Felisberto y el potencial revolucionario en su obra

0
49

Por Santiago Manssino

Hoy se cumplen 118 años del nacimiento de Felisberto Hernández (1902-1964). Un pianista de capa media, un autor raro de calidad extraordinaria, un narrador donde lo extraño se confunde con la vida cotidiana, y lo fantástico se insinúa a veces. Podemos encontrar desde una primera etapa más vanguardista con “Fulano de tal”, (1925), y los tres libros que siguieron, pasando por sus obras más maduras como la novela “Por los tiempos de Clemente Colling” (1942) , la novela corta “El caballo perdido” (1943), los memorables cuentos de “Nadie encendía las lámparas”(1947), el relato largo “Las Hortensias”(1949), los cuentos de “La casa inundada”(1969) y de “El cocodrilo”(1962), y la obra publicada de manera póstuma “Tierras de la memoria”(1964), y muchos relatos inéditos en vida que luego fueron publicados.

Felisberto Hernández era un escritor que pretendía ser más bien apolítico, pero cuando se expresaba al respecto tendía a ser conservador; cuando le ofrecieron un trabajo diciendo discursos anticomunistas en la radio, lo aceptó. También fue esposo de África de las Heras, sin sospechar nunca que su buena esposa era en realidad una agente de la KGB. Todo esto, sin embargo, queda en el plano de la anécdota: lo importante es que la obra narrativa de este “raro” que se convirtió en un autor canónico mucho después de su muerte, tiene, en realidad, un potencial revolucionario, una crítica profunda a los efectos en el individuo de la organización de la sociedad.

Parece algo complejo, a primera vista, realizar estas afirmaciones , cuando estamos hablando de un autor cuyos textos tratan sobre lo “extraño” y lindan a veces con lo fantástico. Pero hay tres elementos en su obra de los que se desprenden ciertas lecturas: la reflexión sobre el lenguaje, el tratamiento del cuerpo y la temática de la memoria.

En cuanto al lenguaje, cuando los textos de Felisberto se tornan sobre sí mismos aparece la dificultad de su dominio, pero no se trata solo de esto. Desde el comienzo de plantea este problema, y muestra de ello es “El taxi”, un texto temprano de la época de “los libros sin tapas”, en la revista “Hiperión”:

“Ya esta metáfora me inquieta y me predispone exageradamente en contra de ella. Esta metáfora la usa el burgués, -la usa pero no la inventó; ¡y cómo hace penar a los que inventan! y todavía ciertas cosas parecen más el que las usa que del que las inventa ¡qué gángster es este burgués!-,…”
Esta reflexión realizada con gracia termina siendo muy profunda, y en definitiva no termina significando otra cosa que la apropiación de lo que se produce por las clases dominantes; de manera consciente o inconsciente, Felisberto habla de la ajenidad del autor-productor frente a su obra, y cómo eso se extiende al resto de la sociedad.

La disgregación del cuerpo es una de las cuestiones que se repite en la oba de nuestro pianista; piernas que hacen lo que quieren, brazos con consciencia propia, etc. Se refleja así la enajenación del propio ser generado por la sociedad capitalista; el cuerpo no nos pertenece. En las Hortensias se da un doble fenómeno, este sentimiento de ajenidad con respecto a nuestro cuerpo y la cosificación, a la vez, del cuerpo amado, apareciendo la cuestión del fetiche.

Por otro lado y al mismo tiempo los objetos parecen tener consciencia, sentimientos, deseos, hay una personalización de ellos; el sujeto es cada vez menos, y las cosas son cada vez más. Esto pasa en algunos pasajes de “Por los tiempos de Clemente Colling”, por ejemplo, o en el cuánto “El balcón”, o en “La casa inundada”.

Tenemos, por último, la cuestión de la memoria, otro tema recurrente en la obra felisbertiana. Las obras “En los tiempos de Clemente Colling”, “El caballo perdido” y “Tierras de la memoria” son claves a este respecto. Para Felisberto todo tiempo pasado fue mejor; esto muestra cierto aspecto retrógrado frente a la modernidad y el avance capitalista, que descoloca al sujeto. Pero también es signo de la eliminación de la consciencia que produce en el individuo, del borramiento de su historia. El narrador quiere recuperar esa historia.

Por otro lado la memoria se le rebela, se le escapa, toma caminos propios, tiene consciencia propia; igual que sucede con el cuerpo, ya no le pertenece al sujeto, está enajenada y hay que hacer un gran esfuerzo para quedarse al menos con parte de ella.

Este esfuerzo vale, sin embargo, porque hace frente a lo efímero, a la eliminación de la historia e identidad del sujeto.

Vemos, entonces, cómo en estos tres aspectos aparece la enajenación del sujeto, a la que los personajes, generalmente un narrador-protagonista, se enfrentan. El escritor refleja entonces la angustia y la dislocación que al individuo le genera la sociedad capitalista, y el intento de este por reencontrarse y apoderarse de su propio ser y su propio destino. Esta es la crítica y el potencial revolucionario presente en la obra de nuestro Felisberto.