El derecho a vivir la vida cada día

Gonzalo Perera

Es absolutamente imposible pensar en la querida Argentina sin la ciudad de Rosario. Sin remontarse a sus orígenes e historia, la ciudad más grande (aunque no capital) de la Provincia de Santa Fe,  apenas un poco más grande que Montevideo, tiene demasiado en su haber como para ser ignorada en cualquier revisión de la realidad de la vecina orilla. 

Empecemos por las pasiones populares. Es opinión cuasi unánime de todo futbolero, que el clásico de fútbol de Río de la Plata más encendido, más pasional y más vivido desde una semana antes hasta una semana después, es el que opone  a los “leprosos” de Newells’s Olds Boys con los “canallas” de Rosario Central.  Quienes lo han vivido, dicen que ni un Boca-River, ni el clásico de Avellaneda (el de los estadios más  rivales y cercanos) Racing-Independiente, ni siquiera nuestro secular Nacional -Peñarol,  llegan a su nivel de voltaje. Ciertamente, poca duda cabe de que en fútbol, hablar de Rosario en Argentina (y en el mundo), obliga a ponerse de pie. Para mencionar lo más reciente,  decir Rosario es aludir a, por el lado de  los “leprosos”,  a un tal Lionel Messi, indiscutible como uno de los grandes genios de la pelota, pero también, a quien desde los “canallas”terminó siendo su gran socio y autor de goles históricos en finales varias: Angel Di María.  Por supuesto que si al mundo de las letras nos vamos, es imposible no regocijarse con los textos múltiples de Roberto Fontanarrosa, quien marcó un antes y un después en el humor en lengua castellana. Y si de música se trata, los nombres de Juan Carlos Baglietto, Fito Páez o el  “Gato” Barbieri, por nombrar algunos, surgen inmediatamente.

Rosario, de la pelota a la semicorchea, pasando por Inodoro Pereyra, Mendieta, la Eulogia y otras genialidades del “negro” Fontanarrosa, juega en Argentina  un rol que no se explica ni muy remotamente  por sus dimensiones.

Lamentablemente, tampoco se explica por sus dimensiones la tasa de homicidios (y otras métricas del nivel de violencia societario) de Rosario en relación a los de Argentina, o de ciudades de igual o mayor dimensión, desde hace ya mucho tiempo. Se le ha adjudicado a menudo este triste privilegio a la operativa de grandes bandas de narcotraficantes, como la conocida popularmente como “Los Monos”.

Sin embargo, nada puede compararse a lo ocurrido hace pocos días en Rosario, virtualmente paralizada (paro de colectivos, taxis, maestros, etc.),  a raíz de al menos cuatro homicidios inexplicables (taxistas, colectiveros, un pistero de estación de servicio, laburantes sin vinculo sospechable alguno con crimen alguno), ocurridos en muy pocos días.

La secuencia de hechos es relevante: ante la pésima idea del gobernador radical de Santa Fe, Nicolás Pullaro y la ministra de Seguridad a nivel nacional (de filiación partidaria variable, pero  siempre funcional a la derecha) Patricia Bullrich, de divulgar fotos “a la Bukele” de efectivos militarizados humillando innecesariamente en prisión a narcos de segunda línea (y subordinados), en apenas cuestión de horas se desataron los asesinatos que apuntan a transmitir  el más tenebroso mensaje: “cualquiera puede ser la próxima víctima”. Los comentarios sobre las imágenes horribles disponibles de algún homicidio, nos las ahorramos. Lo crucial es el mensaje es que todo trabajador puede ser víctima, y que se amenaza  intensificar esta suerte de “respuesta” a una imagen que, más allá de su cuestionabilidad desde el punto de vista de los derechos humanos, es una reverenda estupidez. Porque un segunda linea narco en Rosario, tiene control directo sobre mucho territorio y todo apunta  a que la violenta respuesta no fue fruto de una macro-organización como “Los Monos”, sino más bien de la coordinación de varios grupos  territoriales más pequeños, que resolvieron lanzar su acción en sus respectivos barrios a los efectos de paralizar Rosario entera. Efecto completamente logrado, Rosario se vio inmovilizada y aterrorizada, sin colectivos, taxis, escuelas, ni mucha gente en la calle. 

Más allá de los Milei, Bullrich y Pullaro, corresponde preguntarse qué aprendizaje surge de toda ésta tragedia para nosotros, Uruguay.

La primera y obvia, es lo que no va a  funcionar en nuestro territorio: la mano dura idiota, que nada tiene que ver con la rigurosidad. La provocación burda, como si  se tratara de enfrentamientos entre barras bravas, eso NO funciona. Sólo puede traer una airada y más violenta respuesta de las diferentes lineas del mundo narco, Porque una cosa es mostrar los reclusos sometidos a la Justicia  tratados con dignidad, y otra, demasiado obvia como para explicarla, es humillarlos mostrándolos,  en todo canal de TV o redes sociales, desnudos y tirados en el piso. 

El Estado predica con lo que hace. Cuando respeta el derecho, predica el respeto al derecho. Cuando es severo pero ajustado a las leyes, pregona la severidad ajustada a las leyes. Cuando humilla al santo botón a quien sea, haciéndolo arrastrar desnudo por el piso, siembra sed de revancha,  de pagar con “ojo por ojo y diente por diente”.  Si el humillado es además alguien con capacidad de convocatoria y conexión extramuros, sólo puede considerarse el actuar del Estado como una reverenda estupidez.

Ahora bien, bajo esta explosión de violencia rosarina, aparecen claramente factores al menos parcialmente explicativos, del desastre que ya desde hace buen tiempo se sufre y que hoy explota  en su mayor intensidad. Por ejemplo, el que  en cada proceso judicial serio respecto a este tema, más allá de “dealers” (narcotraficantes minoristas), o incluso grandes narcos, han caído numerosos funcionarios (en particular policiales), de diversos estamentos del Estado, así como  distinguidos financieros que son “lavadores»del dinero sucio.

Si algo queda claro del ejemplo de Rosario, es que no puede haber una escalada de violencia narco, más allá de que sea coordinada  por una gran organización o  bien por un entretejido de organizaciones más territoriales, si no hay funcionarios del Estado “tocados”, particularmente a nivel de las fuerzas de seguridad del Estado, y toda un ingeniería de lavado de activos que blanquee las astronómicas sumas manchadas en sangre.

Cabe preguntarse cuál es nuestra situación hoy en Uruguay. Marset, Astesiano, Lafluf, hacen casi ocioso explicar que el Estado uruguayo está perforado por actores que, en diversos contextos y modos, prestan servicios al blanqueo de activos y al transformar grandes narcos en ciudadanos honorables. Las merluzas potenciadas, la sojaína, y otros productos de exportación no tradicional, muestran la permeabilidad de nuestro Estado actual ante el narcotráfico. La ingeniería del lavado que en su momento generó las SAFI, figura anulada bajo gobiernos del FA y liberada bajo la LUC, muestra el vértice indispensable del lavado de activos.

Si lo anterior muestra la intensificación de la operativa narco en Uruguay, no se puede ignorar el gran aumento de los crímenes increíbles, incluso afectando menores, fruto de disputas territoriales entre narco bandas. Es evidente la complicidad de funcionarios del Estado, en particular de sus fuerzas de seguridad, para darles viabilidad elemental.

Rosario no es pesadilla ni exageración: es el espejo ante el que nos debemos de mirar. Ansiando, como es obvio, que nuestros hermanos rosarinos puedan muy pronto normalizar sus vidas. Pero, por qué no también, ansiando que nadie en Uruguay deba esconderse, para simplemente vivir su día a día.

Foto

Protesta y movilización «en defensa de la democracia y contra la corrupción» en noviembre pasado en Montevideo. Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS.

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