La terca apuesta por la roja esperanza

Gonzalo Perera

Por una vez, querido lector, le propongo un ejercicio de imaginación colectiva, porque hay caminos que sólo se recrean trasladándose mentalmente a ese punto de partida.

Imagínese usted en los comienzos de la década del 20, en el siglo XX, en Uruguay. En un mundo donde aún no había penicilina, las expectativas de vida al nacer eran poco más de la mitad de las actuales y los medios de comunicación a distancia, muy precarios. Donde el capital explotaba al trabajador de manera salvaje, quizás menos que algunas décadas antes, pero donde en nuestro país varios derechos laborales estaban recién estrenados y muchos otros pendientes. Imagine que el lugar de la mujer en el mundo, concebido por la cultura hegemónica del momento, era el servicio del varón (sexual, doméstico, cuidados infantiles y de mayores, etc.,) y que la política, el estudio universitario, e incluso a nivel medio (cuya difusión territorial en Uruguay era aún reciente) les estaba vedado. Imagine además una sociedad en que el varón debe ser “bien machito” y donde, como en el bolero, se considera que “una mujer, debe ser, soñadora, coqueta y ardiente”. Imagine un puerto al que le faltaba un siglo para que fuera regalado, por lo que era muy activo, y donde llegaban inmigrantes de todas partes, trayendo en sus relatos, o en libros, algunos de los mayores debates de la época. Imagine que un grupito de personas, trabajadores, intelectuales, habían simpatizado con la visión marxista de la sociedad y veían ante las noticias que llegaban a un tal Lenin y una nueva base para la unión internacional de los oprimidos de la tierra. Eso no podía exonerar a las discusiones y, como consecuencia, sentidas separaciones, pero la mayoría de ese grupito tomaría la senda de Marx y Lenin, digamos un 21 de setiembre de 1920, nucleándose bajo una roja bandera regada desde su nacimiento de maldiciones y diatribas, Algún simple fruto de la ignorancia y la manipulación, otras, las de los explotadores y secuaces, un verdadero blasón.

Mientras el Uruguay “Suiza de América” festejaba Ámsterdam, Colombes y el primer mundial en tierra propia, imagine que aquellos rojos fundadores buscaban sindicalizar, potenciar a las clases trabajadoras, hacer más combativas y eficaces sus reivindicaciones. El mundo mientras tanto se hundía en la crisis de 1929 de Wall Street, que habría de empujar fatalmente el avance del nazi fascismo en Europa.

En 1934, ante el golpe de Gabriel Terra, imagine que esos pocos y firmes rojos se opusieron de pleno al avasallamiento perpetrado por el riverismo colorado y el herrerismo blanco, quienes curiosamente suelen pedir a los demás, credenciales de convicciones democráticas, terreno en el cual en su gran mayoría ni siquiera partida de nacimiento poseen. Imagine en 1936 a aquellos díscolos rojos adhiriendo sin titubeos a la República Española, mientras herreristas manifestaban una abierta simpatía con la versión hispana y con sotana del fascismo, el franquismo. 

Imagine que cuando el nazi fascismo desataba su pestilencia sobre buena parte del mundo, llevando a la Humanidad a la más oscura de sus páginas, esos rebeldes rojos serían sus acérrimos enemigos, al punto que fue su bandera, portada por manos trabajadoras de otras latitudes, la que se izaría en Berlín mostrando al mundo que la bestia inmunda había sido vencida.

Imagine que en el mundo que se instalaría a partir de 1947, si bien Uruguay celebraría Maracaná, los portadores de esa roja bandera con ya tanta historia escrita con sangre y heroísmo, eran los enemigos odiados por curas, estancieros, comisarios, empresarios, políticos guiados desde Washington D.C., y, mediante las manipulaciones mediáticas, mirados con desprecio o temor por la mayoría de la población, incluso trabajadora y muy particularmente en el interior del país.

Así y todo, imagine, digamos, a Julia Arévalo de Roche diputada en 1942 y senadora en 1946, rompiendo moldes. Imagine a un José Luis Masera haciendo Matemática de primer nivel mundial desde nuestro país, constituyéndose en un gigante de la Ciencia latinoamericana del siglo XX. Imagine nombres insignes de la pedagogía, de la investigación histórica, de la pintura, de la música, del teatro, de la cultura en su más amplia acepción, cerrando filas en ese grupo ya no tan reducido, pero siempre portador de la más pura roja rebeldía.

Imagine que, en 1955, con un tal Rodney de por medio, ese colectivo inicia un proceso de transformaciones que lo hizo concebir una vía uruguaya hacia el socialismo, la Democracia Avanzada, síntesis del mejor pensamiento revolucionario mundial con las mejores tradiciones de nuestros lares, amalgamadas por cabezas propias. Imagine que la Unidad del campo popular y de la izquierda se transforman en obsesión, por considerarla central para los grandes cambios. Imagine que tras pregonarla y hacer avances graduales a comienzos de los 60 en el terreno político, en el 66 se consolidaba en el campo sindical, con una central única apoyada por trabajadores de todas las grandes corrientes del pensamiento (algo imposible de imaginar en casi todo el mundo), para gestar la unidad de la izquierda política en el Frente Amplio en 1971, con democristianos, marxistas, anarquistas, etc., unidos codo con codo (nuevamente un imposible para casi todo el mundo).

Imagine que el 27 de junio de 1973 un Juan María Bordaberry carlista, rancio conservador, ruralista que supo ser parlamentario en las divisas blancas y coloradas, gesta otro golpe de Estado (nuevamente apoyado por riveristas y herreristas), con la más brutal descarga de terrorismo de Estado en nuestra población. Imagine que, desde el primer al último día de esa larga noche, los eternos rebeldes rojos fueron LA RESISTENCIA, con mayúsculas, sin desmerecer a nadie, pero dando así justa cuenta del intangible costo de ese acto de suprema valentía que costara martirios, desapariciones forzadas, torturas y prolongados e inhumanos encarcelamientos, exilios, etc., en sus filas, en todas las edades y géneros.

Imagine que terminado ese terror y pese a un mundo que cambiaba y donde se anunciaba desde el fin de la historia al fin del marxismo, esa bandera roja seguiría ondeando y siempre defendiendo las causas populares, los derechos de las grandes mayorías y de los más jodidos o discriminados. Que empuja- siempre en el marco de la Unidad- al FA para que gobierne Montevideo primero y todo el país después. Que hace suyos temas que no estaban, al menos claramente, en el candelero en 1920 o 1955, como los derechos de género, incluyendo no sólo los derechos de la mujer sobre su vida, su cuerpo y la igualdad real en la vida concreta, sino de todas las identidades de género, o el derecho de las futuras generaciones a poder vivir en un mundo donde el Medio Ambiente no sea el enemigo, para poner sólo un par de ejemplos.

Si siguió hasta aquí este ejercicio de imaginación, dígame querido lector, si no es impresionante la trayectoria, la capacidad de crecer, aprender de los errores, ser resistente ante la adversidad y tomar siempre partido por lo mejor de la vida y de la condición humana.

A mí me estremece escribir que se imaginó nada más ni nada menos que al Partido Comunista de Uruguay. La resistencia, el aprendizaje permanente, el núcleo de la Unidad, el tomar partido por lo mejor de la humanidad, una y otra vez.

Honor y gloria a todes quienes nos trajeron hasta aquí, y a todes les que habrán de continuar la terca apuesta por la roja esperanza.

Foto de portada:

50 aniversario del asesinato de ocho militantes comunistas en la Seccional 20 del Partido Comunista del Uruguay (PCU). Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS.

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