Rosa por la dignidad

Gonzalo Perera

La sociedad del pan y de las rosas es un concepto de firme raigambre histórica que refleja lo que deseamos algún día que viva nuestra especie humana. Si la rosa es sinónimo de una flor, pasional y bella como pocas, no necesariamente de un color, que las hay rojas de sangre mártir, pero también blancas como las que cultivaba Martí, la palabra “rosa” o “rosado” también se asocia a un color, una tonalidad que en estos días adquiere en el país una particular relevancia, no sólo como puente hacia el pan, sino hacia la dignidad humana concebida holísticamente, en todos los planos de los derechos.

Comienzo quiere el relato: cuando el Poder Ejecutivo que nos gobierna desde muy baja estatura política, remitió su secreto mejor escondido durante la campaña electoral, la Ley de Urgente Consideración (LUC), inicialmente con 502 artículos y finalmente con 476, hizo un ejercicio descarado de considerar a la oposición un elemento decorativo y a la lógica institucional letra muerta. Detalle no menor, cuando desde nuestro gobierno se cuestiona la legitimidad de decisiones, elecciones, autoridades y procesos políticos de pueblos con realidades muy distintas y más complejas que la nuestra. En el Uruguay republicano y democrático donde, salvo excepciones golpistas siempre avaladas por buena parte del herrerismo y del riverismo, hay normas de discrepancia civilizadas no cuestionables, se introdujo una abyección autoritaria, un proyecto imposible de estudiar, escondido confesamente ante la ciudadanía que respaldó al pequeño gobierno que lo propuso y con contenidos horribles.

Ante semejante sacudón, el campo popular estuvo un tiempo decidiendo si optaba por cuestionar la constitucionalidad del infame planteo o confrontar el modelo político de neoliberalismo extremo que se pretendía instalar. Tomada la segunda opción, había que decidir si cuestionar toda la ley o sus partes medulares y definir cuáles eran, lo cual condujo a que coexistieran dos propuestas diferentes, no irreconciliables, pero diferentes. Aún bajo la opción de los 135 artículos medulares, hubo que optar entre el “camino corto” o “el camino largo” para promover un referéndum y, al decidir lo segundo, quedaban seis meses para juntar más de 670 mil firmas. Además, dentro del campo popular, no pocos compañeros consideraron este objetivo imposible e inicialmente no centraron en él sus esfuerzos. Entendámonos: no se trata de pasar facturas ni hacer balances, sino dimensionar cabalmente todas las dificultades encontradas, internas y externas. Puesto que, punto nada menor, coincidió la recolección con la explosión de la pandemia desde fines del 2020 a mediados del 2021 que costó, hasta ahora (y esperemos cerrar números ya mismo), la vida a uno de cada quinientos uruguayos. Sumando a esto el absoluto bloqueo que desde gobierno y medios hegemónicos se impuso a la recolección de firmas, a la que se pretendió invisibilizar. Los medios hegemónicos no daban cuenta de la recolección, el gobierno ni hablaba de la LUC, etc., por lo cual, para conseguir una firma, no sólo había que convencer, sino, primero, informar de que había una LUC, informar luego que su médula espinal se estaba cuestionando, e informar que la firma habilitaba a que todos decidamos lo que un gobierno tan cobarde políticamente escondió celosamente a sus votantes, aún después de asumir.

Cualquier predicción razonable a enero de 2021, daba que seis meses después, el 8 de julio, era casi imposible alcanzar el volumen de firmas necesario. No era viento en contra, era la tormenta perfecta. Pero, algunos desde el principio, otros después, otros sobre el tramo final, y esta mención es sólo descriptiva de la complejidad, pues el mérito es de todo el colectivo diverso que juntó firmas, capeamos la tormenta. Mientras nos “sobraban” un conjunto de personajes menores a los que no nombraré para no darles relevancia que no merecen, como alguna insólita legisladora, algunos operadores radiales, etc., la recolección de firmas empezó a crecer y crecer.

Pero, honestamente, un par de semanas antes de la fecha límite del 8 de julio, los números no me daban. Por poco, pero no me daban. Y una vez más surgió una mística inexplicable: en esas dos semanas, la militancia, la de los ya convencidos en primera hora y los que no, toda la militancia del campo popular, en sus expresiones políticas o sociales organizadas, echó el resto. El final de ese tramo lo sabemos todos : conseguimos 800 mil firmas, casi 130 mil más de las necesarias, más de un 19% de exceso.

Tras ese maravilloso 8 de julio de las 800 mil firmas, se inició un recuento en la Corte Electoral que sostuvo una muy estable tasa de rechazo de alrededor del 8%, lo cual hacía suponer que 734 mil firmas serían validadas. Todos comenzamos a pensar en un referéndum, que, a poco de considerarlo, situábamos en marzo.

Para ayudarnos a clarificar ideas, el gobierno anunciaba alguna tímida medida simpática hasta marzo para revisar en abril, y la suspensión de la aplicación de su fórmula mágica (derivada de la LUC) para determinar el precio de los combustibles por similar plazo, que había causado serio enojo en la población por ser flagrante violación a las promesas electorales y una seria afectación a los bolsillos hasta de las capas medias. Ese anuncio de no agitar aguas hasta marzo, sonaba “a confesión de parte y relevo de prueba”. Pero, además, el gobierno comenzó a defender la LUC, a decir que era popular, a mentir descaradamente sobre sus efectos. Si faltaba alguna prueba…

Se veía que la promoción del referéndum estaba llegando a la meta, hasta la derecha nos lo confesaba, Pero una cosa es “ver venir” y otra “ver que vino”.

El miércoles 8 la Corte Electoral anunció que se han alcanzado las firmas y que el Referéndum será el 27 de marzo. Se desató (y vaya que con razón), un enorme festejo en todo el país. No todos los días se protagoniza una hazaña.
Y ésta lo fue, vaya que lo fue, alcanza con repasar la lista precedente de obstáculos objetivos y subjetivos para entenderlo.

Además, la Corte resolvió que el voto por el SI vaya en papeleta rosa defendiendo nuestros derechos, con una nada feliz asignación del color celeste (elemento de identificación nacional) al voto por el NO, que nos parece debe ser revisado y otorgarle al NO el color blanco, amarillo o el que sea.

Pero nos dejaron las rosas para nosotros, las rosas que defienden derechos, y más aún, la dignidad de nuestro pueblo.

Debe quedar claro que lo que viene, pasado el muy merecido festejo, será aún mucho más difícil que lo que ya pasó.

Muchas iniciativas de referéndum que logran heroicamente las firmas necesarias, al ir a las urnas no prosperan. Mi generación vivió al respecto la derrota del voto verde ante un voto amarillo tan avergonzado que nadie en el Uruguay festejó públicamente, en 1989, en torno a la Ley de Impunidad. Mero ejemplo.

Ahora bien, en fútbol suele decirse que las estadísticas están para romperse. Que lo que nunca se pudo, a lo mejor se puede hoy.

Y claro, si se pudo sobrar largamente la cantidad de firmas requeridas, contando con la mitad del tiempo constitucionalmente válido para su recolección en medio del pico mayor de la pandemia, y ante la capa invisible que nos tendió encima el gobierno de los medios hegemónicos y su vocero presidencial, otra hazaña bien puede ser posible.


A por el rosa pues, que habilita no sólo el pan sino la dignidad popular, de aquí al 27 de marzo, contra viento y marea.

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