a pesar del avance en las últimas décadas para convertirse en una región de ingreso medio, la dinámica de esta trampa (bajo crecimiento y alta desigualdad) ha hecho que ese progreso sea inestable; y las crisis recientes han demostrado “la rapidez con la que se pueden producir retrocesos”. Finalmente se señala que “para que el progreso futuro hacia el desarrollo sea más sostenible, primero debemos abordar estos desafíos estructurales subyacentes que durante tanto tiempo han mantenido esta trampa en movimiento”.
El informe no tiene un enfoque materialista dialéctico, con seguridad tiene limitaciones y podemos tener diferencias con las conclusiones. Lo que hay que rescatar es que una oficina de la ONU nos brinde elementos empíricos y análisis que van en la línea de someter a crítica, con fundamentos, el modelo de concentración económica y política en América Latina. Expertos en temas económicos y sociales, que no tienen una perspectiva de superación del modo de producción capitalista, perciben y analizan de forma lúcida los límites y consecuencias de dicho sistema en la región latinoamericana, así como la necesidad de encarar transformaciones estructurales en la economía para poder ir superando flagelos como los abusos económicos de los grandes grupos empresariales, la violencia, la desigualdad, etc. Parece desprenderse de forma nítida del informe, que acumular la riqueza en los “malla oro”, para que en algún momento se derrame al resto de la población, no es razonable ni siquiera para una institución como la ONU.
(*)Economista del Instituto Cuesta Duarte y de “Valor!!”.
(**)https://www.latinamerica.undp.org/content/rblac/es/home/library/human_development/regional-human-development-report-2021.html























