Cambiar el sistema, no su soporte tecnológico

Gonzalo Perera.

Una década atrás, la comunidad internacional, particularmente la vinculada a las tecnologías de la información y la comunicación, discutía distintas iniciativas legislativas que -no casualmente- en varios países, pretendían controlar e impedir la circulación de contenidos culturales y afines en Internet. En las diversas cámaras del Congreso de los Estados Unidos se llamaban leyes SOPA y PIPA (por sus siglas en inglés), en España Ley Sinde y en Colombia Ley Lleras (por los apellidos de los ministros que las presentaron).

En un bando de aquella puja estaban las grandes cadenas televisivas, Hollywood, los sellos discográficos, las grandes editoriales y empresas farmacéuticas. Básicamente los grandes propietarios de la circulación de contenidos culturales (en sentido amplio, desde el entretenimiento hasta el conocimiento) por las vías “tradicionales”, las que existían antes de la aparición de Internet en nuestras vidas. Invocando la protección a la propiedad intelectual, aparecían oponiéndose a la amplia circulación para ese entonces ya existente, de todo tipo de contenido cultural a través de Internet: el cine, la música, el deporte y la TV por streaming (canales de YouTube, por ejemplo) o diversas aplicaciones para plataformas móviles (a través de celulares y similares), los libros circulando en Internet digitalizados como archivos .pdf, y un muy largo etc. Las leyes en cuestión suponían recortes severos a todas estas posibilidades y además la instalación de mecanismos de contralor sobre los contenidos que circulan en Internet de muy cuestionable implementación. Estas leyes parecían ataques a la libertad y al acceso gratuito a la cultura, y protectoras de las grandes empresas que poseían los derechos de la circulación de dichos contenidos en formatos “tradicionales”. Esta visión no era equivocada, pero era incompleta.

Porque del otro lado aparecían los grandes capitales de un nuevo modelo de distribución de contenidos culturales, basado en la utilización de Internet y tecnologías digitales para distribuir contenidos gratuitamente o a bajos precios, dado que su rentabilidad se suponía que basaba en grandes volúmenes de publicidad. De esa manera, algunos de quienes protestaban contra las leyes antedichas, ubicaban en el rol de defensores de la libertad y el acceso universal a la cultura, a empresas como Google, Facebook y afines, o a personajes como Mark Zuckerberg. Esta posición era de una inocencia candorosa, como veremos.

En su momento, tratamos de ubicar la discusión entre un conflicto que se ha reiterado muchas veces en la historia de la Humanidad. Cuando se produce una gran revolución tecnológica, quienes tienen el monopolio de la tecnología previa, se suelen enfrentar en un combate muy duro con quienes han creado o dominado la tecnología nueva, también constituyéndose en otro monopolio. Se enfrentan pues el monopolio de lo que ha sido hasta ahora con el monopolio de lo que puede ser a partir de ahora. Obviamente, resistir a todo lo que permite la invención de la rueda, o la máquina de vapor, o las tecnologías de la era digital es antihistórico. En ese plano, el monopolio naciente aparece alineado con el progreso en términos de habilitar el más eficiente uso de los recursos globalmente disponibles. Siendo esto cierto, no puede olvidarse jamás que este selecto grupo, cuando finalmente tome la sartén por el mango, será tan dominante y explotador como el anterior o aún más, pues intentará exprimir al resto de la Humanidad al máximo y de manera más eficiente. Por progreso tecnológico, es posible que se abran espacios, rendijas, por donde pueda canalizarse un discurso contestatario, contrahegemónico, con más facilidad que antes y es evidente que en la era de Internet accedemos a videos, textos o audios que denuncian graves injusticias o actos de salvajismo represor, que los medios tradicionales silenciaban e invisibilizaban. Pero también es cierto que comenzamos a experimentar la sobreabundancia de contenidos alineados o funcionales al pensamiento hegemónico, difusores al nivel de la saturación, vía redes sociales y medios digitales, del discurso oficial, de “fake news” (noticias falsas, a menudo ataques contra el campo popular), de ataques al pensamiento crítico y racional (difusión del terraplanismo, auge de movimientos negacionistas de la pandemia y radicalmente antivacunas, etc.), o incluso de la promoción de espacios para la creación y conexión de redes de ultraderecha y de colectivos nazi fascistas.

Nuestro discurso en su momento fue: opongámonos a las leyes SOPA, PIPA, Sande, Lleras. No se puede ser indiferente ante un intento de congelar la historia y amputar derechos. Pero cuidado: a no pensar en la buena voluntad y generosidad de Google, Facebook, etc. Porque eso sería un tremendo acto de inocencia e ingenuidad. El escenario es de disputa del poder entre los zares de una tecnología y modelo de distribución antiguos, con los zares de las nuevas tecnologías y protocolos de circulación de entretenimiento, información, conocimiento, etc. No había en juego ningún asalto al palacio de invierno: era la disputa entre zares viejos y zares nuevos, que no demorarían en mostrar la hilacha. Y nos preguntábamos, ante cierta indiferencia no sólo de opinantes de derecha, vale recordar, si acaso, en el fondo, el nuevo modelo del gran negocio global basado en Internet y tecnologías asociadas no tenía su activo esencial en la información más que en la publicidad, y en qué medida el desafío que se nos venía encima no era el de enfrentar a unos nuevos zares casi omnisapientes.

El tiempo ha mostrado que si Googleamos varias veces buscando artículos accesorios para una cierta marca de ciclomotor, al poco tiempo nos llegarán por mail, vía Facebook, Instagram o lo que sea, varias ofertas de proveedores de dichos productos, recomendaciones de tiendas especializadas, incluso indicándonos con un mapita que están a poca distancia de donde vivimos. El tiempo ha mostrado que la información y la seguridad de esta son un tema medular.

En estos momentos se vive la segunda parte de aquella batalla. A raíz de las denuncias de Frances Haugen, exempleada de Facebook (propietaria de Instagram, WhatsApp, etc.), se ha revelado que mientras la gigante empresa presenta en el último trimestre ganancias de 9 mil millones de dólares (20% del PBI del Uruguay) y 2.910 millones de clientes (casi mil veces la población de Uruguay), reportes internos evidencian que Zuckerberg, consciente y deliberadamente, permitió filtraciones de información, promoción de la difusión de contenidos agresivos o “tóxicos” y otras conductas que exponen la seguridad de sus clientes, para no perder ni un poco de rentabilidad.

Hacia los inocentes de una década atrás, podríamos decir: “te lo dije”. Pero ese acto de complacencia individualista, además de inútil, puede alentar una nueva inocentada, la de creer que todos quienes denuncian a Facebook por sus abusos son defensores de los pueblos. Anoche vi a la cadena CNN masacrar a Facebook por este asunto. Si bien CNN no es Fox News, tampoco es ningún Robin Hood informativo, claro está.

Esto es capitalismo en estado puro, la lucha despiadada por poder explotar al prójimo. Debemos avanzar tecnológicamente, pero para promover derechos y sin dejarnos seducir por ningunos zares: ni por los viejos, ni los actuales, ni los que puedan emerger. Cambiar el sistema, no su tecnología de soporte: esa es nuestra consigna.

Compartí este artículo
Share on whatsapp
Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on email
Share on print
Temas