Voto obligatorio o voluntario, la hipocresía liberal

En ocasión de dirimirse una nueva instancia electoral -esta vez para elegir a los representantes sociales del BPS- se puso en discusión el tema de la obligatoriedad del voto. Rápidamente autoridades y operadores de prensa de la Torre Ejecutiva (como califican algunos), salieron a desparramar argumentos demonizando la obligatoriedad del voto en esta ocasión.

Algo que es llamativo por la selectividad de las opiniones pues nada dicen de alentar la voluntariedad del voto en las elecciones nacionales. Está bueno ser liberal pero no tanto, pareciera ser el mensaje oculto atrás de las opiniones vertidas al respecto, emitidas por quienes no tienen ni un poquito de objetividad en sus editoriales que siempre se vuelcan en contra de los intereses populares y a favor de este gobierno.

Parece ser que la Torre Ejecutiva impartió fuertes directivas a la hora de jugar fuerte en esta elección que volvió a marcar una dura derrota al oficialismo a manos de los movimientos sociales y sindicales, lo que puede estar aprontando un escenario favorable a la anulación de los artículos recurridos de la LUC.

A la hora de promover la tan mentada libertad responsable de la que hace gala este gobierno, la renuncia a un derecho fundamental como el sufragio hace parte del discurso, pero no en todos los casos.

Es que sugestivamente, han salido a manifestarse en contra de una obligación sagrada para los uruguayos como es el voto, tan sagrada como la promovieron siempre…  Hasta ahora, porque utilizando los beneficios de la modernidad saben obtener el voto de los correligionarios cuando quieran y como les convenga. En suma, hacen gala de una hipocresía liberal que da asco

El voto que el alma pronuncia

Si hasta me parece escucharlos -varias décadas atrás- afirmar sobre la legitimidad absoluta del voto obligatorio en el Uruguay, ante lo que siempre manejaron como una virtud del constitucionalista por lo que podría ser una ventana para la llegada «comunista» al poder.

Es que, si no fuera obligatorio, decían entonces, las posibilidades de perder las elecciones eran muchas con un partido donde el movimiento hace parte de su estructura frente a la anquilosada y pétrea organización de los partidos tradicionales.

Resulta llamativo que salieran prestos casi que a deslegitimar una elección nacional como la reciente de los delegados sociales del BPS, cuando siempre han hecho gárgaras sobre la democracia uruguaya y su representatividad a través del sufragio.

En lugar de difundir información dedicaron los espacios a demonizar una elección donde se jugaba nada menos que la representatividad en nuestro Banco de Previsión Social, ese que nos da la garantía de las prestaciones sociales que hacen la diferencia de la cobertura asistencial para la sociedad uruguaya. Y mucho más en tiempos de crisis como las que estamos atravesando hoy con un gobierno que apeló al recorte de recursos, deprimiendo una débil economía interna que sufre -además- las consecuencias del contexto internacional post covid.

Parece ser que no sirvió de nada la experiencia acumulada en los últimos 15 años donde los gobiernos de izquierda sortearon crisis internacionales apelando al mercado interno, donde el salario fue el gran motor que permitió distribuir mejor la riqueza que, lejos de irse al exterior en el bolsillo de los inversionistas, se volcó al mercado interno movilizando nuestra pequeña economía. Con esa simple fórmula pudimos mantener más de década y media de crecimiento que hoy se cortó, gracias a las políticas restrictivas del gobierno, que depreció el salario y las jubilaciones, afectando el bolsillo de todos los uruguayos.

Realmente es incomprensible el nivel de hipocresía de actores como el Ministro de Trabajo – Mieres – alentando la no obligatoriedad de la elección de representantes del BPS, como si con ello se hiciera una tremenda contribución social a los beneficiarios de la seguridad social que -hoy más que nunca- necesitarán estar bien representados para la defensa de sus derechos.

¿Cómo es posible argumentar a favor de una renuncia a un derecho fundamental como es el voto, nada más ni nada menos que el acto de poder elegir a nuestros representantes? ¿Cómo se puede aceptar sin cuestionarse tamaño renunciamiento?

Hacer de la elección un acto voluntario termina haciendo de la misma una pantalla para legitimar al que tenga más poder. En efecto, en las elecciones voluntarias prima «el acarreo» y hasta la compra de votos, elementos que también pueden estar presentes en una elección obligatoria pero donde el caudal de votantes difiere notoriamente. Una elección voluntaria terminará siendo casi siempre una cuestión de militancia pura, contra estructura y organización muchas veces paga, donde los intereses económicos harán la diferencia.

Los mismos que piden el voto voluntario ahora, no lo arriesgan para las elecciones nacionales porque saben los riesgos y no se atreven. En tiempos donde el nuevo gobierno – en 2 años- viene acumulando sendas derrotas electorales (Universidad, SMU, ANEP, y ahora BPS), el escenario pinta bravo para los inquilinos de la Torre Ejecutiva de cara al próximo referéndum contra los 135 artículos de la LUC. Es más, si ponemos en juego la imaginación basta con repasar los votos y porcentajes obtenidos en esta muestra para armarnos un panorama por aproximación a lo que realmente significa la popularidad de este gobierno. Así, con los datos fríos de estas elecciones resulta muy difícil aceptar sin cuestionar los índices de popularidad de nuestro Presidente y su corte.

En suma, elegir nunca puede estar mal, menos si de esa elección depende el futuro propio y de nuestra familia. Entonces, ¿cómo es posible que se promueva la obligatoriedad del «voto que el alma pronuncia» de forma selectiva, sin entrar en contradicción?

Defiendo la obligatoriedad del voto no por capricho sino porque la democracia no se construye renunciando sino participando, y esa participación no es un acto de mera voluntad sino una obligación superior que nos garantiza y legitima como democracia.

el hombre agarró la balota,

el perro lo acompaño a las urnas…

Fernando Gil Díaz – «El Perro Gil»

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