Patrimonio de la Humanidad

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Por Gonzalo Perera

En la antigüedad, cuando un pueblo conquistaba a otro, como una señal indeleble de dominación, destruía el templo de la religión de los derrotados y allí mismo, encima, erigía un templo de la religión de los triunfadores. La actual Andalucía fue, hasta fines del siglo XV, el corazón de Al-Ándalous, tierra floreciente de cultura y belleza. Al ser conquistada completamente por las huestes católicas de Isabel, muchas mezquitas conocieron la suerte de la religión derrotada. Una, de conmovedora y sobria belleza, escapó: la mezquita de Córdoba, ubicada en la capital de la provincia de igual nombre. Ese tesoro sobrevivió casi intacto, sólo perturbado por la colocación de un espantoso “sancta sanctorum” católico en su centro, que en todo caso sirve para constatar que los derrotados tenían mucho más sentido del gusto y refinamiento que los triunfadores. Esa belleza arquitectónica y artística, es Patrimonio de la Humanidad, gracias a las gestiones iniciadas en 1984 por el entonces alcalde de la ciudad de Córdoba, Julio Anguita, el único alcalde comunista de una capital provincial de España, electo sin mayoría absoluta en 1979 y reelecto con mayoría absoluta en 1983.

Julio Anguita, que de adolescente casi se va de cura para luego devenir comunista, nació 78 años atrás en Fuengirola, en la provincia de Málaga, siempre en la Andalucía que amaba por sus pasiones, por su intensidad, por sus García Lorca. Pero de sus lecturas adolescentes le quedó la admiración y las citas a Teresa de Avila y Juan de la Cruz, así como leyó una decena de veces El Quijote, pues pensaba que Cervantes, que había vivido y sufrido mucho, expresaba mucho en su obra.

Julio Anguita no cabe duda que vivió mucho, tampoco que sufrió mucho y menos que menos que expresó mucho y muy valioso. Pero por desgracia, para muchos de nosotros, no vivió lo suficiente: el sábado 16 de mayo, falleció, una semana después de hacer un paro cardiorrespiratorio repentino en su hogar. Hasta ese desgraciado momento en que la vida comenzó a escapar de quien tanto la cultivó, Julio estuvo completamente lúcido, crítico, siendo siempre didáctico y gran cultor del buen decir. Tras dos infartos que ya unos 20 años atrás lo alejaron de las responsabilidades de conducción formal, tras otros problemas cardíacos, incluyendo una compleja cirugía, hay que terminar de convencerse, aunque cueste, que esta condenada vez le llegó su hora.

Responsabilidades formales tuvo muchas: además de Alcalde, fue diputado regional en Andalucía, diputado nacional, Secretario General del PCE, Coordinador de Izquierda Unida. Si insisto en el adjetivo “formal” es porque hay una responsabilidad que lo sobrevivirá: la de ser un referente, de esos que uno escucha y mira para orientarse en la marcha.

El ser un referente de comunistas, de revolucionarios, de izquierdistas, de republicanos, de gente de bien, solidaria y decente, se lo ganó a pura vida, con sus gestos, alguno de los cuales seguramente hubiera dado todo por no tener que hacerlos. Como cuando justamente en un teatro con el nombre de Federico García Lorca, en Getafe, cuando iba hablar en un acto por la Tercera República, le avisaron que su hijo, de apenas 32 años, que cumplía funciones de corresponsal de guerra en Irak, había sido alcanzado por un misil y fallecido. Movido por su sentido del deber, Julio subió al estrado para decir unas breves palabras, explicando su situación y cerró con una frase que se volvió emblemática: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.

Otros gestos los hizo con gusto y convicción: pudiendo jubilarse como diputado, optó por volver a su vocación, la docencia y se jubiló como maestro. Siempre dijo que la vivencia más maravillosa de la vida es ver ese breve lapso en que una persona pasa del simple reconocimiento de las distintas letras a leer entendiendo.

Cultor fervoroso de la razón, promotor de la reflexión y de la acción consecuente. Nunca se anduvo con chiquitas frente a la tentación de la corrección política o el “marketing” electoral. Fue capaz de decir, mirando fijo a las cámaras: “¡Pueblo mío, si os quejáis de que os gobiernan ladrones, entonces no los volváis a votar una y otra vez!”. Se declaró anticapitalista, antisistema, republicano, opuesto a la monarquía. Insistiendo siempre que no hay más patria que la gente y sus condiciones de vida, calificó lisa y llanamente de traición a la Reforma Constitucional promovida por Rodríguez Zapatero en 2011, en cuyo artículo 135 se priorizaba el pago de la deuda pública española frente a cualquier otro gasto. Usando un término de su tierra natal para referir al que cuida tierra ajena, enfatizó que los gobiernos de España no eran el poder sino un simple “manijero”. Que el poder real lo tenían los grandes bancos españoles, alemanes, internacionales. Que la deuda generada por España con la banca era ilegítima y por tanto no debía pagarse. Se solidarizó con la Cuba revolucionaria, con el pueblo palestino. Afirmó como un genuino credo laico que en el mundo hay una sola raza y un solo pueblo: los seres humanos. Recordó que mundo hay uno solo y que si no lo cuidamos a tiempo no habrá espacio para la vida.

Cuando la crisis de la última década comenzó a devastar España, dejando sin empleo muy particularmente a la juventud, a niveles sin precedentes, promovió un gran acuerdo o frente cívico, en base a una plataforma de reivindicaciones específicas. La primera era una renta básica universal, que el ser humano merece por el mero hecho de ser humano, valga la redundancia. De forma no sólo de solucionar el problema material de no tener de qué vivir, sino que además, y punto nada menor, de modo de liberarse de la angustia producida por no tener trabajo o por estarlo buscando y no encontrarlo. Naturalmente querido lector, frases como éstas les sonarán familiares, pues cosas parecidas hemos dicho en Uruguay desde la izquierda y los movimientos sociales. No es casualidad, sino coincidencia: coincidencia de visiones, de sensibilidades, de saber que la gente y sus genuinas angustias van en primer lugar y todo lo demás, después.

Este andaluz de Fuengirola, que vivía en la Córdoba que gobernó, de pensamiento claro y sereno, pero apasionado y rebelde, no era un titán, ni un ser perfecto: era una verdadero internacionalista, un genuino revolucionario. Como él lo dijera: no de griteríos ni escándalos, sino de plantarse firme ante la sociedad, ante el sistema, para decir que no se nos antoja vivir de acuerdo a valores de plástico, persiguiendo la acumulación de objetos o las mayores frivolidades de la vida. Que no se nos da la gana hundirnos en el consumismo y en la realidad novelada por los noticieros y los grandes medios de comunicación. Que queremos ser auténticamente libres y vivir en una sociedad realmente libre. Para lo cual el primer requisito no es el votar de tal o cual modo, sino el poder pensar y para ello poder alimentarse, formarse, cuidarse, abrigarse, divertirse, amarse, socializar, estar cerca.

No sabe cuánto daría, querido lector, por escuchar a Don Julio reflexionar sobre este tomar distancias, alejarse y acusarse unos a otros, que se pretende como nueva normalidad.
Claro está, estoy prácticamente seguro que él contestaría a ese deseo con una sonrisa pícara, diciendo que no sea haragán y que vaya a pensar por mí mismo y con mis compañeros, que cada uno tiene que hacer lo suyo.

¡Honor y gloria a Don Julio Anguita, luchador andaluz y patrimonio de la Humanidad!