Lo que este 8M nos dejó

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Por Florencia De Polsi (*)

Este 8 de marzo se conmemoró una vez más a lo largo y ancho de todo el país el Día Internacional de la Mujer. No fue un día cualquiera, en un año cualquiera. A pocos días de cumplirse un año de la asunción de un nuevo gobierno de derecha y además a un año de la llegada del COVID-19 al Uruguay, es claro que la pandemia tuvo un impacto diferencial en las mujeres. Los índices de desocupación son mayores que el de nuestros compañeros varones, pero además, los mismos se ven invisibilizados, ya que con la disminución de la movilidad las mujeres que han dejado de buscar trabajo han aumentado y nos son consideradas por la estadística, porque han replegado su tarea una vez más a los cuidados de niños y ancianos. Si a esto le sumamos el proceso de desarticulación que ha vivido el Sistema Nacional de Cuidados en este año de gobierno de derecha, entendemos un poco más el impacto sobre las horas de trabajo no remunerado que ha tenido la pandemia en las mujeres de nuestro país, en donde la estadística nos muestra que utilizan 8 horas más de su día en las tareas del hogar y los cuidados que sus pares varones.

Por otra parte, cristalizó la presencia de una verdadera emergencia nacional, la de la violencia de género, forzando a miles de mujeres a convivir con sus abusadores e impidiendo la salida o el pedido de ayuda. Esto hace patente una vez más la necesidad de políticas de Estado que aborden estos problemas. Y para eso se necesita presupuesto, formación técnica y redes de apoyo. Ya que las políticas de Estado no sustituyen a las organizaciones sociales.

El movimiento feminista tuvo que buscar mecanismos y herramientas que permitieran hacer de este 8M un día de movilización y lucha. Y es que en el medio de un recrudecimiento de los casos de COVID-19, y aunque la llegada de las vacuna nos dan esperanza, aún queda un enorme recorrido para volver a la normalidad, y esto implica la enorme responsabilidad de cuidarnos todos y todas. Y si algo sabemos las mujeres es de cuidados. Las circunstancias excepcionales de la pandemia permitieron acercar la movilización a las ollas populares y a todas las herramientas de solidaridad que ha desplegado nuestro pueblo para enfrentar el salvaje ajuste de este gobierno neoliberal. Se hace más patente que nunca aquella frase de Simone de Beauvoir: “bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”.

Lo que nos dejó este 8M es la necesidad de volver a traer la movilización a los barrios de forma descentralizada y territorializada. Necesariamente un feminismo popular debe encontrar alternativas de movilización que conciban que la posibilidad de llegada a 18 de Julio no es igual para todas y que la desigualdad territorial también nos atraviesa. Además el encuentro en el barrio con la vecina, hace que no nos sintamos tan solas y nos pongamos en contacto con las necesidades, sentires y cuestionamiento de todas las mujeres. No solo de aquellas que luchan por romper el techo de cristal, sino por aquellas que, en palabras de Ángela Davis, siguen luchando en el piso de barro. Nos permite además trabajar para construir un movimiento que nos incluya a todas, y quizás acerque a esas mujeres que aún no se perciben como feministas a la causa. A las que militan en los Comités de Base, ollas populares, clubes deportivos, en los sindicatos, etc. Para que el 8M sea de todas las mujeres en todas las calles.

(*) Secretaria de Género de la UJC.