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Nada de “¡Sorry!“: defender los derechos

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Por Gonzalo Perera

Algunos cuantos años atrás, yo practicaba básquet al lado de una cancha de tenis, donde varios cultores de ese hermoso deporte entrenaban, dejando lucir, por sus vestimentas, raquetas de muy alto costo, etc., que seguramente provenían de clases sociales privilegiadas. El tenis es un deporte fantástico, quedó dicho, y en casi todo deporte se usan expresiones en otros idiomas: nadie que juegue al básquet desconoce lo que es hacer un “pick and roll” (cierto tipo de jugada ofensiva), ni nadie que practique tenis puede desconocer lo que es un “smash” (cierto tipo de golpe). Es decir, nadie sufre de fobia al inglés, y si hay elementos técnicos o tácticos de un deporte que tienen una denominación sencilla y precisa en inglés, nadie pretende que se traduzcan al castellano o se dejen de usar. Pero en los tenistas que veía practicar, cuando alguno cometía un error o molestaba de algún modo a otro, sistemáticamente se disculpaba diciendo “¡Sorry!”, lo cual sonaba un tanto ridículo, pues perfectamente cabía decir “¡Perdón!” y punto. Usos y costumbres de un deporte, quizás, pero en ese caso concreto, también una clara marca de clase.

Entre las peculiaridades del gobierno nacional, se encuentra la conformación del gabinete ministerial. Junto a definiciones muy marcadas, como una identificación de clase clara, una orientación neoliberal bien definida y un alineamiento internacional prístino, quizás porque el presidente no controla a Manini ni a Sanguinetti (por citar dos ejemplos), el doctor Lacalle ha designado una cantidad inusual de ministros con escasa o nula experiencia política. Esto hace que las declaraciones de los ministros sean una considerable fuente de patinadas, de manifestaciones ante las que a veces uno no sabe si enojarse, reírse de su torpeza o conmoverse por la ingenuidad del novicio que cree a pies juntillas que la realidad es lo que imagina su mente y no lo que vivimos todos.

Este fenómeno se expresa de diversos modos. Por ejemplo, el ministro Omar Paganini, un ingeniero reconocido y un cuadro de dirección de la Universidad Católica, a la hora de debatir con legisladores en cuanto a los contenidos de la LUC sobre las empresas públicas, expuso la tradicional receta neoliberal de que es sano promover la competencia, que los operadores en una actividad deben estar todos sometidos a un órgano regulador independiente, etc., como si fuera la primera vez que se presenta este verso triste que desde la década de los 90 ha asolado América Latina en varias oleadas. Tan ingenua fue la exposición del ministro, que no sólo no respondió las 13 preguntas que le formulara la compañera Carolina Cosse, sino que quedó bastante mal parado cuando el senador Domenech, de Cabildo Abierto, le preguntó si podía dar completa seguridad que la desmonopolización de ANCAP redundaría en la baja de los precios de los combustibles.

Evidentemente, de por medio está la estrategia de Cabildo Abierto, que por un lado emite declaraciones aberrantemente agresivas y por otro lado incorpora elementos discursivos de las reivindicaciones populares (algo muy similar a cómo se construyó el fascismo), siempre dejando traslucir que actúa con agenda propia. Pero más allá de estos entretelones, lo que impacta del caso, es que la superficialidad del discurso ministerial sea tanta como para dejarle semejante “cachón” al senador cabildante. El ministro Paganini ya emitió un “¡Sorry!”, al haberse retirado de la LUC los artículos más lesivos de ANTEL, aunque hay que estar atentos al debate de la Ley de Medios.

El Ministro Pablo Bartol integra el Opus Dei y últimamente dirigía emprendimientos de dicha organización en el barrio Casavalle. Más que decir que es un novicio en política, cabe señalar que por momentos su discurso ha resultado inescrutable, pero a la hora de las decisiones se ha visto en qué dirección se mueve. Mientras la cartera a su cargo realiza dudosas contrataciones de hoteles y sostiene una lamentable actuación en el marco de la enorme crisis social en curso, el MIDES cierra programas y, para completar el cuadro, con aires de “yo no fui”, emprende un brutal intento de enchastre de la gestión frenteamplista a partir de alguna irregularidad de una ONG encargada de alquilar refugios. Cuando una compañera que nos enorgullece, una ciudadana excepcional por su capacidad, dedicación incansable, claro posicionamiento del lado del más débil, respetuosa tolerancia equilibrada con firmeza, como lo es la actual diputada Ana Olivera, aclaró que dicho problema había sido advertido al actual ministro durante la transición, que se había denunciado y estaba investigando al respecto durante la gestión frenteamplista, el ministro Bartol manifestó no tenerlo en sus apuntes personales y que estaba tratando de “hacer memoria” (sic) pero no lo recordaba. Claro, si a fuerza de “hacer memoria” termina recordando, o alguna prueba irrefutable termina de aclarar el punto, ya sabemos lo que el ministro dirá: “¡Sorry!”.

El ministro Carlos María Uriarte, a cargo del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, el que ha dicho “nosotros” cuando se refiere a los agroexportadores, entrevistado por Daniel Castro, dijo que “las cifras del abigeato son casi similares a los femicidios”. En tiempos de particular intensificación de la violencia de género, el ministro no encontró mejor idea que poner en un mismo plano discursivo el asesinato salvaje de una mujer con el robo de una vaca. Las cosas por su nombre. Presionado por la vicepresidenta de la República, salió su “¡Sorry!”: pidió disculpas “de todo corazón”, dijo que se le sacó de contexto, que no compararía jamás la gravedad de los dos hechos si no solamente su cantidad. Entonces sería de recibo decirle a una persona que uno tiene tantas plantas en la casa como familiares suyos fueron asesinados hace poco en un tiroteo masivo, por ejemplo. No se puede tratar de explicar lo inexplicable. El canciller Talvi salió a elogiar las virtudes personales de Uriarte, afirmando que un error lo comete cualquiera, y que cuando el que erró se disculpó, ya está. No es así, hay errores que no los cometemos todos y que no se arreglan con disculparse.

Pero, yendo más a fondo, la frase de Uriarte no se puede separar de las declaraciones del presidente Lacalle sobre la interrupción voluntaria del embarazo y su política “pro-vida”. Aquí no hay errores, sino un intento de debilitar mediante la trivialización la agenda de Derechos Humanos y muy particularmente de Derechos de Género, que fueran objeto de tan intensa militancia en la base de la sociedad y expresados, como nunca antes, en las leyes, durante los 15 años de gobierno del FA.

Donde falta mucho terreno por recorrer, pues la violencia de género mata mujeres, madres, hermanas, hijas, amigas, etc., en todos los sectores de la sociedad: ese sí que es un virus contra el que nadie está inmunizado.

El ministro Uriarte mandó un tremendo pelotazo a una de las zonas más sensibles de nuestra sociedad. Naturalmente, inmediatamente mandó su “¡Sorry!”. No como militante, sino como simple ser humano, siento, al igual (me consta) que muchísimas personas de diversa filiación política, que al ministro Uriarte no se le puede decir otra cosa que: nada de “¡Sorry!”. En todo caso, renuncie. No se mete el dedo en la llaga para después decir “me disculpé y ya está”.

Esto no es cuestión de errores o buenos modales, sino de defender la Agenda de Derechos en la que tanto ha costado avanzar y sobre la que debemos avanzar mucho más aún, que está hoy bajo claro ataque.

Foto: Presidencia de la República

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