La política exterior ideológica de la derecha

El viraje conservador de la sociedad que implica la restauración impulsada por el gobierno de la coalición de derecha abarca todas las dimensiones de la sociedad, también la política exterior.

En esto también la coalición de derecha intenta matrizar los dos puntos sagrados de su discurso: el Frente Amplio hizo todo mal y el actual gobierno lo está haciendo bien. ¿Lo está haciendo bien?

El eje del planteo de la derecha en la campaña electoral, en lo referido a la política exterior de los gobiernos del Frente Amplio, fue que era excesivamente ideologizada, que aislaba al Uruguay, que alejaba las inversiones. Por eso, la derecha en el gobierno iba a poner en marcha una política exterior desideologizada, con el comercio como prioridad absoluta y de apertura al mundo.

Además de señalar que, también en este punto, el discurso de la derecha se basa en falsedades -ya que Uruguay nunca tuvo una diversificación mayor de las exportaciones, en rubros y en destinos, que durante los gobiernos del Frente Amplio y nunca llegaron más inversiones que en ese período- hay que fijarse en qué ha hecho la coalición de derecha desde que asumió.

Y es muy sencillo: hizo una política exterior mucho más ideologizada que la que le criticaba al Frente Amplio.

En esta edición de EL POPULAR, Ariel Bergamino, embajador en Cuba y vice canciller durante los gobiernos del Frente Amplio, analizó la política exterior del gobierno de la coalición de derecha en estos cuatro meses.

Repasó la renuncia de Ernesto Talvi, a la que calificó de cinematográfica, indicando lo negativo para la imagen del país que implica que se vaya el canciller apenas 100 días después de asumir y que lo haga en medio de una cumbre del MERCOSUR.

Señaló que es por lo menos “curioso” el raid periodístico en Argentina del presidente Luis Lacalle Pou, jugando el rol de opositor al gobierno de Alberto Fernández, en medio de la pandemia.

Destacó las decisiones de retirarse de UNASUR, adherir nuevamente al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), la votación a favor de Luis Almagro en la OEA, complementado esto último con la designación de Washington Abdala como embajador en este organismo.

Señaló el silencio del gobierno ante las declaraciones injerencistas del embajador de EEUU en nuestro país sosteniendo que “este gobierno (el actual) representa mejor las tradiciones democráticas del Uruguay que los anteriores”.

Agregó el respaldo al candidato de EEUU para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo. Y también, el “apresurado” apoyo al nuevo plan de EEUU para Venezuela, el de Elliott Abrams.

Uruguay fue el primer país en respaldarlo formalmente y quedó colgado del pincel. Vale agregar que este plan fue presentado como preámbulo de una incursión armada que fracasó.

Bergamino destacó que el tan criticado MERCOSUR fue el único ámbito regional donde se coordinaron acciones, muy pocas por cierto, contra la pandemia y agregó: “Yo no vi ninguna iniciativa ni de ProSur, ni de la Alianza del Pacífico, ni de la OEA”.

Bergamino recordó el pregonado esfuerzo por “desideologizar” la política exterior que iba a realizar la coalición de derecha y se preguntó: “Decían que lo nuestro era ideologizado, ¿y esto, qué es?”.

El excanciller agregó una preocupación más, la pérdida de peso de la cancillería y la dirección de la política exterior desde Presidencia de la República.

Lacalle Pou asumió que la política exterior es una suerte de espacio de realización personal. Lo mostró con las invitaciones para su asunción el 1º de marzo, parecía que estaba haciendo una fiesta personal y no una instancia oficial.

Esta constatación tiene implicancias hacia la coalición de derecha, su funcionamiento, sus equilibrios internos, su durabilidad. Lacalle Pou parece decidido a que la política exterior, como otros resortes centrales del ejercicio del gobierno, sean casi exclusivos del Herrerismo, ni siquiera del Partido Nacional y, mucho menos, de los otros socios de la coalición de derecha. Las implicancias para los otros socios es su asunto, el nuestro es lo que esto implica para el país.

El problema es que en un mundo con la recesión más profunda desde la Segunda Guerra Mundial, con el multilateralismo en crisis, con el hambre y la desocupación de millones como amenazas, con un endeudamiento sideral, Uruguay está con una política exterior errática, de alineamiento con la potencia imperialista en declive y que obedece a los gustos personales de un presidente y a las preferencias ideológicas de un sector.

Es cierto que esto responde además a una estrategia de inserción dependiente y subordinada de Uruguay en la distribución internacional del trabajo como país productor de materias primas, prestador de servicios y depositario de capitales especulativos. Ese es el verdadero objetivo.

Mientras Lacalle Pou, también en esto, surfea.