Feminismos y revoluciones que crecen desde el pie

Participar en el número 500 de EL POPULAR en su tercera etapa es un gran gusto, pero también una enorme responsabilidad porque hay que estar a la altura del calificado aporte que en 12 años de incansable trabajo ha sostenido un grupo humano, tan profesional como comprometido, en lucha contra las injusticias y las desigualdades. Todo mi agradecimiento por esta oportunidad.
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Lilián Abracinskas.

 

La sugerencia fue que escribiera sobre los desafíos del feminismo o de lo que considerase oportuno en estos tiempos tan turbulentos. Tiempos donde agobia la pandemia del Coronavirus que como al decir de la antropóloga  y feminista Rita Segato  pone en evidencia lo que Marx llamaba la “ruptura metabólica” o desequilibrio de la relación entre los seres humanos con la naturaleza interpelando sobre los distintos impactos sociales y económicos que expone esta situación a través del miedo de la población a la enfermedad y la muerte y el uso político que puede hacerse de ese miedo en masa.

Es un momento histórico, además, donde el país y la región viran hacia gobiernos ultraconservadores, neoliberales a ultranza, con líderes no calificados, irresponsables y autoritarios, ligados a empresarios y empresas depredadoras, a la corrupción y a la importante influencia de los sectores religiosos del espectro más integrista y fundamentalista de las diversas iglesias. Por si fuera poco, militares de la doctrina de la seguridad nacional reaparecen en el escenario político con actitudes revanchistas y reivindicativas de la mano dura para mantener los valores de patria, familia y propiedad.

Ante este inconmensurable panorama devastador elegí escribir sobre el desafío de ser feminista y compartir algunas de las razones por las que estoy convencida de que el/los feminismos son ineludibles e imprescindibles a la hora de construir el proyecto de sociedad que buscamos. Un mundo sin explotadores ni explotades al que el feminismo también le exige que la transformación comience por casa, en todos los sentidos. Transitando desde lo personal a lo político –de ida y de vuelta- y atravesando clases sociales, etnias, culturas e ideologías.

Ser feminista siempre ha sido un enorme desafío, una vertiginosa aventura de transgresiones, cuestionamientos, aprendizajes, compromisos, críticas, miedos, conocimientos, placeres y la indescriptible y avasallante fuerza de saberse seres libres y autónomos. Aunque tanto quede aún por alcanzar la plena soberanía sobre nuestros cuerpos y nuestros territorios.

Un camino sin retorno que en su proceso libertario pone en cuestión todas las estructuras, instituciones y prácticas de lógica patriarcal y opresiva y demanda la igualdad de oportunidades y derechos en el acceso a los bienes materiales y simbólicos para el desarrollo pleno, sin exclusiones y en armonía con la sustentabilidad del planeta. Un lento pero persistente proceso que ha logrado sacarnos de la sumisión para ir a la búsqueda de la emancipación personal y colectiva.

Soy parte de una revolución que, como afirmaba Rosa Luxemburgo, son de las verdaderas en tanto se construye desde sus bases, que crece con cada toma de conciencia y se fortalece cada vez que alguien entiende que debe dejar de reproducir el sistema de opresión para sumarse a la fuerza que quiere transformarlo. Me siento heredera de quienes la iniciaron convirtiéndola en la más revulsiva y pacífica de las procesadas en el siglo XX y estoy fascinada con cómo se revigoriza en el presente siglo. Hoy la lucha feminista es masiva, universal, transgeneracional, diversa, creativa, incontrolable, caótica, innovadora y, fundamentalmente, esperanzadora. Las generaciones jóvenes no toleran la opresión y pelean desde la mayor autonomía por la plena libertad y la justicia. Se articula y forma parte de las luchas contra el racismo, la xenofobia, la lesbo-homo-transfobia, el extractivismo, la explotación de la tierra y los recursos naturales, el tráfico y la trata de personas, la violencia contra niños, niñas y adolescentes, la impunidad del terrorismo de Estado, la concentración de la riqueza, el abuso y el ejercicio autoritario del poder.

La reivindicación del placer, la libertad de ser y la autonomía de decidir han sido demandas que lograron convertirse en derechos reconocidos e inalienables significando un cambio sustancial en las condiciones y calidad de vida de millones de personas. No estar sometida a maternidades impuestas ni a matrimonios forzados, no estar condenadas a abortos inseguros, poder decidir el tipo y forma de familia, poder vivir el amor y la sexualidad sin discriminaciones con el reconocimiento y respeto a la diversidad de orientaciones sexuales e identidades de género. Que por igual trabajo se tenga la misma remuneración, que se derriben las barreras que obstaculizan el acceso a lugares de poder y decisión, que las tareas de cuidado sean distribuidas equitativamente entre familias, estado y mercado y la erradicación de toda forma de violencia incluida la de género, como horizonte ético de la vida en sociedad, son logros que, siendo aún insuficientes y limitados, de todas maneras han desatado la “ira de los dioses”.

Las fuerzas reaccionarias con un núcleo duro de sectores religiosos, pero aliadas a otras expresiones más “seculares”, se organizan para combatir a un enemigo común que han denominado “ideología de género”. Los tradicionales grupos anti-aborto, anti-educación sexual, anti-diversidad sexual, los que no reconocen la violencia intrafamiliar y condicionan los derechos de niños, niñas y adolescentes a la potestad de los padres, se unifican y conectan con movimientos conservadores de extrema derecha de los Estados Unidos y Europa. Sus nuevos blancos de ataque son los movimientos feministas, el movimiento de la diversidad y las organizaciones de personas trans, pero sus tácticas son las mismas que utilizaron durante la guerra fría para atacar a los grupos y partidos de izquierda, en particular al Partido Comunista,  pero también para deslegitimar a la Teología de la Liberación y desmantelar la organización social que demandara justicia.

El concepto “ideología de género”, acuñado desde el Vaticano como reacción a los resultados que en las Conferencias de Naciones Unidas de la década de los 90 se adoptaron por la capacidad de incidencia de los diversos movimientos sociales, se asume rápidamente por otras iglesias que Boaventura de Souza Santos ha definido como evangelicalistas, para caracterizar a los neopentecostales, que plantean como cometido tener medios de comunicación, bancadas en el Congreso y permear las instituciones del Estado para acceder a las arcas del presupuesto público. La campaña para combatir esta “ideología” se instala en Latinoamérica con mucha fuerza a partir del 2009 y se esparce rápidamente a través de diversos voceros, incluyendo líderes de un amplio espectro político que van de Rafael Correa hasta Bolsonaro.

No le perdonan al feminismo que las teorías de género enseñen a cambiar la mirada sobre toda la realidad y den otras comprensiones epistemológicas a las circunstancias en las que vivimos.

Pero, no nos amedrentan. Si como ha demostrado el Coronavirus hasta el capital es una máquina que depende de la voluntad política y no de leyes de la naturaleza, “que nadie venga a decirnos ahora –como dice Rita Segato – que no es posible ensayar otras formas de estar en sociedad u otras formas de administrar la riqueza: se puede parar la producción y se puede parar el comercio”, cómo no van a poder erradicarse las relaciones de dominación y desigualdad entre los géneros.

Todo es cuestión de seguir apostando a las revoluciones que crecen desde el pie.