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Música con «M» de Mujer

Soledad Castro: “La vida pública es el espacio de ellos, en la política, en el arte, en el poder y en el discurso. Y no tiene nada que ver con el talento”.
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Por Verónica Pellejero

La murga, como expresión del sentir popular (aunque es igual en otros géneros) se convierte en un terreno a la vez fecundo y conflictivo para las reivindicaciones feministas, ya que se cuestionan prácticas patriarcales arraigadas a la propia mística de izquierda. Como siempre los jóvenes en este caso los del movimiento “Murga Joven” fueron los que incorporaron de forma decisiva la participación mixta y comenzaron a trabajar en torno a las temáticas de género. Aunque aún hoy siguen existiendo brechas enormes en la participación sobre el escenario, ¿qué incómoda tanto?

Esta es una entrevista a Soledad Castro realizada en febrero del año pasado, cuando la Falta y Resto no salió en el carnaval. Para inscribir una murga en el concurso es necesario contar con las firmas de los dueños, Raúl Castro firmó, Hugo «Piruja» Brocos no. Varios de sus integrantes aseguran que de fondo hay un problema de género, aunque Piruja lo negó.

Cada año más mujeres se suben a cantar a los escenarios, sin embargo muy pocas son reconocidas, y ni hablemos de vivir de la música. Un ejemplo muy sentido de esto fue la grilla de la Semana de la Cerveza y de Minas y Abril el año pasado que no incluía a ninguna artista. Las mujeres, especialmente las murguistas resquebrajaron ese espacio patriarcal, que según Soledad Castro se ha ido tornando además, cada vez más competitivo y menos solidario. Las mujeres se organizaron entorno al Encuentro de Murgas de Mujeres y Mujeres Murguistas (EMMyMM) en 2017, y en 2019 desfilaron en el desfile inaugural de carnaval bajo la consigna «Sin nosotras no hay carnaval», y lucieron pañuelos rojos para visibilizar su lucha. Hoy conforman el Encuentro de Murguistas Feministas y marchan en grupo cada 8 de Marzo. El tema sigue vigente.

Más que musas

Era dos de febrero, la muchedumbre bajaba a la playa a dejarle ofrendas a la diosa del mar, y los tablados ya habían comenzado a danzar y cantar al son del dios Momo. Soledad Castro me recibió en su casa pidiendo disculpas por la cara de dormida. En una mesa, junto a la ventana de la cocina, me explicó por qué las mujeres están sub representadas en la música y cuáles son las características específicas del ambiente murguero como un espacio de exclusividad masculina. Soledad es letrista, columnista y cineasta, este año iba a estrenar en Uruguay el documental «Una de nosotras» que rescata la figura de Belela Herrera, pero el estreno se vio frustrado por la pandemia.

A Castro ante todo le parece que la situación de las mujeres en la música responde a «una lógica cultural del lugar que ocupan las mujeres en la sociedad con lo económico». Explica que en muchos casos «el arte es una actividad que aparece asociada a poder cubrir por otro lado las necesidades básicas, dedicarse al arte como una opción en la vida es un privilegio», señaló.

Castro hilvanaba pensamiento tras pensamiento mientras la caldera hervía en la cocina. Razonó que si pensamos que las mujeres «son las más pobres de la sociedad», la población más vulnerada no sólo en términos económicos sino también físicos «en el sentido de poner el cuerpo al sistema de cuidados al tener que cuidar hijos, padres, enfermos, el tiempo y las posibilidades para dedicarse al arte son mucho menores que las que tienen los varones», «entonces el hecho de poder dedicarse a la música y tener visibilidad, que es de lo que estamos hablando, lo cual implica pasar por un circuito que te otorgue visibilidad y llegar a esa representación, es muy difícil», concluyó.

Por otra parte también este hecho se relaciona con el lugar que tiene la mujer en la sociedad: «El lugar tradicional de las mujeres nunca es la exposición pública, es la casa, los hijos, los patrones», subrayó. Pero además señaló que hay algo del arte, y de la música en particular que tiene que ver con el placer, con expresar ese placer y con que ese no ha sido tampoco el lugar histórico de las mujeres: «ni del placer, la exposición pública o la ampliación de la voz».

Castro cree que de todas formas siempre han existido «nichos» donde las mujeres pueden expresarse: las tangueras, las mujeres que cantan candombe, donde hubo grandes voces en el pasado y también hoy. «Pero después el rock y todos sus géneros derivados están en su gran mayoría compuestos por varones, la murga ni que hablar, el canto popular lo mismo», puntualizó. Después hay otra cosa fundamental para la letrista: «Las mujeres lideamos con la posesión varonil y sus celos de muchas formas, ¡Hay que encontrar un varón en la sociedad uruguaya que se banque que su compañera suba a un escenario a cantar y disfrutar de la exposición de la piba y que tenga más talento o reconocimiento que él! La vida pública es el espacio de ellos en la política, el arte, el poder y el discurso. Y no tiene nada que ver con el talento», sentenció.

Muchacha murguista

Murga «Rumbo al infierno».

¿Qué elementos de ese fenómeno, que se expresa en la música en general, tienen en común con el ambiente murguero y cuáles son específicos de ese género? Para Castro lo que pasa con las murgas es que han sido un espacio de «articulación del patriarcado y el capitalismo de una manera muy dura» porque «primero que nada que las murgas fueron siempre de mujeres y varones, no existen las murgas solo de varones, porque las mujeres siempre estuvieron abajo del escenario, si no hubieran estado no hubiera sido posible el espectáculo ¿quién bancaba la casa, quién limpiaba, cuidaba a los gurises, para que ellos pudieran todo febrero ir a hacer carnaval o a ensayar? Entonces si la murga es un colectivo de trabajadores, -no es una expresión de clase alta sino de las clases populares-, hay que entender que las mujeres estuvieron siempre formando parte activa del colectivo: vendieron rifas vendieron torta, maquillaron, vistieron», reflexionó. En una historia donde también se mezcla la vida de su familia, que vive el carnaval de una forma muy sentida, «es una mujer la que sostiene la posibilidad de que el varón pueda subir a cantar», sostuvo.

«Si pensamos que es un trabajo nocturno, zafral, es un esfuerzo familiar enorme, más ahora con la competencia desmedida que dificulta muchísimo que las mujeres puedan participar, porque tenés que estar ensayando todo el año, pasar una prueba de admisión, superar los estándares de «calidad» que pide el concurso, tenés que ensayar en mayo para salir en febrero», de forma que el esfuerzo que hacen las mujeres «para bancar el goce de los varones es inmenso, y al revés no sucede lo mismo, porque las mujeres tenemos doble jornada laboral fuera y dentro de nuestras casas», indicó.

Castro señaló que en un ambiente donde el sentido común dice que «la murga es de varones», y aclara que se refiere al «sentido común» porque si se estudia las primeras murgas ya tenían mujeres. «La historiadora Milita Alfaro comprobó que había murgas de mujeres, no eran como se conocen ahora: las murgas era una cosa más circense, más parecido al carnaval porteño; después las mujeres se bajaron del escenario con el disciplinamiento del 900 donde la modernidad establece cuál es lugar de la mujer: en la casa, cuidando los hijos, lo que quería decir una mujer de bien, una señorita», explicó. «Todo lo que estuviera asociado con el carnaval era para las putas, para las mujeres de la calle, empezó a ser censurada la mujer en la murga. Lo murguero siempre fue salirse del molde, y las mujeres no teníamos permitido salirnos del molde». Sin embargo hay registro de mujeres que se salieron porque «siempre hubo y habrá disidencia con el orden patriarcal», puntualizó. Recordó a «Rumbo al infierno» la primera murga solo de mujeres que salió en 1958 desde Las Piedras. Este año, su directora Juana Pochola Silva, quien hace casi cuatro décadas vive en Buenos Aires fue homenajeada en el tablado Ansina de Las Piedras.

Castro señaló que existe una historia de exclusión que ha sido invisibilizada, basada en la discriminación y en la impunidad masculina. Es común el argumento de que «la murga debe sonar de una manera», sin embargo la artista señaló que dentro de las murgas de varones hay muchas tímbricas diferentes, y que nadie le va a decir a ellos «no son una murga». El problema es con las mujeres y su tímbrica, «ahí te das cuenta que el problema no es artístico, es patriarcal». Recordó el canto de murga de los Saltimbanquis en los 80, que ninguna murga canta hoy como ellos, o como en los 90 [Eduardo] «Pitufo» Lombardo comenzó a arreglar la Contrafarsa de una manera «que no tenía nada que ver con la murga tradicional, y les fue espectacular y ganaron el concurso y nadie les dijo que eso no era murga, como eran todos varones… Ir en contra de la diversidad de la murga en pos de la idea de que las murgas deben ser de un modo, habla más bien del gusto de cada persona», denotó.

«A vos te puede gustar o no gustar algo, pero decir que eso es parte de un género o no, por el sexo que tienen las personas en términos biológicos es irracional y una construcción cultural que solo sirve para dejar a las mujeres afuera con la conciencia bien tranquila «Porque no sirven», «Porque la voz no les da»… Es algo profundamente perverso en esta mentira cultural avalada por la sociedad, en la que ser murguista está asociado a todo lo que no debe ser una mujer: Salir de noche, no trabajar, el placer (que se nos niega sistemáticamente) con la libertad, con dar tu opinión, levantar la voz, protagonizar. Ellos son criados para protagonizar y nosotras para acompañar», espetó.

Después otra cuestión tiene que ver con el humor. El problema para Castro no es tanto «de qué se ríen los varones» que preocupa por los chistes misóginos, sino que «solo ellos se pueden reír porque solo ellos se suben al escenario». «Nosotras, nunca tenemos espacio para reírnos de ellos, no hemos tenido espacio para que el humor feminista llegue al carnaval», aseguró, aunque también reconoció que ahora ese humor comienza a permear poco a poco en la sociedad. «El otro día fui a ver cuatro conjuntos y por suerte en algún momento tocaban la problemática de género, pero reírse de los varones, como ellos se ríen de las mujeres, reírse de la masculinidad es mucho más censurado», manifestó.

Castro cree que para el status quo es muy perturbador que las mujeres digan lo que piensan, ven y opinan en el carnaval. Y además reflexionó que «a veces las mujeres tenemos también muy baja autoestima, y cuesta convencer a los varones de decir lo que tenemos para decir», «es como en la militancia, hay que imponer una decisión desde lo femenino, hay que enfrentarse con esos cuerpos masculinos, con esos tipos que te dicen lo que tenés que hacer, cómo deben ser las cosas y que se presten a hacer o en este caso a cantar algo que escribió una mujer». Desde su lugar como letrista señaló que hay que «imponer confianza y autoridad en un grupo de gente que se va a subir a cantar un discurso escrito por una mujer y eso para nosotras es mucho más difícil». En la presentación de 2018, por fuera del concurso y con un coro paritario, cantaron las mujeres adelante, mientras los varones se iban atrás del escenario: «Muchos hablan de amor y de igualdad también/ y hacen lindos discursos que suenan bien/ pero lo cierto es cierto, y en Uruguay/ seguimos siendo adorno y propiedad/ y nos matan cada vez más».

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