El Conde de Lautréamont y la destrucción de la moral burguesa

A poco de los 150 años de su muerte

Por Santiago Manssino

El 24 de noviembre de 2020 se cumplieron 150 años de la muerte de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont. Con tal motivo se realizó la primer edición uruguaya de Los Cantos de Maldoror, su obra fundamental e inclasificable, se hicieron exposiciones de arte tomando como tema central su obra y el misterio que rodea al autor, se armó un suplemento de distribución gratuita con estudios, poesías, cuparentrentos y fragmentos de obras inspirados por El Montevideano. Su obra y su vida siempre estuvieron rodeadas de misterio, de leyenda, de especulaciones y de mitos. Por otro lado Los Cantos principalmente, pero también sus Poesías I y II, han tenido gran influencia en la literatura del siglo XX, sobre todo a partir de que el movimiento surrealista toma la obra de Lautréamont, y también su vida, como un ejemplo a seguir, dándole valor y difusión universal. Pero empecemos por el principio.

Isidore Ducasse nace en Montevideo el 4 de abril de 1846, en una casa de la calle Camacuá, en la ciudad sitiada por las tropas de Oribe. Su padre François Ducasse cumplía en ese momento con la tarea diplomática de cónsul francés en Montevideo; su madre, Céleste Davezac, murió cuando Isidore tenía 1 año y 8 meses. A los 13 años el padre lo envía a Francia a estudiar en el liceo, en la zona de los Pirineos de donde procedía la familia, primero en la ciudad de Tarbes y después bachillerato en la ciudad de Pau. Se gradúa de bachiller en Letras hacía 1865. Los testimonios de quienes fueron sus compañeros de liceo habla de un joven triste y silencioso, encerrado en sí mismo, oscuro y con nostalgia de las costas del Río de la Plata. Irritado en ocasiones, exagerado, algunos pensaban que sufría algún tipo de desequilibrio. Se sabe de un viaje a Montevideo en 1867, pero para 1868 estaba en París, en la calle de Notre-Dame-des-Victoires, en el barrio de los Grandes Boulevares

En 1968 publica de forma anónima el “Canto Primero” de Los Cantos de Maldoror, con una escasa tirada. En 1869 es publicada la obra completa en Bélgica, bajo el seudónimo de Conde de Lautréamont. La impresión se hace en Bélgica y pasa desapercibida totalmente, sin ser distribuida en Francia. En 1870 publica, bajo su nombre completo ahora, Poesías I y II. Murió el 24 de noviembre de ese año, solo en el cuarto del hotel donde se hospedaba, a los 24 años de edad.

Lo poco que sabemos de su vida, la oscuridad de su obra, lo que se sabe de su carácter, el seudónimo de Conde de Lautréamont y el hecho de que no se haya tenido una sola fotografía del autor hasta 1977, cuando se encontró una imagen entre sus antiguas pertenencias que posiblemente sea la suya, han alimentado el mito y la leyenda tanto en Francia como en en estas orillas del Atlántico, del Viejo Océano, al decir del poeta. Desde León Bloy, quien empezó a difundir la existencia del poeta y su obra en Francia, hasta los hermanos Guillot Muñoz que hicieron una investigación en la década del 30, pasando por los surrealistas y una larga lista de autores y comentaristas, se ha dicho mucho y se ha creado toda una mitología y imaginería sobre Ducasse. Se lo ha pintado, se lo ha esculpido, se lo ha creído un loco, un sabio o un dios. Darío lo dio a conocer en América, incluyendo un estudio sobre él en su libro Los Raros de 1896, donde incluía a aquellos escritores que fueron por caminos marginales. Luego vinieron las vanguardias, la explosión surrealista y su valoración y difusión por parte de este grupo. Breton, en el primer Manifiesto del Surrealismo, lo considera como el único autor que no formando parte del grupo pudo haber sido absolutamente surrealista. De ahí en más tuvo influencia universal y desde Uruguay muchas veces se lo reclamó como un producto propio de estas tierras.

Lo que importa, sin embargo, es lo plasmado en su obra. Les Chants de Maldoror tienen como protagonista a Maldoror, quien tiene una naturaleza entre humana, infernal y divina. Es un agente del mal, porque a lo largo de los seis cantos lo que está planteado es el problema del mal, su naturaleza y su sentido. Pero el mal está en todas partes: está también en la moral imperante, está también en Dios.

Los Cantos están poblados de monstruos, de animales que hablan, de crímenes, de escenas repugnantes y asqueantes, de burlas y ataques a Dios, de metamorfosis. Maldoror desgarra y destroza adolescentes, hay perversiones, escenas escattológicas, etc Hay también momentos de poesía avasalladora, como el largo fragmento sobre el Viejo Océano. Es un relato cambiante, a veces desconcertante, que muchas veces sorprende de golpe al lector, donde hay cambios de escena sin lógica aparente, donde también el narrador cambia de una voz en tercera persona a la primera persona del protagonista y viceversa, sin mediación ni aviso. También, como afirma Alma Bolón en el prólogo a la reciente edición uruguaya, es un texto que dialoga con una infinidad de otros textos literarios, con textos científicos, filosóficos, etc., a través de recursos como alusiones, referencias y parodias.

Todo ello hace de Los Cantos un texto muy complejo, difícil de seguir para el lector en ocasiones, con pasajes desconcertantes, pero a la vez fascinante. El ejercicio de imaginación que hace Lautréamont es el del horror y el absurdo, a veces con un humor sarcástico, otras con una violencia extrema. El libro comienza con una advertencia, que deja claro cuál será el tono poético y narrativo:

“Quiera el cielo que el lector, enardecido y momentáneamente vuelto tan feroz como lo que lee, encuentre, sin desorientarse, su abrupto y salvaje camino a través de la ciénaga desolada de estas páginas sombrías y llenas de veneno; pues, salvo que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro embeberán su alma como el agua al azúcar.”

Está claro que Lautréamont quiere provocar al lector, y que su personaje es un provocador y un rebelde. Por otro lado, las fronteras entre autor-narrador. Maldoror se desdibujan en el texto. Sí el tema del mal es el central, también lo es su contraste con el bien y como va desmontando ciertos supuestos de la moral burguesa. En el prólogo Alma Bolón cita luna de las cartas que nuestro Ducasse envía a Poulet-Malassis, quien fuera el editor de Las Flores del Mal, para intentar de que este se encargué de la distribución de su libro. Allí afirma el autor:

“He cantado el mal como lo han hecho Mickiéwickz, Byron, Milton, Southey, A. de Musset, Baudelaire, etc. Naturalmente, exageré un poco el diapasón, para producir novedad en el sentido de esa literatura sublime que solo canta la desesperanza para oprimir al lector y hacerle desear el bien como remedio. Así, pues, es siempre el bien lo que, en suma, se canta.”

Como afirma Bolón, ese fragmento es importante para entender la intención del autor al escribir Los Cantos, para comprender su sentido.

Ahora bien, a través de un personaje central que es agente del mal, se va evidenciando, por medio del pensamiento del personaje, de las acciones descritas y de diversas situaciones, la ausencia de ese “bien” que por contraste a la atmósfera opresiva de la poesía ducassiana el lector debe buscar. La familia, Dios, el orden social, se desmoronan, dejan de ser referencias, se muestran tan criminales como Maldoror, mientras las fuerzas de la naturaleza se muestran contradictorias y en pugna. Dice Alm y que a Bolón en el prólogo:

“En consecuencia, con un Altísimo que no para de caer en lo bajo (por ejemplo, apareciéndose en un prostíbulo en el que voluptuosamente termina desollando a un muchacho), ¿Quién podrá enunciar la ley que discrimina el bien y el mal? ¿Quién mantendrá el orden? […] Dios, no; duerme su borrachera a la vera de un camino, mientras cuanto animal pasa por ahí lo orina o lo escupe o lo defeca. La policía “ese escudo de la civilización”, como dice Maldoror, tampoco (son unos inútiles: años persiguiéndolo sin atraparlo). Pues entonces, como nadie restablecerá el orden perdido, solo queda su objeción incesante, y su reformulación en sentencias tan inapelables como antojadizas.”

Lautréamont destruye de esa manera la moral burguesa, el orden metafísico y social, ataca al ser humano existente, a su forma de vivir y sus preconceptos, pero no plantea ninguna alternativa, no construye; su trabajo es de demolición.

Fernando Loustaunau nos dice:

“Por lo demás, Isidore Ducasse no se toma el trabajo – que sepamos- de hacer mención alguna, ni a la distribución de capital, ni a ningún sistema de gobierno, ni a nada – en suma- que tenga como propósito directo la armonía, el bienestar de alguna comunidad.”

Su búsqueda es poética y metafísica, y trata de buscar la raíz del mal en la conciencia y el espíritu, por un lado; pero por otro destruye los valores burgueses. No plantea, esta claro, una alternativa. Loustaunau nos dice de una manera aguda que Lautréamont “nos invita a concebir eso que llamamos “realidad” de otro modo”, concibiendo la poesía de forma pura, “haciendo libre a la idea, liberando”. Según su análisis, es consciente de la necesidad de la libertad social como requisito de esa libertad que busca. Tal vez no podemos animarnos a decir tanto, pero si afirmamos con el crítico que “hay revolución en Lautréamont”.

La hay por esa rebeldía esencial. pura, expresada bellamente a través de una poesía oscura, a veces cruel, a veces delirante, siempre exagerada; su etapa es la de la demolición, primer paso para construir algo nuevo.

En 1870 Ducasse, sin el seudónimo de Lautréamont, publica sus Poesías I y Poesías II. Son unas prosas poéticas donde expone pensamientos, impresiones, reflexiones sobre la literatura y sobre su propia obra. Allí vuelve a hablar del mal, y de su intención al escribir Los Cantos. Pero principalmente dice lo siguiente:

“La poesía debe ser hecha por todos, y no por uno” (“La poésie droit étre faite pour tous, non par un”).

En esta sentencia está socializando la poesía, que es su bien más preciado; la erige como bien de toda la humanidad, a ser repartida, como lo tiene que ser el pan y el techo. Es aquí donde se vislumbra un afán de búsqueda colectiva de la verdad y la libertad del hombre. Por algo los surrealistas, que pretendían cambiar todo, tomaron esta consigna.

No sabemos si el Conde tenía se encaminaba a la construcción después de su trabajo de demolición, en estas palabras es cuando más se acerca a ello. Sabemos, sí, que poco después de su muerte se trataría de dar una respuesta, y esto fue la Comuna de París, la primera revolución proletaria.

La primera edición uruguaya de Los Cantos de Maldoror, a 150 años de su muerte, está muy cuidada y estuvo a cargo de Alma Bolón y Beatriz Vegh, la traducción es la del español Ángel Pariente, y es de la editorial HUM . El Montevideano, publicación de la que ya hablé, con varios estudios, textos, poesías y datos sobre Ducasse y su obra, se puede encontrar en Librería Lautréamont, es de distribución gratuita y también estuvo a cargo de Alma Bolón. Está también el documental que realizó TV Ciudad, Lautréamont. El misterioso poeta montevideano, que es muy recomendable.

Para terminar, vamos a citar dos fragmentos muy significativos del Canto Primero:

“Por este motivo, ¡oh pueblos! cuando oigan el viento de invierno gemir en el mar y cerca de la orilla, o por encima de las grandes ciudades, que, desde hace mucho tiempo, llevan luto por mí, o a través de las frías regiones polares, digan: “No es el espíritu de Dios el que pasa: es solo el suspiro agudo de la prostitución, unido con los gemidos graves del Montevideano”. Niños, soy yo que se lo digo. Entonces, llenos de misericordi, arrodillense; y que los hombres, más numerosos que los piojos, entonen largas plegarias”

Y al final del canto:

“El final del siglo diecinueve verá a su poeta (sin embargo, al principio, n o debe comenzar con una obra maestra, sino seguir las leyes de la naturaleza); nació en las orillas americanas, en la desembocadura del Plata, allí donde dos pueblos, antaño rivales, se esfuerzan actualmente en superarse por el progreso material y moral. Buenos Aires, reina del Sur, y Montevideo, la coqueta, se tienden una mano amiga, a través de las aguas argentinas del gran estuario. Pero la guerra eterna ha instalado su imperio destructor en los campos, y cosecha con alegría víctimas numerosas. Adiós, anciano, y piensa en mí, si me has leído. Tú, joven, no desesperes; pues, tienes un amigo en el vampiro, a pesar de tu opinión contraria. ¡Y contando el acarus sarcopte que produce la sarna, tendrás dos amigos!

Nuestro Conde de Lautréamont tiene plena conciencia de su emprendimiento, del intento de su realización poética y del condicionamiento de su origen oriental: cantando al mal, intentará destruir la moral que lo origina.

Bibliografía

Alma Bolón, “Maldoror, una bondad breve e impronunciable”, prólogo a Los Cantos de Maldoror, Conde de Lautréamont (Isidore Ducasse), 2020, Montevideo, Editorial Hum.
El Montevideano n| 1, noviembre 2020, Edición homenaje a Isidore Ducasse.

Fernando Loustanau, Lautréamont, 1984.