Militancia juvenil, forjadora de rebeldía

En los 68 años de la Unión de la Juventud Comunista (UJC)

Claudio Arbesún, secretario general de la UJC.

¿Por qué seguir insistiendo con una perspectiva juvenil en la lucha? ¿qué hay de novedoso o distintivo en el aporte de organizaciones que, asumiéndose espacios de participación juvenil, acumulan décadas de experiencia de organización y movilización en nuestro país? ¿Son acaso la militancia juvenil, y las organizaciones juveniles, un recurso estético o instrumento de resumen accesorio de perspectivas que poco tienen que ver con la genuina participación, anhelos y expectativas de los jóvenes? El 68 aniversario de la UJC, aniversario de una organización histórica y trascendental en la vida y experiencia de participación y lucha de la juventud uruguaya al cual le dedicamos este espacio en la edición de EL POPULAR de la semana pasada, parece un escenario propicio para volver a reflexionar en torno a estas preguntas. No es extraño encontrarlas circulando en debates, o en contraposición enfrentar planteos simplistas que pretenden dar cátedra de qué es lo que queremos los jóvenes de hoy (sea cual sea la época en la que se diga), qué es lo que nos llama a juntarnos, unificar voluntades y movilizar esfuerzos. Por lo general, salvo cuando las abordamos los jóvenes, estos elementos despiertan reflexiones paternalistas que poco tienen que ver con los que los jóvenes sentimos, pensamos y vivimos.
Hay un elemento común entre los distintos hitos que han marcado, al menos en las décadas recientes, la militancia juvenil; elemento que creemos da una pista del aporte distintivo que la juventud organizada y movilizada hace a la lucha y la movilización general de todo nuestro pueblo. La experiencia ha mostrado que los hitos recientes más relevantes consistieron en una contraposición frontal con posiciones conservadoras y regresivas, que por sobre todas las cosas surgen como herramientas auxiliares para perpetuar y diluir emergentes relacionados con la desigualdad y situaciones de exclusión social. Cada una de estas expresiones y emergentes a las que nos hemos enfrentado y a partir de las cuales pueden pensarse futuros alternativos, en general, disparan contra los sectores más vulnerados y vulnerables de nuestro país. No solo vulnerables en términos materiales y concretos, sino también en la capacidad de articular y hacer valer una opinión, en su relativa lejanía con espacios de poder o decisión política.
Además, sea cual sea el hito que elijamos para analizar desde la experiencia concreta la militancia juvenil, en cada uno de ellos el camino emprendido se hace sin cálculos chicos, de réditos particulares o cortoplacistas, electorales o mediáticos. Se emprende en función de ideas que consideramos justas, reivindicando la posibilidad pedagógica de la acción política, de la militancia, su potencial transformador, la efectiva posibilidad de correr el límite de lo que a priori aparece como posible, basándonos en la organización, movilización y diálogo con la gente. El ejemplo paradigmático, tal vez, fue la lucha contra la baja de la edad de imputabilidad, desarrollada en los años previos a la campaña electoral del 2014, donde se partió con una opinión pública ampliamente desfavorable que quizás a más de uno lo invitó a dar la pelea por perdida. Pero ese es un rasgo que puede encontrarse, en mayor o menor medida, en cada uno de los principales temas que desde las organizaciones juveniles abordamos: la lucha por derechos sexuales y reproductivos, contra la reforma que buscó un ascenso en la discrecionalidad represiva «vivir sin miedo», las respuestas a las iniciativas conservadoras en el Parlamento a derechos sociales conquistados, el reclamo por mayor presupuesto educativo o la más reciente juntada de firmas contra la LUC.
Los jóvenes no nos movilizamos asumiendo un rol secundario en la lucha política. Nos juntamos y movilizamos, en primer lugar, porque identificamos que el paisaje que nos rodea diariamente está signado por la desigualdad, lo vemos por todos lados y con distintas expresiones. Para nosotros, y sabemos que no solo para nosotros, la desigualdad es algo tangible, desde lo micro social (las relaciones que nos rodean diariamente) hasta en lo macro social; en las posibilidades de acceso en condiciones dignas a estudiar, a laburar, en la pobreza que nos golpea con mayor fuerza, en el acceso a la cultura, en las posibilidades de constituirnos en actores protagonistas del devenir de los acontecimientos políticos y sociales, etc. Y, en segundo lugar, como dijimos antes, nos movilizamos porque no limitamos nuestra disposición de vivir en una sociedad mejor a contornos posibilistas, que responden a compromisos individuales o de otro orden; elementos que pueda llevar a poner en un segundo plano, a la hora de las consideraciones políticas, las causas que son esencialmente justas y por las que vale la pena luchar.
En nuestra lucha también hay, quizás esencialmente, algo de no querer hacerse cargo, o no asumir como responsabilidad propia un mundo hecho para unos pocos que ya estaba cuando llegamos; reivindicando, por sobre todas las cosas, que nuestras acciones pueden tratar de que las cosas vayan en otro sentido, pueden cambiarlo todo.
Por todo eso, a los que somos jóvenes y hacemos parte de organizaciones o espacios de militancia juvenil nos hace ruido cuando desde sectores «no jóvenes» se habla de «la agenda juvenil» o «los temas que ahora interesan a los jóvenes». Asumiendo casi que la militancia juvenil consiste en un gueto temático, o hasta espacial, sin capacidad de interactuar o asumir una perspectiva global en el análisis de la realidad y en las iniciativas para transformarla.
¿Cuál es el error de estas posturas? En primer lugar, que somos los jóvenes los que sabemos qué temas nos mueven y no precisamos un tamiz externo. En segundo lugar, que conectar luchas o reivindicaciones específicas con temáticas generales o de fondo no es algo ajeno a la juventud, nuestras luchas hablan de la capacidad de movilizar acciones que transforman las situaciones injustas de hoy, sin voluntad de vivir emparchando la vida de la gente, reconociendo que su origen responde a elementos de fondo que deben ser también transformados. Pero, además, y fundamentalmente, porque tal vez los límites de los procesos de transformación que nuestros pueblos vivieron tengan también que ver con el abandono, en cierto momento, de las reivindicaciones generales o de fondo por parte de una supuesta «agenda madura o sensata», por parte de aquellos sectores directamente vinculados con las decisiones políticas de dichos procesos. Posturas que, ante sectores poderosos, que disponen de innumerables recursos para pujar por la permanencia del status quo, ven frustradas las perspectivas transformadoras de esa «agenda sensata».
Tal vez un aporte que los jóvenes podemos hacer, con nuestras formas e impronta, sea volver a poner en el centro algunas cosas que nunca debieron haber quedado relegadas a la periferia. Sea volver a poner en el centro que la desigualdad, la violencia y la miseria no tienen desde una perspectiva de izquierda «umbrales tolerables»; y por sobre todas las cosas, que luchar contra eso implica reconocer que cada acción que desplegamos debe poder conectar la transformación concreta de la vida de la gente hoy con la vocación de poder para transformar el mundo en el que todos viviremos mañana.
En eso estamos las y los Jóvenes Comunistas, que al decir de Walter Sanseviero: “Frente a la rebelión juvenil, sólo tenemos una cosa que decir: Somos sus forjadores».

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