Líber, Hugo y Susana, aquel 1968

Beatriz Abraira de Lacurcia.

Nunca imaginamos, ese mes de agosto de 1968, que concentrados en pocos días, íbamos a ser espectadores y partícipes de acontecimientos que serían pantallazos de la historia que se desarrollaría a continuación y que marcaría nuestras vidas para siempre.
Uruguay vivía un momento social y político convulso. Un pueblo que se rebelaba ante medidas económicas que lo empobrecían cada día más y un gobierno que gobernaba mediante decretos y medidas prontas de seguridad para frenar cualquier tipo de protesta.

12 de agosto

Fuimos sorprendidos con la noticia de que habían herido a un estudiante en una pacífica manifestación por el boleto estudiantil. Un clásico que se repetía periódicamente. La protesta, no la agresión. El hecho parecía inaudito. Un estudiante, desarmado, baleado por la policía… Más aún cuando trascendió que el herido era Liber Arce, compañero nuestro, al que conocíamos perfectamente.
Líber, “Nikita” en la Facultad de Arquitectura, era uno de esos estudiantes que se constituyen en personajes típicos. Difícil separar su imagen de los pasillos de la facultad. Infaltable en las asambleas y movilizaciones, siempre con ejemplares de El Popular bajo el brazo, Nikita, que había ganado el sobrenombre por su notable parecido con el líder soviético, era para nosotros la representación del militante siempre presente y dispuesto a dialogar.
Hacía un tiempo que no lo veíamos por allí: había decidido estudiar una carrera más corta para ayudarse económicamente con el estudio de arquitectura y había elegido la de mecánico dentista. De cualquier forma, lo encontrábamos todos los domingos en la feria de Tristán Narvaja, donde colaboraba en un puesto de comestibles y verduras con sus padres, muy cerca de donde el Negro, mi esposo, armaba su mesa de venta de libros. Ambos intentaban redondear los presupuestos familiares cada día más insuficientes.

14 de agosto

El 14 amaneció como un día más. Después del almuerzo me dirigí a clase de mecanografía. Participaba en un concurso por un cargo en una oficina del Estado y tendríamos esa prueba final en pocos días. La profesora daba clases en su apartamento, situado en la calle Eduardo Acevedo, atrás de lo que en aquella época era el IAVA. Nosotros vivíamos muy cerca, en Colonia y Eduardo Acevedo.
Al llegar a la explanada de la Universidad veo que estaban desplegando un enorme cartel que anunciaba… ¡la muerte de Líber Arce!
Quedé impactada, no sabía qué hacer. Dolor, impotencia, indignación…
Continué mi camino con aquella angustia.
Ingresé al lóbrego apartamento en el interior de un edificio muy viejo. El “salón” era el estrecho pasillo de entrada. Constaba de un cartel con el dibujo del teclado en lo alto de la pared, enfrente a una diminuta mesita donde se apoyaba una vieja Remington, que en el año 68 ya era casi una reliquia, con sus teclas tapadas y una silla muy dura. Allí me sentaba por una hora intentando memorizar la ubicación en que los dedos debían presionar los diferentes botones anónimos para aprender lo que se llamaba “escribir al tacto”.
Nunca lo logré.
Hacía algo menos de un mes que concurría a esas clases tres veces por semana, esa fue la última. Llegué angustiada con lo que había visto, me esperaba otro motivo impactante. En las horas anteriores que habíamos compartido con la profesora, se había establecido cierta relación. Ella, imagino que inspirada por mi notoria barriga de ocho meses de embarazo, me había trasmitido su dolor por no haber podido tener hijos (“darle hijos a su marido”, expresión común del momento) y me había hecho partícipe de sus problemas matrimoniales. Él era un alto inspector de la policía, muy rígido en sus planteos, que se iba al trabajo, pasando a mi lado, apenas la Remington empezaba a sonar.
Enjugué las lágrimas en la puerta, antes de entrar, a efecto de no delatar mi dolor y la indignación por lo ocurrido. No hubo ningún comentario al respecto, de donde deduje que la señora no estaba enterada. Al ratito de empezar la clase, trajo un banquito, se sentó a mi lado. Y empezó a descargar.
Noches antes, el esposo le había dado el arma de reglamento y le pidió que lo matara y se eliminara después. Ella no pudo hacerlo.
No sé cómo logré terminar esa clase. Sí recuerdo que traté de tranquilizarla y creí haberla convencido de que llamara a su hermana y pidiera ayuda. No volví a ese lugar ni nunca más supe de ellos.
Tiempo después, pensándolo retrospectivamente, razoné que el hecho, tal como lo planteó, nada tenía que ver con lo que había sucedido el día 12 frente a la Facultad de Veterinaria. Había sido anterior y ella recién se atrevía a contarlo por miedo. Pero sí se mantuvo en mí esta imagen como un indicio de las tensiones que se vivían a nivel policial.
Al poco rato el incidente quedó totalmente olvidado por la gran conmoción que sacudió al país al extenderse la noticia de la muerte del estudiante.
Su cuerpo fue velado toda la noche en la Universidad. Al día siguiente, después de múltiples homenajes, el féretro de Líber Arce fue llevado a pie hasta el Cementerio del Buceo. Una enorme multitud bordeaba las calles por donde iba pasando y se sumaba calladamente, encogida por el dolor, a lo que fue una de las mayores manifestaciones que conocimos.
La fuerza de aquella marcha gritaba en su silencio.
En la noche, el dolor, que se había logrado mantener respetuosamente aguantado, estalló con furia. Los violentos sucesos que siguieron al acto del sepelio fueron una alerta de los tiempos que vendrían. Grupos exaltados recorrieron 18 de Julio gritando, escribiendo consignas, y la policía reprimió violentamente.
Empezamos a percibir la época que se avecinaba y lo que tendríamos que enfrentar. Muchos consideran ese momento como el punto de quiebre de nuestra tan mentada institucionalidad.

20 de setiembre

Al cumplirse un mes hubo múltiples manifestaciones de protesta por parte de los estudiantes que culminaron el día 20 en la zona del IAVA, la Universidad y la Escuela de la Construcción de UTU.
El apartamento en que vivíamos estaba ubicado en medio de los dos últimos. Piso 14, mirador estratégico. Desde allí veíamos ambos escenarios.
El día 16 había nacido nuestro segundo hijo. El 17 había sido la prueba de mecanografía, donde mi muy mal rendimiento quedó disimulado por la inmediatez con el parto.
En la tarde del viernes 20, un grupo de estudiantes intentó avanzar por 18 de Julio y fue reprimido violentamente por las fuerzas policiales apostadas frente a la Universidad. Se refugiaron en ese edificio y empezó un combate entre fuerzas policiales que intentaban desalojarla y estudiantes que defendían su soberanía. Una lucha muy desigual. Se escuchaban corridas de caballos, disparos de bombas lacrimógenas, gritos, megáfonos, grupos de jóvenes que, entonando consignas, intentaban salir, carreras de otros que arremetían tratando de alejar a la tropa apostada afuera y volvían a refugiarse en el edificio o en los cercanos. En la UTU el mismo panorama. Algo dantesco que, con intervalos de relativa calma, se prolongó durante toda la jornada.
En nuestro hogar, un bebe recién nacido lloraba mientras el hermanito de un año desplegaba todo su arsenal de celos. Los padres los atendíamos al mismo tiempo que a mi suegro que días antes del nacimiento había tenido una intervención quirúrgica.
También del apartamento entraba y salía gente. Llegaban compañeros que estaban en las protestas u observando en los alrededores. Venían a hacer una pausa, a refugiarse, usar el baño, tomar agua o comer lo que encontraran, dado que en la zona todos los comercios estaban cerrados. Corrían entre la ventana que daba a la calle Colonia y la que daba a 18 de Julio alternadamente.
Más estables, llegaron miembros de la familia que consideraban obligatoria la visita post-hospitalización a mi suegro o, cual reyes magos, a conocer al nuevo integrante de la familia. Lograron entrar en alguno de los impases de la situación y quedaron atrapados cuando ésta se agravó. Entre ellos una pareja que, al compás de una guitarra, consideraban oportuno amenizar aquella reunión, tan forzada y dispar, con cánticos religiosos, quizás considerando que con ellos neutralizaban la tensión que se respiraba.
En medio de ese caos empezaron a escucharse fuertes gritos. Se bajó el nivel de las conversaciones, y con fondo de alabanzas, todos nos asomamos. Clarísimo se distinguían las detonaciones de armas de fuego hacia 18. Muchas. Los más comprometidos bajaron. En breve empezaron a llegar portando noticias.
¡Hay heridos! ¡No los dejan sacar!
Gran tensión, silencio absoluto en el living, guitarra y música en el dormitorio, llanto de un bebé de a ratos. ¡Hirieron a una compañera! ¡Hay muertos!
Esa madrugada, después que todos lograron salir, todavía sin dormir, tomamos conocimiento de lo ocurrido. Decenas de heridos. Hugo de los Santos y Susana Pintos habían fallecido, asesinados por los encargados de proteger sus vidas y la de todos los ciudadanos.
Lo que siguió a continuación quedó inmerso en una nube de angustia. No recuerdo con precisión los acontecimientos siguientes. Fueron unos días muy intensos donde el milagro de una nueva vida logró opacar el dolor colectivo que ocupaba el aire.
Algo se quebró dentro nuestro: la confianza, la seguridad de vivir en una sociedad que amaba la paz. Y sentimos muy fuertemente que ni el país ni nosotros seríamos ya los mismos.
Y no lo fuimos.

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