Todas las mujeres, en todas las calles

Por quinto año consecutivo, el 8 de marzo, millones de mujeres en todo el mundo elevaron su grito de rebeldía. Este año lo hicieron venciendo además las limitaciones planteadas por el COVID 19.

Este 8 de marzo fue una contundente respuesta para quienes apostaban, desde el poder, a que el gigantesco movimiento de masas que se aglutina en la lucha por la igualdad y la libertad iba a ser una cosa pasajera. No se van a callar. Y benditos sean sus gritos.

El 8 de marzo, y el movimiento que expresa, llegaron para quedarse, en el mundo y en Uruguay.

Eso es un dato relevante de la realidad, para las mujeres, para el feminismo, para el movimiento popular, para la sociedad toda y, muy especialmente, para quienes abrazamos la perspectiva revolucionaria de la emancipación social.

El 8 de marzo, de mil maneras y formas, las mujeres expresaron su rebeldía, su reclamo de libertad e igualdad, su rechazo a todas las formas de discriminación, de acoso, de violencia.

Este 8 de marzo en nuestro país sumó al valor de la permanencia importantes novedades. Por quinto año consecutivo miles de mujeres le devolvieron al 8 de marzo su característica fundante: un día de lucha y en las calles. Lo hicieron en unidad, juntando la diversidad de los feminismos y de la lucha de las mujeres con las organizaciones populares. Es una característica singular y enormemente valiosa del movimiento popular uruguayo y no es así en todos lados. Mantuvieron el internacionalismo del movimiento, aspecto en el que destacan. Pero, además, este año, en parte por la pandemia y en parte como fruto de la maduración del movimiento, incluyendo la dimensión organizativa, lograron una capilaridad enorme, con más de 100 acciones en todo el país. Esto tiene el doble mérito de incorporar las demandas y la participación de mayor diversidad y cantidad de mujeres, y, a la vez, multiplicar el impacto en la sociedad.

Las mujeres tienen rabia y la expresan. Su reclamo es contra la desigualdad en todas sus expresiones. La más terrible es, sin duda, la violencia de género. A las cifras infames de femicidios hay que agregarle las de la violencia sexual y las agresiones. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud, publicado este 8 de marzo, cerca de 736 millones de mujeres, una de cada tres, sufren violencia física o sexual. ¿Cómo no tener rabia ante esta realidad?

Pero a ello se suman la diferencia salarial, la sobre carga de trabajo no remunerado en el hogar, agravada por la pandemia, la injusticia en la representación política y social, por citar solo algunas dimensiones de la desigualdad.

La CEPAL ha alertado que el impacto social y económico de la pandemia implica en la práctica el retroceso de una década, en los derechos y mejoras en las condiciones de vida logradas por las mujeres, con su lucha y con políticas públicas de los gobiernos de izquierda y progresistas. La CEPAL alerta que este año alrededor de 118 millones de mujeres latinoamericanas vivirán en situación de pobreza.

En Uruguay, esta realidad golpea duro, con la pandemia y el ajuste neoliberal del gobierno de derecha y así lo reflejó la proclama de la Intersocial: “La igualdad es un justo reclamo de derechos. Porque más feminismo, es mejor democracia; y no daremos un solo paso atrás: todo lo contrario, no nos callamos más y cada vez levantaremos más la voz, todas las mujeres en todas las calles, en todos los ámbitos. En el mundo público, en el ámbito laboral pero también en el sindical, en el sistema político de partidos y en el movimiento social; en el interior de nuestros hogares y comunidades y reclamando una educación sin estereotipos de género. Un nuevo 8 de marzo nos encuentra movilizadas, en múltiples movilizaciones virtuales y presenciales, seguras y cuidadas, en nuestros barrios y pueblos, pero articuladas, más allá de fronteras. Porque las mujeres sabemos de alianzas, nos reconocemos, apoyamos y cuidamos. Porque somos resistencia y transformamos la vida allí donde nos encontramos. No nos callamos más. Todas las mujeres en todas las calles. La revolución será feminista o no será”.

Las mujeres lucharon siempre, desde los albores de la humanidad, pero a fines del siglo XIX y en el XX fueron las obreras quienes sufrieron la represión por encarnar esa lucha. De ahí nace el 8 de marzo. Desde el 2017, organizaciones de mujeres y feministas del mundo entero convocan a un día de huelga mundial y rescatan ese día de lucha.

Esa lucha del movimiento de mujeres, con gran protagonismo de los feminismos, interpela a toda la sociedad y, muy particularmente, a quienes luchamos por transformarla. Lo hace porque le da profundidad a la lucha por la libertad y la igualdad, es decir, a la construcción democrática.

Pretender encasillar a un movimiento de masas de esa magnitud y profundidad sería subestimarlo. Hay que apoyar estas luchas y comprometerse en la construcción de relaciones económico-sociales y culturales que superen las patriarcales, hoy hegemónicas en esta sociedad, el capitalismo.

Para ello, como ya lo dijimos y reafirmamos, hay un doble desafío. El movimiento popular debe hacer un gran esfuerzo práctico por comprender y aprender de la fuerza del feminismo. Trascender los debates, viejos por cierto, aunque adopten nuevas formas y nuevos léxicos. Lo que importa es potenciar lo que une, no lo que divide. Y también es necesario desde el movimiento de mujeres y los feminismos comprender, también prácticamente, que a lo largo de la historia y en el presente, sus luchas lograron transformaciones cuando se dieron en unidad con el movimiento popular y con una perspectiva general.

El desafío es cómo integrar todas las luchas, también las de las mujeres, al gran torrente de la emancipación humana. No es fácil, pero es imprescindible.