El gran subversivo

(Editorial de El Popular N° 422 por los 200 años de Marx) Hace dos siglos nacía en Alemania, Carlos Marx. Uno de los seres humanos más importantes de la historia. Marx investigó, creó y fecundó con sus ideas la filosofía, la economía, la política, la historia, la sociología, las ciencias naturales, la física, el derecho, la comunicación, la crítica literaria y artística, entre otras.

Su obra, en gran parte concretada en colaboración con Federico Engels, es de tal magnitud que el esfuerzo por publicarla entera y revisada, actualmente en marcha y conocido por sus siglas en alemán MEGA, tiene prevista la publicación de 114 tomos. Su curiosidad intelectual no tenía límites. Su audacia para abordar los problemas desde enfoques nuevos, tampoco. Sólo así se puede entender que un joven de veinte y pocos años se haya atrevido a someter a crítica a todas las grandes escuelas filosóficas y económicas de la época. Pero decir esto, siendo mucho, es mutilar a Marx. Marx no sólo fue uno de los científicos sociales más importantes de la historia, fue ante todo un revolucionario. Una de sus obras más importantes es el «Manifiesto del Partido Comunista. Es una obra política y está pensada para organizar la lucha política. Marx escribió en periódicos y participó de las luchas obreras y populares. Por eso, y no solo por sus ideas, fue perseguido, sus obras prohibidas, las publicaciones donde escribía cerradas, él preso y deportado. Por eso vivió gran parte de su vida en condiciones económicas terribles, incluso murieron dos de sus siete hijos por la pobreza en la que estaban.

Los aportes de Marx

Marx nos legó un estudio a fondo de la formación económica y social capitalista. Definió sus leyes de desenvolvimiento. El mecanismo oculto de acumulación del capital en función del plusvalor extraído del trabajo no pagado al obrero. La contradicción central entre el enorme desarrollo de las fuerzas productivas y su carácter cada vez más social; y la apropiación privada del producto, junto con la tendencia inherente del capitalismo a la concentración y centralización del capital. Demostró que el capitalismo es una formación económica y social más en la historia de la humanidad y no el fin de la historia y planteó y fundamentó la necesidad de la revolución social para superarla. Revolucionó la filosofía al plantear la unidad contradictoria entre el materialismo filosófico y la dialéctica.

Revolucionó la historia al proponer centrarla en el estudio de las bases materiales de las sociedades. Pero dejemos que hable el propio Marx. En «Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política», Marx afirma: «El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana». Es imprescindible para quien se sienta un revolucionario leer y estudiar: «El Manifiesto del Partido Comunista», «Crítica de la Economía Política», «El XVIII Brumario de Luis Bonaparte», «Los cuadernos», «Los Grundisse», «El Capital». Son obras de una mente y un hombre prodigioso.

Marx y el siglo XXI

La vigencia de Marx, a dos siglos de su nacimiento, está dada hasta por el reconocimiento de medios de la derecha liberal del mundo, como «The Economist» y «The Guardian», de que no hay manera de entender la crisis actual del capitalismo y sus posibles desarrollos sin Marx. Preguntado por su hija sobre cuál era su divisa de vida, Marx respondió: «Someterlo todo a la duda». Y eso toca a las y los revolucionarios hoy. Someter a la duda y a la crítica las nuevas formas de organización y explotación capitalista, el impacto de la revolución científico-tecnológica en ellas, el trabajo, las clases sociales, las contradicciones nuevas y sus potencialidades revolucionarias y riesgos, el imperialismo de hoy y las luchas para enfrentarlo. Honrar a Marx no se hace citando frases de memoria o leyendo tautológicamente sus textos. Se hace sometiendo todo a crítica, incluida, por supuesto, la propia obra de las revoluciones. Eso implica, también, asumir su obra no como un conjunto cerrado, sino como un cuerpo con unidad orgánica, en construcción y superación crítica permanente. De hecho, Marx fundamentó que tenía planteado para su estudio y elaboración lo que se denominó luego el «Plan de seis libros»: Capital, Propiedad del Suelo, Trabajo Asalariado, Estado, Comercio Exterior, Mercado Mundial. Del cual solo concretó uno, y parcialmente, y lo elaboró y reelaboró repetidas veces. Lo mismo ocurrió con conceptos claves como alienación, que fecundó campos enteros de la ciencia, que evolucionó desde los «Manuscritos» hasta «la fetichización» en «El Capital». Lo mismo se podría decir de su concepto de Estado y su contenido de clase, y de revolución, como necesidad y como obra humana, por lo tanto, política, y el requisito de la organización de los oprimidos para conseguirla.

La felicidad está en la lucha

Pero la reivindicación de Marx no sería completa sin asumir su postura de concebir el conocimiento como un arma de lucha Un gran aporte de Marx y del movimiento comunista y sus luchas fue proponerse que el conocimiento y la filosofía, dicho en un sentido amplio, estuvieran al servicio de la lucha de los oprimidos y de la libertad. Marx y el movimiento comunista, aún con todos sus errores y hasta tragedias, implicaron un enorme impacto democratizador, transformando en sujetos sociales y en ciudadanos, a cientos de millones de oprimidos que no tenían derecho a nada, ni siquiera al voto. Claro que no fueron solo Marx y los comunistas, pero la obra teórica y práctica de Marx y las revoluciones y luchas que inspiró, implicaron la irrupción en la política de millones de seres humanos que estaban al margen de ella y, por lo tanto, democratizaron las sociedades y el mundo. Es por eso, también, que no se pueden obviar la ideología y la política cuando se discute sobre la vigencia de Marx. La unidad de teoría y práctica, que llevó a Gramsci a definir al marxismo como «filosofía de la praxis», se resume en una de las célebres tesis de Marx sobre Fehuerbach, la XI: «Hasta ahora los filósofos han interpretado al mundo, se trata de transformarlo».

Tanto era así que Marx definió a «El Capital» como: «el más terrible misil que jamás se haya lanzado hasta ahora a la cabeza de la burguesía». Calumniado y tergiversado como pocos. Hijo de su época y por lo tanto de sus limitaciones. Fundador de un método, no de textos sagrados de un culto esotérico separado del acontecer histórico y de la realidad concreta. Sus ideas y su ejemplo impulsaron la lucha revolucionaria de millones de hombres y mujeres en el mundo entero. Enarbolando sus ideas se asaltó al cielo y se intentó construir otra sociedad. Aún hoy se sigue intentando.

También en su nombre se hicieron barbaridades y se provocaron tragedias. Para honrar a Marx, hay que estudiar, pensar, debatir y someter todo a crítica, incluso nuestra propia obra, pero reivindicando la vigencia de su llamado a subvertir el orden establecido y construir «el reino de la libertad». Y hay que hacerlo sabiendo que es una tarea histórica y que serán los pueblos sus protagonistas. Asumiendo que, como también respondiera a su hija: La felicidad está en lucha. Roque Dalton, el poeta salvadoreño, revolucionario, en el poema que le dedicó termina diciendo: «Le corregiste la renca labor a Dios, tú el gran culpable de la esperanza». Hacemos nuestras las palabras de Federico Engels al despedirlo: «Marx era, ante todo, un revolucionario. Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra».