El odio de clase

Por Gonzalo Perera

De adolescente, cada tanto escuchaba, en esas conversaciones que se captan sin querer (y a veces, desearía no haber oído) entre personas “distinguidas”, léase de capas medias altas o altas, una expresión que me llamaba la atención: que una muchacha o un muchacho (a menudo la novia o el novio de alguien de hogar “distinguido”) provenía de una “familia bien”. Una de las cosas que me intrigaba era que, por lógica pura, cuando un concepto se define por un sujeto adjetivado, inmediatamente formula su negación y más aún, el concepto opuesto, el que representa exactamente la idea contraria. Para el caso, si había “familias bien”, era obvio, por negación, que había “familias no bien” y, por oposición, “familias mal”. No podía evitar preguntarme qué fórmula o manual permitía distinguir una familia “bien” de una “no bien” y de una “mal”.

Con el tiempo, aprendí que “bien” significaba “gente como uno”, de las clases sociales privilegiadas, que pertenecen al mismo nivel socioeconómico, comparten vínculos sociales, comparten sistemas de valores y sus roles dentro del sistema.

Entendí que “no bien” significaba no pertenecer al mismo selecto círculo, pero no estar tan lejos y, sobre todo, desear estarlo, y si no, a servirlo y defenderlo. Son los Gunga Din de la India al servicio del Imperio Británico, los Tío Tom afroamericanos en relación a la dominación blanca o los cipayos de los distintos pueblos del mundo en relación a los grandes centros de poder.

Entendí lo más simple de todo, pero por ello quizás lo que más cuesta asimilar y sintetizar: una familia “mal” es una familia pobre, de las clases bajas y más explotadas. Que, aunque sea de su trabajo, sudor y sacrificio que viven las familias “bien”, que por ende permiten que las familias “no bien” que les sirven recojan alguna migaja, son objeto de desprecio, de burla y, en definitiva, del más puro y nítido odio.

Por cierto que para llegar a esa comprensión hubo que desprenderse de muchas interpretaciones erradas, como por ejemplo cualquiera que tuviera connotaciones morales, porque inocentemente se podría creer que las familias “bien” son las de la gente honesta y trabajadora y las familias “malas” las que viven de los demás, roban y abusan, las de los jodedores. Pero quienes nacen en un hogar obrero, de esos que se desloman trabajando, para la gente “bien” huelen mal, aunque estén más limpios que el agua de un manantial. O son ignorantes, aunque sean las personas más respetuosas, educadas y ávidas de conocimiento. O son ridículos, porque no se visten según los dictados de la moda.

No se tratan de quiénes son, sino de dónde vienen, cosa juzgada desde el primer instante. Inversamente, quienes pertenecen al selecto círculo que maneja por generaciones enormes masas de dinero y propiedades, así tengan una larga lista de escándalos financieros, así hayan arruinado y hasta empujado al suicidio a muchos, nunca dejan de ser una familia “bien”, porque esa es una marca de clase, de origen, que no la borra ni un Peirano.

Es curioso que los distintos pueblos del mundo tengan muchas maneras de referir a la gente “bien”: en nuestros lares “pituco”, en Venezuela “sifrino”, en algunos países de Centro América “fufurufo” y un largo etc. Pero en la otra punta, la variación terminológica es menor: un pobre es un pobre en todos los idiomas y lenguajes del mundo y eso alcanza para ser odiado por los pitucos, sifrinos, fufurufos y variaciones.

Cuando el cardenal Joseph Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI, fungía de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, institución heredera de la Inquisición, dedicando buena parte de su tiempo a perseguir, expulsar o prohibir la obra y acción de los cultores de la Teología de la Liberación y a todo aquel que hiciera planteamientos contrarios a las versiones más conservadoras y reaccionarias del pensamiento religioso, varias veces se refirió por escrito a Marx y el marxismo. Uno de esos textos realizaba una pirueta intelectual muy actual. Tomando algunas frases de “La Ideología alemana”, escrita por Marx y Engels entre 1845 y 1846, Ratzinger, en parte de sus conclusiones, acusa a los autores y a todo marxista de “generar el odio de clases”. Aproximándose al ridículo, Ratzinger realizó una maniobra del tipo “maten al mensajero”, que vemos cotidianamente en medios de comunicación y algunos ámbitos políticos y académicos. Generar es crear, hacer surgir. El entonces cardenal deslizó de contrabando, que antes de 1845 no había odio de clases y que fue por culpa del revoltoso y materialista discurso de Marx y Engels que “se generó” el odio de clase. El nivel de disparate de esta afirmación no amerita mayor análisis. Alcanza con recordar el trato que en todas las épocas recibieron los esclavos de sus propietarios, en el medioevo los lacayos de los señores feudales, en la “conquista” de América los pueblos originarios de los invasores europeos, para tener tres clarísimos ejemplos de odio de clase (con aditamentos étnicos o religiosos, pero claramente de clase) anteriores a toda la obra del maestro de Tréveris, por décadas, siglos o incluso milenios.

Pero insistimos, aún hoy, desde el poder y sus voceros, al que denuncia una realidad innegable, como lo es la del odio de clase, se le presenta como responsable y autor del fenómeno. Lógicamente es comparable a acusar de las consecuencias de una catástrofe al que da la voz de alarma para advertir a todos. Siendo tan groseramente absurda, esta maniobra envuelve a muchos, día tras día.

Otra grosería habitual y singularmente difundida desde el poder en esta materia es, ante la imposibilidad de negar, simetrizar. Algo similar a lo que ante el terrorismo de Estado hace la “teoría de los dos demonios”.

Esto es, si se llega al punto en que es imposible negar la existencia del odio de clase, entonces se equipara y se trata por igual el odio del explotador y el odio del explotado. Dentro de esta lógica, si una figura de autoridad adulta trata con violencia desenfrenada a un menor a lo largo de todo su desarrollo, si cuando la víctima alcanza la mayoría de edad, un día enfrenta y reclama al victimario, entonces es tan grave lo que hizo el uno como lo que hizo el otro. Creo ofensivo a la inteligencia del lector explicar el grado de absurdo de este esquema mental. Pero en la sociedad, cuando no se puede negar la existencia de la explotación de los trabajadores, desde el poder, como una suerte de plan de contingencia, se pone el énfasis en las supuestas maldades del accionar de los sindicatos, y se pregona la necesidad de llegar a una postura “neutral” entre explotadores y explotados.

Por ridículas que sean, estas construcciones ideológicas existen y están muy vivas entre nosotros. Por eso debemos ser radicalmente claros.

El odio de clase, el desprecio y rechazo visceral de las clases dominantes a las clases populares. es uno de los pilares de la explotación. Para explotar y abusar sin cargo de conciencia, hay que considerar al explotado un ser que no merece el mismo respeto y los mismos derechos. Si además se le odia, lejos de sentir culpa alguna, se disfrutará con crueldad cada acto perverso de violencia clasista.

El odio de clase está entre nosotros, y no por azar, sino porque es esencial a la explotación de las clases trabajadoras por los grandes capitalistas. Su presencia, y su difusión cotidiana, deben ser claro objeto de nuestra lucha cotidiana y centro de nuestro discurso frente a sus múltiples manifestaciones.

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