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¿Volvieron los llamaditos?

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Por Fernando «El Perro» Gil Díaz 

Todavía me parece verlo en aquella entrevista en que repetía enfáticamente el fin de una forma de gestionar el poder desde la propia Presidencia de la República.

El primer Presidente de izquierda en la historia política uruguaya, confirmaba un nuevo estilo de conducción política que ponía fin a prácticas abusivas del poder de turno.

Hasta en eso extrañamos, (y extrañan muchos), no sólo al recientemente fallecido líder de izquierda – Tabaré Vázquez- sino a una forma de manejar el poder diametralmente diferente a la que parece imponerse hoy desde la Torre Ejecutiva.

Presiones a periodistas, despidos concretados y recomendaciones a futuro (“tenés que sacar alguno más”), han marcado la impronta de un estilo comunicacional que lejos de ser exitoso o intelectualmente destacado, cimenta su actuación en el poder económico de ser los dueños de los medios o contar con la afinidad política de los mismos, haciendo propicio un verdadero blindaje mediático.

En el Uruguay no estábamos acostumbrados a esta suerte de cacería de brujas, al menos no en la última década y media, porque en los últimos días se repitió un hecho que muchos recordamos de la época de los años 90, cuando una llamada bastó para que echaran sin más a Jorge Wilson Arellano, entonces cara visible de Telenoche 4.

Hoy pasó algo parecido con Eduardo Preve, no tenía la visibilidad de aquel, pero formaba parte del cerebro donde se construye la información que nutre al noticiero central de Subrayado, el de mayor rating de la televisión uruguaya…

Una voz en el teléfono

Las presiones suelen ser una constante con la que conviven los periodistas que investigan la gestión pública. A los gobernantes no siempre les cae en gracia la revisión de su gestión y menos cuando esta los distrae de la misma para recalar en detalles que no siempre son bien interpretados o ajustados a los procedimientos. No debiera ser así por cuanto es necesario el control ciudadano y no siempre es posible ejercerlo por quienes no conocen el interior mismo de la administración de un programa o proyecto de gobierno, de no ser por una investigación periodística que lo difunda… o delate. Ahí radica la importancia del “cuarto poder” que te puede poner un “manolito así de grande”, como decía Minguito, reportero gráfico de “La voz del rioba”.

Aunque parezca un contrasentido es notorio que muchas veces genera molestia para quien gestiona, que se lo audite y más aún si es la prensa la que lo hace. Algo que debería ser aceptado con naturalidad y transparencia, no siempre cae bien. A veces por cierta predisposición periodística de creer que hay algo oculto detrás de una gestión pública y otras veces porque en verdad exista algo que no está bien hecho. Sea la razón que fuera, nadie puede negar la importancia que tiene la prensa libre en una democracia que se precie de tal. Esa independencia en informar es un intangible superior que hace a la calidad democrática y que no siempre es bien utilizada, por supuesto. Porque, así como existe la prensa libre, también es cierto que desde ese lugar se puede distraer, ocultar y hasta deformar la información de manera de volcar a la opinión pública hacia algún sector determinado. De ahí que ese “cuarto poder” sea un instrumento cada vez más apetecible para los gobernantes, esos que buscan legitimarse y/o perpetuarse en el poder con el beneplácito de una opinión pública que, finalmente, vota.

Así pues vivimos hoy una suerte de retroceso en este punto que adquirió un grado mayor de difusión con el comunicado que emitió APU para develar los entretelones de una desvinculación laboral que implica mucho más que un simple fin de una relación de dependencia.

Es imperioso que se revelen las verdaderas razones de la desvinculación por cuanto se han dejado entrever otras circunstancias (protegidas por la confidencialidad acordada) que superan cualquier causal de despido, y que hacen nada más ni nada menos que a la generación de información pública como la que produce el primer noticiero del país. Es sugestiva la visita del director del canal a la Torre Ejecutiva a horas del cese, y –también- a días de votarse una nueva Ley de Medios que notoriamente les favorece. Nadie duda que la coordinación del noticiero es como la sala de redacción de un diario, es donde se decide el contenido informativo que mostrará a los televidentes quienes se formarán opinión sobre el rumbo de un gobierno, por ejemplo.

De aquí en más, estará bajo la lupa el menú que disponga el noticiero central del “canal uruguayo” por parte de una teleaudiencia que tiene un acervo tecnológico alternativo para llegar a la información veraz. Serán las redes sociales –llegado el caso- las que disputarán ese espacio de certeza informativa si no se sortea con transparencia este episodio que nos trasladó varias décadas hacia el pasado.

Hoy asistimos a un blindaje mediático que ha tapado la información de la crónica roja, por ejemplo. El efecto de la pandemia no solo ha sido una de las razones que avalan las estadísticas en seguridad –por más que lo niegue la cartera- sino que cuentan con el aval explícito de un silencio de radio de los portavoces de antes que hoy ya ni tuitean casi los delitos con la frecuencia que lo hacían antes.

También respecto al avance de la pandemia se aprecia una suerte de silencio encubierto en reclamar alternativas al rumbo de unas medidas que se han quedado muy cortas mientras mueren más de medio centenar de uruguayos por día. Parece ser que están entregados a pagar ese duro precio a la espera de los efectos de un plan de vacunación que también ha dejado flancos sin cubrir (agenda de vacunación problemática, departamentos relegados en la distribución de las vacunas, entre otros).

Con respecto a la comunicación oficial, lejos de atribuirle algún mérito, es lamentable el estilo y la forma que practica este gobierno. La misma está siendo minimizada al extremo de informar decisiones de gobierno a través de las cuentas personales de algunos de sus protagonistas (empezando por el propio Presidente de la República). Pretendió ser innovador respecto de administraciones anteriores y se quedaron en el intento (el portavoz o vocero presidencial es una figura inexistente). Las conferencias de prensa cuentan con la complicidad de una claque mediática notoria, las preguntas comprometidas o que realmente importan, faltan a la cita. Y Uruguay es portada de la prensa internacional por su pésimo resultado en el combate a la pandemia reflejado en los datos de muertes y contagios por millón de habitantes (The New York Times); o por el trabajo solidario en las ollas populares que dan la respuesta que no da el Estado (CNN).

Graves denuncias en el INR sobre fugas no informadas, acoso laboral contra una Directora Técnica, fueron ignoradas por la mayoría de la prensa y sin resultados aparentes como respuesta de las autoridades (salvo la remoción del director del Centro Nº2 por denuncias de violencia doméstica que –suponemos- fueron asociadas a su gestión reciente). Salvo el informe realizado por Santo y Seña, y la reseña posterior de La Diaria, el tema parece haber quedado oculto, preso de ese blindaje mediático que hoy campea.

En las salas de redacción y/o las coordinaciones de los noticieros de TV empezaron a sonar –con mayor frecuencia- los teléfonos, y no precisamente para recibir primicias. Una especie de gran hermano empieza a incidir en la independencia de los periodistas a los que sobrevuela la autocensura y el miedo a perder su fuente laboral.

Es una muy mala noticia que la línea vuelva a estar activa para ejercer de forma abusiva un poder que nunca le fue conferido para esos fines.

¿Volvieron los llamaditos…?

el hombre levantó el tubo,
el perro mordía el cable…

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