Jorge Rodríguez, “el Chileno”, presidente de ASCEEP desde 1982.
El 25 de setiembre de 1983 fue un día inolvidable para quienes marchamos desde la Universidad hasta el Franzini. Aquel día de un espléndido sol primaveral, los jóvenes del Uruguay le pegábamos una bofetada definitiva a la dictadura. Es que ellos apostaron a que esta nueva generación estaba «incontaminada» ya que se habían encargado de aplastar a los jóvenes que habían luchado por causas justas en aquellos años, y por tanto no habían podido influir a la nueva generación. Nosotros habíamos sido formados en los centros de educación de la dictadura. Éramos producto del «Nuevo Uruguay» del que hablaban.
Ese 25 de setiembre vieron ante sus ojos como se derrumbaba ese castillo de naipes que habían creado. Decenas de miles de jóvenes universitarios, de los centros de formación docente, de la UTU y de Secundaria llenamos las calles y luego el Franzini para gritar con todas nuestras fuerzas que queríamos democracia, libertad, respeto a los derechos humanos y por tanto el fin de la dictadura y de la Intervención, y de tanta mediocridad que se había implantado en la enseñanza. Y marchamos con mucha alegría y mucha esperanza. Basta ver las fotos para ver las caras de esos jóvenes rebosantes de alegría por sentirse por fin libres de expresar lo que sentían y sentir que podían ayudar a construir una sociedad más justa con toda esa fuerza juvenil
El 25 de setiembre pasado al recordar estos 40 años en el Paraninfo de la Universidad, la socióloga Gabriela González Vaillant afirmó que ese día no había surgido por generación espontánea, si no que era la culminación de un proceso. Comparto totalmente esa afirmación.
A nivel nacional la victoria del NO en el 80 fue una curva en el camino y también lo fueron las elecciones internas de 1982, que sumadas, generaban un clima diferente.
A nivel universitario la oposición al examen de ingreso que estableció la Intervención a partir de 1981, también generó espacios importantes. Tanto la juntada de miles de firmas presentadas en el Rectorado, como las Academias gratuitas preparatorias del examen de ingreso, que ASCEEP impulsó en el verano del 82-83, fueron hitos que mostraban que se podía ir generando espacios.
Es el tiempo en que surgen las revistas universitarias, Diálogo en 1981 y a lo largo de 1982 en todas las facultades. No tardó en crearse la Coordinadora de Revistas.
“Estudiante sal afuera, venciendo la soledad”, los primeros versos de la canción que identificó al movimiento, de ese gran letrista que es Juan Faroppa, describían con acierto lo que se vivía. Eran los años en que bastaba que se juntaran cuatro o cinco estudiantes en un corredor para que inmediatamente viniera un «tira» con su «circulen, circulen». No existía lo colectivo. A eso se le respondió con una catarata de asados, cooperativas de apuntes, murgas estudiantiles, o sea lo colectivo sobre lo individual.
Es en ese clima que el 30 de abril de 1982 fundamos ASCEEP. La Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública. Valoramos que estaban dadas las condiciones para crear un espacio que saliera a lo público.
Hasta ese momento existía la FEUU como una organización clandestina que tenía presencia importante en algunos lugares, como Medicina, y en otros más bien testimonial. Siempre respetaremos mucho a aquellos que la integraron y la sostuvieron enfrentando la peor persecución.
Fundada ASCEEP recorrimos todos los centros de estudio invitando a los estudiantes a unirse a este nuevo espacio que habíamos creado. Es la época en que cumplió un rol insustituible Felipe Michelini. Lentamente fuimos creciendo. En marzo de 1983 ya teníamos
4.000 «socios» (imposible hablar de afiliados) y una sede, los Conventuales, que generosamente nos dieron los padres franciscanos.
Surgió la idea de la Semana del Estudiante, que es la demostración más grande de la capacidad innovadora de nuestra generación. La enmarcamos en que al año siguiente era el Año Internacional de la Juventud de la ONU. Eso nos daba diálogo con diplomáticos y la imprescindible cobertura. Gonzalo Tancredi, el Homónimo, fue esencial en esto. Tras una larga negociación con el Jefe de Policía de Montevideo de la época, coronel Washington Varela, logramos que, al igual que el 1° de mayo con el PIT, la Semana se autorizara, incluidas un Canto Popular en el Palacio Peñarol, homenaje a Artigas en la Plaza Independencia y la Marcha al Franzini, entre decenas de actividades.
En la ceremonia inaugural en Conventuales habló el Embajador de Naciones Unidas. En la exposición que hicimos había estand de muchas embajadas, incluida la de Estados Unidos, lo mismo en las Mesas Redondas y en la parte artística, hubo una gran muestra estudiantil, donde, entre otros, Jorge Drexler expuso sus poemas. Naturalmente que también había «candombailes» como los llamábamos en la época.
Se elaboró el “Manifiesto por una Enseñanza Democrática”, que leímos y discutimos frase por frase en el órgano central de ASCEEP, escrito con la colaboración de varios, pero esencialmente de Edgardo Rubianes y Luis Mardones.
La Marcha requirió una gran organización. Teníamos un equipo de Seguridad, que encabezaba Pepe Bayardi, que ese día tenía mil estudiantes. Siempre cuento la anécdota que cuando el frente de la Marcha llegamos a Bulevar y Bulevar, nos comunicamos por walkie talkie con quiénes venían cerrando y nos dijeron que estaban a una cuadra del Obelisco.
Leímos el Manifiesto 5 estudiantes: Luis Mardones del IPA, Daniel de la Fuente de Secundaria, Graciela Costa de UTU y con Mario Álvarez, éramos los universitarios.
Era una época de constantes avances y retrocesos. En junio de ese 1983, hubo una brutal represión: 23 estudiantes, casi todos comunistas, fueron apresados y brutalmente torturados. Entre ellos nombro a Lucía Arzuaga y a Hugo Rodríguez, con quiénes habíamos iniciado en esos mismos días un diálogo para tener una plataforma común entre ASCEEP y FEUU clandestina para acercar posiciones.
Sólo tres meses después hacíamos la Marcha. Eran tiempos terribles. Podíamos pasar de euforias de alegría a tristezas profundas.
Era también el tiempo que se creó la Intersectorial de Partidos Políticos y organizaciones sociales contra la dictadura. Juntos habíamos organizado la caceroleada del 25 de agosto y juntos organizamos la segunda que hicimos esa misma noche del 25 de setiembre. «Hola, hola, hoy de noche hay cacerolas», cantábamos en el Franzini .
Era el tiempo de la Intersocial, en que coordinábamos con PIT, FUCVAM y Serpaj las acciones y nuestra línea.
Aquella marcha posicionó con mucha fuerza al movimiento estudiantil. Vinieron luego el acto del Obelisco del 27 de noviembre, la juntada de firmas de FUCVAM en febrero de 1984, la liberación de Seregni en marzo, el gran paro cívico del 27 de junio, el Pacto del Club Naval y el retorno de Wilson.
En ese Uruguay logramos una gran hazaña: Tiramos a la Intervención antes que cayera la Dictadura. A fines de 1984, con elecciones supervisadas por la Asociación de Escribanos, elegimos Consejos provisorios, de los tres órdenes, en toda la Universidad. Muchos meses antes que el Goyo Álvarez entregara la Presidencia.
Luego de las elecciones del 84 participamos activamente en la Concertación Nacional Programática (Conapro) con todas las fuerzas democráticas del Uruguay.
Fue una época muy fermental. Para nosotros fue una escuela de democracia. Aprendimos a repudiar toda forma de autoritarismo, a valorar como nunca a la democracia y al Estado de Derecho y a defender a rajatabla el pleno respeto a los Derechos Humanos.
Fuimos una organización a la vez masiva y horizontal. Todo se discutía y aprendimos a convivir y valorar a quienes pensaban distinto como parte esencial de la sociedad por la que luchábamos. Nos unía el horror de la dictadura. Podíamos tener diferencias entre nosotros, que FEUU clandestina sí o no, concertación o no, Club Naval o no, pero siempre primaba con claridad que nos unía por encima de todo la lucha democrática. Y siempre en un profundo respeto por las ideas distintas.
Aprendimos que teníamos enemigos entre los enemigos de la libertad, pero en el campo de la democracia, sólo teníamos adversarios.
Por último, con Violeta Parra decimos: «Que vivan los estudiantes». Más allá de nuestra generación, creo que toda sociedad necesita jóvenes que cuestionen, que expresen rebeldía. Pobre sociedad la que no tenga estudiantes luchando por los ideales de cada época.






















