El elefante detrás del perejil

Gonzalo Perera

Esta semana fue particularmente intensa en materia ambiental. El pasado lunes 5 de junio fue el Día Mundial del Medio Ambiente, y el pasado jueves 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos. Todo esto cuando Uruguay sufre eventos mayúsculos de orden ambiental. El primero de los cuales es la crisis hídrica, o para decirlo clarito, que se nos ha ido acabando el agua potable y se ha “potabilizado” agua con altos contenidos salinos. En este tema, tal cual reza la consigna, el problema no es la sequía, es el saqueo. Porque no habríamos llegado a este punto si OSE hubiera realizado inversiones previstas y necesarias, si hubiera realizado los mantenimientos que evitan las inmensas pérdidas en la red de distribución, si no hubiera raleado su plantilla con la política de reducción de personal, y si no se hubiera emprendido el gigantesco disparate llamado Plan Neptuno, todas medidas tomadas por el gobierno multicolor en estricta concordancia con su visión ideológica de achicar el Estado, reducir el “gasto” en políticas sociales, favorecer los negocios del malla oro, considerar que todo es una mera mercancía. En suma, con su política neoliberal de manual, de despojo de las clases populares. Pero siendo esto muy claro, además hay una sequía prolongada, que impacta en múltiples aspectos, hay temperaturas muy elevadas para las fechas en que estamos, lo cual genera cambios concatenados, que llegan hasta los tipos y dimensiones de los insectos que se ven en todo el país. Desde muchos compatriotas que, sin ser científicos, son memoriosos conocedores de nuestro territorio, estos hechos han alentado una visión popular generalizada de que el clima se ha vuelto irreconocible, incomprensible e imprevisible. La gente lo dice de manera mucho más simple y eficaz: “un completo despelote”.
Si bien casi todos los fenómenos naturales, incluyendo el clima, tienen ciclos, la impresión popular, en este caso, es certera. No estamos viviendo un fenómeno que naturalmente se da una vez cada tanto, como parte de un ciclo más o menos complejo, pero que volverá a la senda de la “normalidad”, pasado cierto tiempo. Aquí estamos en presencia de una tendencia sistemática, el llamado calentamiento global, que conduce al cambio climático a escala planetaria, generando todo tipo de desórdenes en los ciclos naturales y poniendo en riesgo la existencia misma de nuestra especie. A su vez, esta tendencia sistemática en lo climático es consecuencia directa de otra tendencia sistemática: la exacerbada voracidad del sistema capitalista global, decadente, concentrador, excluyente, extractivista, emisor de los gases que generan el efecto invernadero que produce el cambio global. Como tan bien lo sintetizara una publicación en su sitio Instagram la UJC (ujc_uy) dedicada al 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente: “El capitalismo está destruyendo el planeta, el problema no es la Humanidad, el problema es el sistema”. Sistema que conoce de trampas, de consuelos, de todo aquello que ate de manos a la reacción de los pueblos, que siempre pagarán en primer lugar las consecuencias de la irresponsabilidad criminal de los propietarios de las grandes petroleras, por ejemplo, que continúan emitiendo a la atmósfera cuanto les place y sirve a su lucro. Son los trabajadores, los habitantes de áreas rurales pobres, de las excluidas periferias de las grandes ciudades, los que pagan siempre en primer lugar las consecuencias de este “despelote”, con el que poco y nada tiene que ver. Además, en la mayoría de los casos, paga antes el de tez oscura que el de piel clara, la mujer que el varón, etc. Por ende, si se mira la realidad de una mujer, de tez oscura y pobre, se verá que está en la primera línea de víctimas de la irresponsabilidad de un petrolero de Texas, seguramente de tez clara, varón y obviamente rico. La incidencia de los conflictos de clase y de las discriminaciones sociales a la hora de repartir muy desigualmente los costos de esta tendencia autodestructiva sistémica, es muy marcada, tanto como para ser sistemáticamente ocultada por el discurso hegemónico.
Es interesante analizar como para invisibilizar el factor de clase medular en la real explicación de la crisis ambiental, el sistema no tiene empacho en generar una “pseudo conciencia ambiental” o una conciencia ambiental ingenua y miope, a los efectos de poder seguir generando lucro a expensas de destrucción de la naturaleza. En su trabajo de 2018, Brand y Wissen comenzaron a utilizar el término “Imperiale Lebenweise” (modo de vida imperial), para describir una serie de comportamientos promovidos desde el poder en los países europeos de mayor calidad de vida. Esto incluye un consumismo exacerbado, particularmente un consumo «gourmet» (refinado, de alto costo) de productos y servicios materiales o culturales, pero también la promoción de una exigente conciencia ambiental a nivel micro, local: no usar plásticos, clasificar residuos, no usar detergente en exceso, limitar los traslados en avión en función de la “cuota de carbono” (de lo que se calcula que genera como emisiones nocivas cada vuelo), utilizar automóviles eléctricos, etc. Esto genera que en dichos países los niveles de contaminación ambiental sean de los más bajos del planeta y, por ende, quien allí vive, puede pensar que en su país la situación es buena y que el problema lo causan los países del mundo que no tienen similar grado de conciencia. Esto obviamente lleva a culpar al mundo pobre, haciéndole víctima no sólo de la pobreza, no sólo de las consecuencias de la pobreza (mayor exposición a todo problema existente en el planeta), sino haciéndole además cargar con la acusación de culpable de la crisis ambiental.
Esta gigantesca falacia ignora al menos dos factores muy gruesos. En primer lugar, que los grandes capitales con origen en esos países y que tienen prácticas productivas altamente contaminantes, no instalan sus plantas en sus tierras, sino en países del mundo pobre, allí donde hay mínima regulación laboral (permitiendo bajar sus costos drásticamente) y mínimos controles ambientales (permitiendo niveles de producción altamente contaminantes pero muy lucrativos). Por lo tanto, si bien es cierto que en dichos países la calidad ambiental es superior a la del resto del planeta, tan cierto como eso es que son como hogares que lucen impecables gracias al simpático gesto de tirar toda su basura y porquerías en las casas de los pobres del barrio. Pavada de falacia. Pero allí no termina el lavado de cerebros: todos esos países cuyos ciudadanos tanto miden sus cuotas de carbono para decidir si toman o no un vuelo de pasajeros, forman parte de la OTAN. La misma OTAN que despliega bases aéreas por doquier y que realiza abundantes raids aéreos, particularmente en Europa del Este, en el área de influencia rusa. Salvo que alguien sea capaz de pensar que los aviones militares, cuyas velocidades se miden en “Machs”, es decir en cuántas veces rompen la barrera del sonido, no son contaminantes como los aviones comerciales, convengamos que poco aporta el esmero del viajero pacífico frente a un tal despliegue militar aéreo. Y sin entrar a considerar la obviedad de cuán distinta es la incidencia de uno y otro tipo de vuelos en cuanto a exponer o poner en riesgo la paz mundial, por cierto.
La mayor prueba de que la culpa es del sistema es justamente el inmenso esfuerzo que hace para ocultar sus huellas, como una suerte de elefante escondido detrás de una plantita de perejil.

Foto de portada:

Embalse de Canelón Grande en Canelones en marzo pasado. Foto: Daniel Rodriguez /adhocFOTOS.

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