Lacalle 2: el retorno de la malaria universitaria

Gonzalo Perera

En la sala Maggiolo de la Universidad de la República (Udelar, de aquí en más), donde sesiona el órgano de conducción de la institución, el Consejo Directivo Central, resalta un gran retrato de Don Manuel Oribe. Por merecimientos evidentes, ya que, si bien la fundación de la Udelar es todo un largo proceso, es Oribe, el 18 de julio de 1849, quien resuelve la creación de la institución. El rol de destacados profesores y referentes académicos de filiación blanca en la Udelar es bien conocido. El que aún hoy, universitarios que adhieren a la divisa blanca, tienen una gran adhesión y gratitud hacia la casa de estudios, también es evidente, en todo el territorio nacional.

Si bien ya entrado el siglo XX, los gobiernos de Don Pepe Batlle y el rol de figuras como el Ingeniero Serrato, o Don Antonio Grompone, generaron mayor identificación de la educación pública con el batllismo, no dejaron de existir los blancos que son y se sienten genuinamente varelianos y que ven en la educación pública, a todo nivel, uno de los mayores tesoros de la cultura nacional, que debe cuidarse y estimularse siempre.

Pero un fenómeno infectó ambas divisas tradicionales, pero muy particularmente al Partido Nacional sobre fines de la década de los 80: su conquista por las políticas neoliberales más duras.  Dentro de la vieja divisa oribista, el neoliberalismo se hizo amo y señor del herrerismo, el que a su vez en las elecciones de 1989 consagró su dominio de la interna blanca, una supremacía que permanece vigente hasta el día de hoy.

Desde el 1 de marzo de 1990 hasta el 28 de febrero de 1995 viví un lustro imposible de olvidar. Por aquella época era un joven docente universitario, que vivió una etapa de mucho crecimiento profesional, finalización de ciclos, acceso a cargos de mayor grado por concurso, etc. Pero, sin embargo, en aparente paradoja, al mismo tiempo mi salario se esfumaba cada vez con mayor celeridad, pese a llevar una vida sumamente sencilla y sin ningún tipo de gastos superfluos. Disculpe querido lector la autorreferencia, pero como estadístico sé muy bien que a veces un testimonio es más potente que cualquier estadística. Recién sobre el final del período, en el que alcancé el grado 4 (último escalón de la carrera docente de la Udelar antes del Grado 5) logré un objetivo que me había resultado utópico: que mi salario cubriera, con esfuerzos varios, el mes. Obviamente es imposible olvidarse de un lustro en el cual uno trabajó 60 horas por semana, estudió, se rompió el alma, vio el reflejo de eso a nivel estrictamente profesional, pero al mismo tiempo vio que el sueldo obligaba a medir todo gasto (aún en alimentación), practicaba muy largas caminatas (el bus se había vuelto un lujo a reservar para ciertas ocasiones) y durante mucho tiempo, ni así se llegaba a fin de mes y había que hacer magia. Las vacaciones obviamente eran un impensable despilfarro. Cine ni hablemos, el contenido audiovisual dominante era la TV abierta, la de los sempiternos 4, 10, y 12, con el 5 en algún rinconcito que no molestara y donde el dominio de la pantalla correspondía al gran difusor de la “pizza con champagne” menemista, Marcelo Tinelli, con su más que cuestionable “humor”.

Me queda más que claro que centenares de miles de compatriotas lo pasaron mucho peor, fruto de males como la desindustrialización casi total que sufrió el Uruguay bajo la presidencia de Lacalle Herrera. Pero por aquello de “pinta tu aldea…” prefiero compartir mis propios recuerdos, que se entenderá por qué, en tiempos posteriores, cada vez que escuchaba algún dirigente herrerista decir “con los blancos se vive mejor”, no sabía si reírme o llorar. Pero, además, algo central aquí, es que ese recuerdo de cinco años de terror viene de quien era entonces un docente de la Udelar, incluso de grado relativamente alto, pues eso es una importante pista.

El gobierno de Luis Alberto Lacalle Herrera, para la Educación Pública, muy particularmente para la Udelar, sólo disputa la corona del peor del período posdictatorial con el gobierno de Jorge Batlle, debido a la mega crisis del año 2002. Pero en cuanto a política deliberadamente trazada hacia nuestra mayor institución universitaria, no tuvo parangón, al menos hasta ahora. Lacalle Herrera asfixió presupuestalmente a la Udelar, pauperizó los salarios, al tiempo que les prestaba abundantes servicios a las universidades privadas del país. Una cosa y otra no son coincidencias: son dos facetas de la política de un neoliberal con todas las letras. Matar lo público y alentar lo privado es uno de sus dogmas centrales, y cuánto más lo es en la educación universitaria, que obviamente juega un rol muy particular en la construcción de pensamiento hegemónico o elaboración de contrahegemonía.

Lacalle Pou confesó que “el fruto no cae lejos del árbol”.  Así como antes el slogan era “con los blancos se vive mejor”, la multicolor construcción obligó a cambiarlo por la promesa de “los 5 mejores años de tu vida”. Frases ambas ciertas para la oligarquía y terriblemente falsas para la inmensa mayoría de los sectores populares.

No sólo el fruto no cae lejos del árbol, si no que el programa, los lineamientos de gobierno 1990-95 y 2020-25, son idénticos. Incluso, en algunos aspectos, con mayor crudeza en el período actual.

Sin idealizar, la Udelar salió de los tres gobiernos del FA en una situación que no se puede comparar con los períodos previos. Con pisos salariales que, en los grados superiores de la carrera, estaban en 2019 en niveles razonables, la pauperización se va notando, pero lleva más tiempo, pues nos despluman gradual e incesantemente, pluma por pluma, como predicaba Sanguinetti. Pero a la buena noticia del crecimiento constante de la matrícula universitaria (137.557 en 2018) y su desarrollo en casi todo el país, las limitaciones presupuestales de estos tiempos han llevado a la contratación temporal, en situaciones de inestabilidad laboral, con grados bajos del escalafón y escasa dedicación horaria (por ende, muy magros salarios), a una enorme cantidad de docentes, para poder atender esa demanda educativa. Toda esa multitud de docentes en situaciones más que precarias. se han organizado y hacen sentir sus demandas, pues pasan por una nueva aparente paradoja: trabajan cada vez más, cobran cada vez menos y en un contexto cada vez más inseguro.

Nuevamente no es paradoja, es una política. Lacalle Pou, en su última rendición de cuentas asfixia por completo a la Udelar, que difícilmente pueda sostener todo lo que hace y por lo que muy cínicamente el propio presidente la reconoció en tiempos de pandemia. Pero al mismo tiempo, regala en bandeja el control de la acreditación de instituciones privadas, otorgando el contralor del INAEET, instituto que decide qué instituciones y carreras son de nivel universitario, a las universidades privadas. Algo así como eliminar los jueces de fútbol, y que sean los jugadores de un cuadro los que decidan qué “cobrar”. No hace falta ser perspicaz para adivinar el resultado, ni de la alegoría, ni de esta nefasta política. Que no nace, vuelve.

En el cine, ante tal situación, nadie dudaría en elegir por título “Lacalle 2: el retorno de la malaria universitaria”. La pregunta es por qué no lo decimos clarito día a día y en nuestra lucha por defender la educación pública y nuestra mayor institución de educación, la que gesta el 80% de la investigación nacional, y que fuera fundada por Don Manuel Oribe, que la Udelar no olvida.

Foto de portada:

Marcha desde la Explanada de la Universidad hacia el Palacio Legislativo, por mayor presupuesto en la UDELAR. Foto: Javier Calvelo/ adhocFOTOS.

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