Flores nuevas de odios viejos

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Por Gonzalo Perera

Si la fe mueve montañas, en Uruguay y Argentina, donde el fútbol reviste una relevancia de orden teológico, las diversas camisetas mueven como mínimo sierras enteras.
La Argentina de los globos multicolores de Macri y los globos multicolores de la política uruguaya actual, guardan un paralelismo muy estricto. Lo que se hizo allende el Plata cinco años atrás, se hace de manera indisimuladamente similar aquí.
Hasta el año 2009, en Argentina, el fútbol era transmitido por TSC (Televisión Satelital Codificada), un emprendimiento conjunto del Grupo Clarín y “Torneos y Competencias”, por lo cual, según el nivel de abono que se pagara, el ciudadano futbolero tenía acceso a ningún, algún, varios o todos los partidos más relevantes. En el 2009, con la creación de parte del gobierno argentino de “Fútbol para todos”, absolutamente todos los partidos de la selección argentina y de los torneos locales, de forma gradual y creciente, pasaron a salir al aire por la TV Pública ( ex canal 7, ex ATC) cuya difusión digital abierta e inclusión gratuita en paquetes de TV para abonados, aseguraba de forma universal el acceso a dichos contenidos. Que además poco a poco incorporaron los partidos de las selecciones nacionales en otros deportes, como “Los Pumas” en rugby, “Las Leonas” en hockey sobre césped femenino, etc.
Al asumir Mauricio Macri el gobierno en Argentina, tras recorrer diversas cancelaciones contractuales, se terminó el recreo. Un consorcio privado volvió a tener la exclusividad de dichos contenidos y la gran mayoría de la población dejó de acceder a ellos.
En Uruguay, hasta mediados de los 90′ s, los canales 4, 10 y 12 de televisión abierta difundían en sus informativos las imágenes futbolísticas que querían, y transmitían de forma completa los pocos partidos que les redituaban con poca inversión. Los protagonistas de las imágenes, de alto interés popular y valor comercial, no percibían un cobre. Algún deporte como el básquet o el ciclismo tenían ciertas diferencias, pero el impacto comunicacional y comercial de unas y otras manifestaciones deportivas no admite comparación.
El surgimiento de los servicios de TV para abonados (por vía coaxial o “cable”, satelital, etc.) dio lugar a una alta valorización de los contenidos deportivos de mayor impacto popular. El concepto era muy simple: algunos contenidos, como el fútbol, eran “la llave” del servicio. El hogar uruguayo promedio, entre una oferta de muchísimas señales sin el fútbol y otra más reducida en canales de cine, noticias, entretenimientos, pero que incluyera el fútbol, optaba, aún pagando un poco más, por el segundo. El tener o no tener el fútbol era la “llave” que abría la puerta de los hogares y su valor estratégico y comercial, enorme. Por ese entonces y desde un grupo de ex futbolistas y contratistas deportivos usualmente identificados con la figura de “Paco” Casal, surgía Tenfield, quien adquiría el derecho de las imágenes del fútbol, como luego lo hiciera con el básquet, carnaval de Montevideo, etc. Esto generó múltiples tensiones y de sentido diverso, entre otras la creciente demanda de clubes, AUF y agremiaciones de deportistas profesionales, de que su imagen tenía un valor comercial importante y los contratos para la cesión de tales se volvieron cruciales para la viabilidad de las instituciones deportivas.
Sobre estos temas se podrían escribir libros, pero aquí el punto es otro y doble.
Pues desde los primeros años del siglo XXI, para las empresas de Telecomunicaciones, dado el avance y penetración de la tecnología celular, los contenidos deportivos, muy fundamentalmente futbolísticos, se volvieron un “contenido llave”. Si la empresa X ofrecía un servicio a menor precio, con diversos atractivos comerciales, pero la Y ofrecía contenidos futbolísticos, el ganador de la pulseada en general era Y, tal como ocurriera una década atrás en la TV para abonados.
En los gobiernos del FA, la difusión en televisión abierta y pública de ciertos contenidos, sumado al creciente desarrollo (en altos niveles de calidad) de la difusión de contenidos en las plataformas tecnológicas de ANTEL y la inclusión en su programación de contenidos futbolísticos, implicó una importante amplificación del acceso popular a dichos contenidos.
Si, dejando de lado muchas complejidades y tribulaciones, se analiza desde el lugar del ciudadano, de la población, sus posibilidades de acceso al fútbol en, digamos, los comienzos de los 90s y casi 30 años después, sobre los finales de los gobiernos del FA, la situación es bastante clara. En la primera situación el ciudadano que quería ver un partido de fútbol debía ir a verlo, algo limitado por el aforo de los distintos escenarios, por su costo y por su accesibilidad (en el caso del interior del país, harto dificultosa) y si no, debía escucharlo en alguna radio, etc. En la segunda situación, si el ciudadano no tenía acceso en su casa a la transmisión televisiva, podía tenerla en la casa de un amigo o en algún boliche cercano o…en su propio celular de ANTEL. Doy fe que se podía ver un partido de la celeste aún estando en ruta, gracias a VERA TV.
Pues bien, así como la estrategia publicitaria de nuestro actual gobierno parece calcada de la del macrismo, algunos de sus postulados económicos son básicamente iguales.
En Uruguay, desde un tridente letal, que es el accionar de los medios públicos de comunicación, del de ANTEL y de la propuesta de una Ley de Medios formulada a medida de las empresas hegemónicas, la situación actual (y en pleno desarrollo) es de retiro del Estado de la generación, regulación, supervisión o exigencia de responsabilidades de los difusores de contenidos, lo cual incluye los “contenidos llave” (el retiro de contenidos de VERA TV roza lo asombroso).
Versión Macri o versión Lacalle, este retiro de la cancha (nunca mejor dicho) del Estado, invocando una “austeridad” que se deja de lado al pensar exoneraciones tributarias a grandes sojeros y similares, debe visualizarse claramente como una cesión graciosa de espacio a los grupos hegemónicos privados y sus alianzas con empresas multinacionales, para que crezcan, lucren sin pagar ni un cobre al Estado, sin compromisos significativos con la comunidad, sin contralores mínimos de calidad y responsabilidad.
Más allá de todos los dimes y diretes, de lo anecdótico, la gran foto es clarísima: la inmensa mayoría se jode, una selecta e invariable minoría se forra.

Hace unos días miré un repaso de discursos y entrevistas de Margaret Thatcher, quien en 11 años hizo trizas buena parte de las oportunidades laborales, seguridad social y sistema educativo de Gran Bretaña. El centro de su discurso: promover la solidaridad, la contención del débil, la protección del caído, lo alienta a permanecer en esa condición. En cambio, la desprotección total, el dejar todo librado a la ambición individual, obliga a cada quien a asumir un rol pujante, creativo e incansable.
Pruebas a favor: ninguna. Pruebas en contra: las consecuencias de su gobierno. Similitudes, en la esencia, con un cabo austríaco de nombre Adolph: sustantivas.
El neoliberalismo es primo hermano del fascismo, nuestra historia así lo evidencia y el discurso de Thatcher lo desnuda: se trata de deshojar la Margarita del Estado, para no contener “perdedores” y abrir el paso al éxito de los “ganadores”.
Con la debida licencia literaria, ese clasismo e insensibilidad, fue, es y será, en Londres, Buenos Aires o Montevideo, flores nuevas de odios viejos.