Como hace 52 años: ahora el pueblo al poder

Verónica Piñeiro (*)

La edición de EL POPULAR del 6 de febrero de 1971 tenía como titular de tapa: “Ahora el pueblo al poder”. El Frente Amplio había nacido como la herramienta política del pueblo uruguayo. Cincuenta y dos años después, esa herramienta sigue siendo el Frente Amplio y nuestro desafío como frenteamplistas es hacer realidad día a día ese titular para transformar al Uruguay. Porque como bien señaló Líber Seregni el 26 de marzo de 1971: “El Frente Amplio no es una ocurrencia de dirigentes políticos; el Frente Amplio es una necesidad popular y colectiva del Uruguay”.
Cientos de partidos y alianzas electorales han surgido en América Latina a lo largo de los últimos cincuenta años. Sin embargo, solo unas decenas han logrado sobrevivir, muchos menos han tenido éxito electoral y político, y aún menos siguen siendo organizaciones vitales en la actualidad. El Frente Amplio es uno de los pocos partidos que ha logrado sobrevivir, ser exitoso y continuar como una organización política vital en la región.
Los y las frenteamplistas estamos orgullosos de la valentía, el compromiso y la dedicación de las y los dirigentes y militantes que le dieron vida al Frente Amplio en 1971 y de las y los que a pesar de la persecución política y el terrorismo de Estado lo mantuvieron vivo en la clandestinidad y el exilio durante la dictadura. La herramienta política que crearon dirigentes y militantes en 1971 para unir a los sectores populares en Uruguay no solo creció electoralmente, no solo acumuló con las fuerzas sociales del pueblo uruguayo, sino que una vez que llegó al gobierno nacional logró transformaciones que hicieron del Uruguay un país más justo y próspero.
Hoy los y las frenteamplistas podemos decir con orgullo que hemos honrado el compromiso y la entrega de quienes en 1971 fundaron el Frente Amplio. Pero aún más importante es que luego de 52 años ese partido continúa siendo para el pueblo uruguayo la expresión política del cambio y la esperanza. Como frenteamplistas tenemos razones para estar orgullosos de nuestra historia y nuestro presente. Con aciertos y errores hemos construido una fuerza política de cambio con la potencia de la unidad de la izquierda.
Con la derrota electoral de 2019 se cerró una etapa para el Frente Amplio. Un ciclo que abarcó su nacimiento, su acumulación política como oposición y sus quince años de gobierno nacional. Hoy tenemos el desafío de preparar al Frente Amplio para una nueva etapa. Estos desafíos se nos presentan en tres dimensiones: una política, una programática y una organizativa.
Los desafíos políticos comprenden la necesidad de avanzar en la articulación de mayorías sociales y políticas que sean base de los cambios. Esto supone de nuestra parte humildad para escuchar y disposición para construir alianzas con actores sociales y políticos de nivel nacional, departamental y local. Esa es una tarea que en todos esos niveles debemos enfrentar como Frente Amplio. Lejos de tentaciones posfrentistas, que una y otra vez suelen aparecer, al FA le cabe el rol de articular esas alianzas. El FA no puede pensarse como un actor más donde la articulación queda en manos de líderes o sectores. Ante estas tentaciones es necesario que el FA reclame ese protagonismo y desestimule a quienes quieren arrogarse ese rol por fuera de los espacios de discusión orgánica. El FA ha sistemáticamente superado las iniciativas posfrentistas a lo largo de estos 52 años. Sin embargo, el posfrentismo sistemáticamente reaparece cuando se discuten nuevas alianzas y articulaciones. Como frenteamplistas es necesario reafirmar que nuestra herramienta para articular las mayorías populares para los cambios es y será el Frente Amplio.
Nuestros desafíos programáticos son mayúsculos. No podemos pensar en un programa que simplemente avance incrementalmente sobre lo que construimos en 15 años o reconstruya lo que la coalición multicolor ha destruido. Tenemos que tener el coraje y la determinación para dar un salto cualitativo en nuestro programa. Esto supone abordar nuevos temas y fijar objetivos ambiciosos en los asuntos en que hemos avanzado. Tenemos el desafío de construir un Uruguay mucho más próspero, más productivo y más integrado a la región. Pero debemos construirlo en base a un fuerte compromiso con el ambiente y con la equidad. Debemos avanzar en la desmercantilización de diferentes dimensiones de la vida de las y los uruguayos. El mercado como tal no resuelve los problemas de distribución ni asigna de manera humana bienes y servicios a los que todos y todas deberíamos poder acceder. Debemos pensar alternativas que desafíen el sentido común e innoven sobre las lógicas exclusivas del mercado. Debemos considerar la equidad en todas sus formas pues nos importa superar las desigualdades que se generan por una desigual distribución de los recursos socioeconómicos, pero también nos preocupan las desigualdades de género, las desigualdades generacionales, las desigualdades étnicas y las raciales. En este sentido, las políticas públicas que pensemos deben considerar la desigualdad interseccionalmente. Solo de esta forma estaremos avanzando en el objetivo de que cada persona pueda tener una vida plena, independientemente de su posición de origen.
Buena parte de los desafíos del Uruguay solo pueden resolverse a escala regional. En consecuencia, nuestro programa y nuestras articulaciones políticas deben pensarse desde esa perspectiva. Es necesario evitar los cantos de sirena que ofrecen supuestos mayores niveles de crecimiento a partir de una apertura unilateral al mundo o presentan ingenuamente soluciones nacionales para problemas que tienen una escala que desborda las fronteras de nuestro país. Asimismo, como fuerza de izquierda tenemos un compromiso con nuestra región y con su desarrollo. Nuestra suerte está unida a la región, a América del Sur y a América Latina. Nuestra construcción política es nacional, pero debe tener una fuerte perspectiva regional e internacional.
Por último, los avances en articulación política y en elaboración programática sólo son posibles si tenemos una organización capaz de consolidar alianzas y materializar las propuestas programáticas. Para quienes somos de izquierda la acumulación de poder no viene de acumular recursos económicos o de amigarnos con quienes los tienen. La acumulación de poder real de la izquierda se produce a través de la organización de las personas. El Frente Amplio como organización abierta y democrática de militantes organizados en comités de base en el territorio tiene las herramientas para convocar a la acción política a miles de uruguayas y uruguayos que se sientan motivados a trabajar por el cambio y la esperanza. Consolidarnos como alternativa política y ser como partido una herramienta de cambio, depende de que con nuestras propuestas y con nuestras alianzas convoquemos a miles para una segunda era de transformaciones progresistas en el Uruguay.
Con la bandera de Otorgués al hombro, como miles de compañeros y compañeras lo han hecho desde 1971, tenemos que seguir luchando por transformar al Uruguay. Más allá de todo lo hecho, aún nos falta mucho para construir un Uruguay donde, en palabras del compañero Tabaré Vázquez, “…nacer no sea un problema, ser joven no sea sospechoso y envejecer no sea una condena”. Por 52 años más de lucha por cambiar al Uruguay: viva el Frente Amplio.

(*) Vicepresidenta del Frente Amplio.

Foto de portada:

Verónica Piñeiro durante el acto a 106 años del nacimiento de Liber Seregni. Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS.

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