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Volver a los 17

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Por Gonzalo Perera

Mi apellido materno es Ferrer, dato que no dice mucho, pues si en Catalunya se tira una piedra al aire, es muy probable que le pegue a un Ferrer. De hecho, mi bisabuelo materno era catalán, fue el primero en llegar al Uruguay y mi abuelo creció en Barcelona. Ambos se insertaron de pleno, junto a otros familiares, en un pequeño pueblo del departamento de Rocha y contribuyeron de diversos modos al desarrollo de esa comunidad y sus zonas aledañas. El apellido Ferrer aún hoy aparece en el nomenclátor de Castillos, y se refiere a mi familia. Que construyó uno de los primeros ranchos en Aguas Dulces, cuando no había aún la ruta de 11 kilómetros de extensión que la une con Castillos y había que ir en carro o jeep. En ese rancho pasaron su luna de miel mis padres. Muchos años después me concibieron en ese mismo rancho. Allí vivió episodios imborrables, que siempre recuerda, mi hermana, que desde hace casi 50 años se insertó y generó una parte muy querida de mi familia en Melbourne, Australia. Allí viví yo mismo momentos inolvidables en mi infancia y adolescencia, y luego momentos afectivamente inolvidables como el enterarme que iba a ser padre por primera vez, o ver crecer a mis hijas verano a verano, jugando con ellas en las agitadas olas y amplias arenas. Con una influencia siempre presente de Castillos, ya sea por familiares, por ser la ciudad más cercana, o por el hecho evidente de que allí concurren los castillenses, aunque más no sea a pasar los domingos.

Me disculpo por esta introducción muy autorreferencial, pero el punto es situar muy claramente desde qué perspectiva escribo. Tengo una inmensa vinculación afectiva con toda la zona de influencia de Castillos, por el recuerdo imborrable de familiares, de gente, de amores, de vivencias, por lo cual no tengo el menor empacho en confesar que esto se ha escrito con muchas lágrimas en los ojos. Porque no es revolucionario ser de piedra y no conmoverse, lo revolucionario es no perder jamás la capacidad de estremecerse de pies a cabeza por la intensidad de los más profundos amores y afectos, para actuar en consecuencia.

Yo soy internacionalista ¿Pero cómo podría ser internacionalista, indignarme o alegrarme por las suertes de regiones y personas muy lejanas en el planeta y a quienes no conozco, si no fuera capaz de sentir, con la intensidad de una de esas sudestadas que sacudían el rancho de Aguas Dulces, cuyo olor único a madera, arena y mar sigo recordando aunque ya no esté, si no me conmoviera por el recuerdo de mi mamá o mi papá, quienes ya no están tampoco, pero aparecen a menudo en mis sueños y absolutamente siempre en mi memoria, o si no fuera capaz de sentir una profunda conexión con mi terruño, con el inmenso océano que separa y une con lo que está más allá del horizonte?

Mi vida me llevó por muchísimos lugares, me hizo conocer culturas muy distintas, descubrí cosas fascinantes en todas, me encariñé con gente y me encantaron paisajes de todos los lares, y me di realmente cuenta que todos somos seres humanos y que la única diferencia sustantiva que tenemos es cómo tratamos a los demás seres humanos: si los alejamos o les tendemos la mano. Pero siempre sentí una suerte de identificación con un pequeña partecita del mundo, donde entendía estaba mi raíz. Por eso, hace muchos años habito en el municipio La Paloma, trabajo en la ciudad de Rocha y sigo sintiendo una conexión muy especial por toda la zona de influencia de Castillos.

Unos días atrás, en la plaza de Castillos, la policía y la Guardia Republicana reprimieron, tiraron balas de goma, pusieron contra la pared y maltrataron a un grupito de gurises que no hicieron nada de malo, algunos de los cuales incluso ya se estaban retirando. Los insultaron, discutieron sobre si pegarles o no, mientras los tenían contra una pared. Naturalmente, a poco de enterarme, los gurises ya no eran anónimos. Eran las hijas o hijos de gente conocida y apreciada. Alguien que mucho aprecio, concurrió a la plaza al enterarse y vio que sus hijas lloraban y temblaban, en un verdadero shock.

Si la represión, la prepotencia y el sadismo me resultan absolutamente condenables en cualquier lugar por principios éticos, el ver maltratar gurises, como simple padre, me revuelve hasta el extremo las tripas, y si encima son gurises con caras y nombres que conozco, aborrezco el bochornoso y bárbaro accionar de parte de quienes se suponen nos protegen, en defensa de la ley.

Las fuerzas del orden objetivamente no defendieron a nada ni a nadie, dejaron gurisas temblando. Si se le ocurre, querido lector, algún calificativo de ese accionar más suave que el de grosera cretinada, le agradezco el aporte que me supera.

Pero por si lo anterior fuera poco, cerca y más recientemente hubo movimientos inexplicables, no por su intención, sino por su ineficiencia y espectacularidad.

El municipio La Paloma donde vivo es territorialmente extenso, por lo cual pueden pasar cosas a varios kilómetros de distancia de mi hogar, pero muy cerca de profundos afectos, amistades, vínculos de camaradería y compañerismo.

Dentro de mi municipio, bastante lejos de mi cotidianeidad pero muy cerca de mis afectos, se desarrolló el “Operativo Ballena”, al que prefiero no adjetivar.

De acuerdo a partes oficiales, se desplegó en Punta Rubia y Santa Isabel (para ubicarse fácil, cerca de La Pedrera geográficamente, no tanto en plata) un “operativo de saturación” (sic) que involucró a “más de 90 efectivos de la Jefatura de Policía de Rocha, efectivos del Grupo de Reserva Táctica, del Programa de Alta Dedicación Operativa (PADO), de la Dirección de Investigaciones, de la Brigada Departamental de Seguridad Rural, Brigada Departamental Antidrogas, Dirección Nacional de Bomberos, Dirección Nacional de Aviación, Prefectura y Fuerza Aérea” (sic).

A esta cita sin cambiar ni una coma de la comunicación oficial se podrían agregar helicópteros, drones, etc., pero volvamos a fuentes oficiales para ver los logros de semejante despliegue. Ellos son: “…se incautaron 2 vehículos, 88 plantas de marihuana, varios (??) recipientes con cogollos, 23 mil pesos, 301 dólares, una balanza de precisión”, “… se detuvo a 10 personas” y finalmente, “se dio intervención a la Dirección Nacional de Migración por 13 extranjeros con irregularidades en su identificación, 5 argentinos , 4 brasileños y 4 alemanes. Desde Migración se los intimó a regularizar su situación en un lapso de 10 días” (sic).

No tengo la menor duda que el mismo o mejor resultado, hubiera obtenido una patrulla con un par de agentes conocidos por la comunidad, en una semanita de andar, recorrer y preguntar amablemente.

El disparatado despliegue y el ridículo y vergonzoso resultado indica que, como en Castillos, no había guía racional del accionar de las fuerzas de seguridad. El Ministro del Interior más incompetente de los últimos 40 años, intenta revestirse de “logros” ante su inminente interpelación. Quedan muy claros cuáles son sus “logros” y su “capacidad”.
Obviamente el Uruguay no vive una dictadura, sería un despropósito afirmar algo así. Pero lo que sí afirmo, para todo quien lo quiera entender, es que crecí en dictadura y que desde la restauración democrática, que se hizo río en el 83 de mis 17 años, más allá de momentos muy sombríos, nunca nada me recordó el vivir en dictadura.

Los episodios en Castillos y La Paloma, francamente me recuerdan, por su brutalidad y ridiculez, la dictadura.

Condeno muy rotundamente este volver a los 17, y después de haber vivido un siglo.

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