Poeta inmortal del pueblo

79 años sin Miguel Hernández
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Por Santiago Manssino

Estoy sentado en el comedor, haciendo alguna tarea para el liceo. Mi viejo enciende la radio y empieza a sonar la voz de Paco Ibañez:

Andaluces de Jaén
aceituneros altivos
decidme en el alma ¿quién,
quién levantó los olivos?…

Debió haber sido así, más o menos (después habré escuchado la voz de Serrat musicalizando “Nanas de la cebolla”), como fue que tomé conocimiento de la existencia de un tal Miguel Hernández. El pastor pobre que logró adquirir herramientas para su vocación y hacerse poeta; el poeta que adquirió conciencia de donde venía y puso su obra y su cuerpo para la causa de su clase, de su pueblo; el hombre que pagó por ello con su vida.
Poeta pastor, poeta soldado del pueblo, poeta mártir. Desde que escuché ese primer texto, que describe la explotación en los campos españoles, en la voz de Paco, fui queriendo saber cada vez más del poeta nacido en Orihuela.
En pocos hombres y mujeres obra y vida son la misma cosa. Para Miguel Hernández la poesía era el trabajo con la lengua, pero también lo era la construcción de un mundo nuevo. Llamaba a la lucha desde una poesía tan alta y profunda como combativa. Y participaba en esa lucha, en los campos de batalla contra el fascismo. Gran parte de su obra está unida a la lucha contra Franco y la construcción de una España justa, democrática y libre.
Poesía pastoril, sonetos de amor y desamor, poesía de vanguardia cercana al surrealismo, cantos de ternura y combate, con una simpleza exquisita del uso de la lengua y una fuerza removedora, poesía de denuncia y llamado, siempre usando el recurso de metáforas y símbolos contundentes, empleando la rima en forma innovadora y manteniendo un ritmo fuerte, poesía, al final, de amargura con algún rayo de esperanza. Fue el más joven de la generación del 27, autor también de obras teatrales, un convencido comunista. El lector de poemas a los soldados, en medio de la trinchera.
Un 28 de marzo de 1942 muere, lo matan en realidad porque lo dejaron morir, de tuberculosis en las cárceles de Franco. Pero tenemos sus universales versos, alientos de libertad.
Honor y gloria, Poeta del Pueblo.

Casi nada

Manantial casi fuente; casi río
fuente; ya casi mar casi río apenas;
mar casi-casi océano de frío,
Principio y Fin del agua y las Arenas.

Casi azul, casi cano, casi umbrío,
casi cielo salino con antenas,
casi diafanidad, casi vacío
casi lleno de arpones y ballenas.

Participo del ave por el trino;
por la proximidad, polvo, del lodo
participas, desierto, del oasis,

distancia, de la vena del camino:
por la gracia de Dios -¡ved!-, casi todo.
Gran-Todo-de-nada-de-los-oasis.
(Primeros poemas).

Soneto Final
Por desplumar arcángeles glaciales,
la nevada lilial de esbeltos dientes
es condenada al llanto de las fuentes
y al desconsuelo de los manantiales.

Por difundir su alma en los metales,
por dar el fuego al hierro sus orientes,
al dolor de los yunques inclementes
lo arrastran los herreros torrenciales.

Al doloroso trato de la espina,
al fatal desaliento de la rosa
y a la acción corrosiva de la muerte

arrojado me veo, y tanta ruina
no es por otra desgracia ni otra cosa
que por quererte y sólo por quererte.
(De El rayo que no cesa).

Aceituneros

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.
( De Viento del Pueblo).

Vientos del pueblo

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
( De Viento del Pueblo).

Canción última

Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.