Muchachos: No se hagan los distraídos.

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Por Verónica Pellejero

Los relatos volcados en @varonescarnaval movilizaron dentro de mí ciertas miasmas que estaban sepultadas hace tiempo, allí en el fondo del cuerpo, donde callamos las injusticias personales. Supongo que a otras mujeres deben compartir este sentimiento, porque la mayoría de nosotras sufrimos abusos y violencia por parte de hombres: hombres desconocidos, pero sobre todo hombres que tenían que cuidarnos, hombres que amábamos, hombres que eran nuestros compañeros de lucha, hombres que eran nuestros compañeros en el arte, incluso como se puede apreciar, hombres que admirábamos.

Alguna persona me cuestionó estar a favor de estos “escraches”, cuando hace un tiempo publiqué una nota contra, o reflexivamente dudosa, respecto de este mecanismo para resolver conflictos en La Diaria. En primer lugar rechazo enfáticamente esta especie de super valorización del pensamiento estanco, por suerte moldeamos nuestras ideas según nuestra experiencia vital, intelectual y mejoramos nuestras opiniones. En aquella oportunidad decía: “Quizá sea más efectivo plantearse nuevas formas de educar en valores, que trasciendan el linchamiento público, el señalamiento, el vigilar y castigar. No es una tarea sencilla para nadie deconstruirse, asimilar que algo que era “políticamente aceptable” de repente es un delito, un discurso despreciable. Hagamos comprender, pero no desde el odio”. Todavía creo que es necesario construir más allá del odio y el castigo, que es importante pensar horizontes que trasciendan el punitivismo; es conveniente asimismo comprender que no hay nada de falso en aceptar que normalizamos y aprehendemos conductas machistas. Sin embargo me corrijo o me complemento en dos sentidos: por un lado hay cosas que siempre fueron delito, como el abuso, la violación y la violencia; que hayan pasado hace tiempo, si sucedieron cuando era minimizado o incluso aceptado no cambia la responsabilidad sobre el delito, ni prescribe la memoria.

En segundo lugar este argumento de “antes era socialmente aceptado” es algo falaz, suena a excusa, porque en el carnaval, en el ambiente murguero se cuestiona todo, es un espacio de reflexión y construcción colectiva, (lo mismo sucede con las organizaciones gremiales y los partidos políticos de izquierda), se aboga por un cambio del orden establecido, eso no es “socialmente aceptable”, no es “lo que nos enseñaron” y sin embargo hay capacidad para cuestionar, desobedecer mandatos y construir alternativas. Entonces si no sucede lo mismo con la desigualdad de género en espacios de izquierda no es porque sea “socialmente aceptado el machismo”, es porque cuando los varones se consideran oprimidos cuestionan el orden establecido, pero a su posición de privilegio, a su construcción masculina hetero patriarcal, y como se convierten en instrumentos de dominación dentro de su mismo grupo oprimido no lo cuestionan, porque les conviene. No somos meros reproductores del orden establecido, es posible convertirnos en sujetos críticos.

Por otra parte destacar también que este cuestionamiento, este “proceso de autocrítica y deconstrucción” que muchos varones citan para excusarse de los “excesos del pasado” no es en el 99% de los casos mérito de ellos, es porque irrumpimos nosotras a cuestionar sus privilegios, sus abusos, su humillación y su violencia transversal a casi todos los espacios colectivos, y hubo y sin dudas hay hoy resistencias (¿o no siguen siendo espacios patriarcales las murgas, los partidos, las izquierdas, las bandas de rock y tanta infinidad de espacios de ofensiva y resistencia política y cultural? No se hagan los distraídos muchachos). Si existe la capacidad para cuestionar los privilegios, empecemos por casa, y no lo dejemos meramente en lo declarativo. Porque abusar, violentar y acosar no está mal desde hace unos años, estuvo mal siempre y yo dudo que no se dieran cuenta.

Por otra parte entiendo que las historias que se exponen son parte de la vida de la víctima, nadie puede decirle a una víctima que no puede contar lo que vivió con un abusador que ejercía poder. Si es una forma injusta o efectiva de hacer justicia frente a la violencia es otra discusión, pero la historia que se expone es personal y cualquier mujer está en su derecho de contar lo que vivió con con un abusador, o de alertar a otras mujeres si cree que es una persona peligrosa. Al victimario ser parte no lo hace dueño de la historia. Si fue violento tiene que saber que la o las implicadas pueden contar su historia, porque es su derecho. Y para los que plantean los problemas de individualizar las luchas: la dimensión colectiva no anula la dimensión individual. De esto también va “lo personal es político”. Una frase que se repite: “leyéndolas me animé a hablar”, se encuentra en el relato colectivo la fortaleza para decir, algo que, pasa a ser mucho más que la experiencia propia sino una experiencia colectiva, el dolor con el que guardamos silencio hoy se convierte en un potencial de lucha para quebrar la impunidad del silencio y realizar al menos una transformación subjetiva. Esto es muy valioso, no deberíamos querer nunca como sociedad ninguna impunidad, ningún silencio al dolor de las víctimas de violencia. Y desde la izquierda (que es lo que me importa y de lo que espero algo) se impulsa romper con algunos silencios ¿Pero otros se los respalda? ¿Por qué? Al final, yo veo que se aborda este problema con una breve aceptación de que la violencia de género es injustificable y un gran repertorio de preguntas que inquieren a las víctimas: ¿Y por qué ahora? ¿Y por qué no lo denunció antes? ¿Y por qué no lo denunció en la justicia? ¿Y por qué no da la cara? ¿Y si algún relato es falso? ¿Y cómo queda el escrachado con su familia? Con ese repertorio de preguntas cualquiera se sentiría intimidada de denunciar.

Después están los que dicen que es un mecanismo que da lugar a las denuncias falsas, que se enchastra a una persona para siempre sin el debido proceso. Seamos justos: la mayoría de las denuncias no son falsas, quedarse con que alguna puede ser falsa cuando un montón son verdaderas es una canallada. Siempre queda la desconfianza sobre el relato de las mujeres, pensando en el “pobre varón” en la familia del varón, en su reputación, en su carrera. Es tan despreciable como explícita esta situación, al punto que se da prensa a abusadores imputados en la Operación Océano para que den “su versión de los hechos”. Todo esto lo digo completamente consciente de las limitaciones y falta de garantías que existen en un espacio como las redes sociales, pero quizás la justicia debería preguntarse por qué cientos de mujeres encuentran más confianza en ese espacio que el sistema estatal.

La sociedad pretende que cuestionemos la acción de denuncia en vez del hecho denunciado, lo que no genera otra cosa que un direccionamiento a inquirir a la víctima que hace lo que puede para hacer justicia, y no al varón que se mueve con impunidad, ejerciendo el poder que le confiere su género, su edad y su posición social. Hay que recordar a los conductores de CUTCSA que abusaban de menores de edad a cambio de recargas de celular, tenían un grupo de WhatsApp que se llamaba “Los fenómenos” donde intercambiaban las imágenes de los encuentros sexuales. Y cierto discurso social decía “hay menores y menores”, ¡Siempre adjudicando la culpa a niñas y adolescentes! Siempre adjudicando maldades a las mujeres, quizás con ese ideal judeocristiano de que somos las culpables de todo mal. No. Muchachos, la responsabilidad es suya.

En este caso (@varonescarnaval) la justicia actuó, y las instituciones no fueron omisas a las denuncias, aunque es difícil creer que una realidad así fuera invisible a los ojos de las instituciones, sobre todo la del carnaval. Con respecto a la violencia de género la justicia sigue fallando (ejemplos hay de sobra). Está bueno entonces que sepan los varones, que si no hay justicia no van a tener nunca más la comodidad de nuestro silencio. Está bueno que las mujeres que sufrieron abusos y violencia de género en el carnaval, en el rock, en los espacios políticos, en los medios de comunicación, en las instituciones educativas, sepan que no están solas, que les creemos, que no las juzgamos, que esto es una experiencia colectiva, que podemos transformar las cosas.

Juntas, tejiendo redes y organizadas somos poderosas.

Por último, a forma de matiz, creo que es preciso tener cuidado con los espacios que elegimos para volcar nuestras vivencias. Porque esa suerte de Plaza Pública que son las redes sociales son espacios que a menudo se salen de control, donde no se puede comprobar identidades, donde todo se comporta de forma caótica. Ejemplo de esto son las múltiples cuentas de Instagram que se hicieron copiando la idea original, y una de ellas @varonespolicias resultó ser administrada por un varón policía o por lo menos eso subió la página. No existen las garantías en las redes sociales, y aunque está claro que las mujeres del carnaval desarrollan un proceso hace años frente a las injusticias del ambiente patriarcal y misógino del carnaval, las otras cuentas donde muchas mujeres volcaron sus vivencias no contaban con un proceso que respaldara esa acción, ni tenía un fin a largo plazo, ni existía conocimiento y confianza en quienes manejaban esas cuentas. Así que ojo, porque las redes sociales son un arma de doble filo cuando se trata de exposición y “hacer justicia”, (si es que esto es posible por ese medio), y sin organización no hay camino que valga para hacer algo que trascienda la mera exposición.