135 minutos

El fútbol, la tradición, la violencia, la LUC y las firmas.
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Por Gonzalo Perera

Parece cosa de Mandinga, realmente. Cuando me disponía a utilizar, como me gusta hacer, alguna alegoría futbolera para analizar la presente situación, emergió en mi pantalla la noticia del fallecimiento de Juan Masnik. Quien se formara en la inferiores aurinegras, debutara en primera división en el aguerrido Cerro, para pasar a la gloria en el Nacional del 71, particularmente cuando su cabeza llevó al hasta ese entonces invencible Estudiantes de la Plata a una tercera final definitiva en Lima, para dejar la Libertadores en el equipo de mis amores. Naturalmente el recuerdo de algo que marcó mi infancia tiene mucho de ternura, pero también de cierta melancolía. No por el pasado que ya fue, sino por cambios que ocurrieron en nuestra sociedad.

Por ejemplo la diferencia entre la pasión, la entrega y la violencia desenfrenada. Cuando era un gurí en mi Rocha natal, en cualquier campito, una de las maneras preferidas de armar picados era proponer un “Nacional contra Peñarol”. Más o menos quedaba la mitad para un lado y la mitad para el otro, talentos mezclados, evitando así el tener que decidir cómo formar los cuadros. Se sorteaba el equipo que jugaba sin camiseta y los partidos terminaban 9 a 8, o bajo la regla que más tarde la FIFA pomposamente llamara “gol de oro” (en aquellos tiempos “el que hace el gol gana”).  

Aunque unos estaban con la piel al aire y otros con camisetas de cualquier color, todos se imaginaban vistiendo la camiseta de sus sueños, jugando como sus ídolos, en el Estadio Centenario y se jugaba con todo. Pero cuando terminaba, todos juntos compartiendo el agua que se podía conseguir, a volver a los hogares todos juntos y si alguno había quedado rengueando y debía ser ayudado a caminar por dos amigos, era una fija que eran dos de cuadros distintos, independientemente de la preferencia del ayudado. Antes, durante y después, se trataba de un hermoso juego y una pasión profunda, pero entre amigos, que se respetan y se quieren. Y así era también entre adultos, que compartían todas las tribunas en un clásico sin drama alguno.

No se trata de hacer una canto idílico al pasado. Nada más lejano a mi manera de ver el mundo. Sí se trata de tomar conciencia en un ejemplo, útil porque para la inmensa mayoría del Uruguay es bien evidente, de cómo la violencia estructural fue comiendo nuestra sociedad al punto de que no sólo no puede haber clásicos sin separaciones de hinchadas, sino que son ya demasiados los asesinados por llevar la camiseta X o Y. El tiempo de la vida de un persona, para la Historia, es un suspiro. Y fíjese querido lector, la diferencia entre mis épocas de gurí y las actuales. Pero cuidado, subrayo el adjetivo estructural en la violencia. Porque no se trata de una singularidad del fútbol, de las nuevas generaciones, ni mucho menos de querer arreglarla pidiendo la renuncia del Ministro del Interior todos los días. La violencia en nuestra sociedad es parte del sistema mismo, del capitalismo dependiente, periférico y su expresión en políticas de minimización del Estado, de desregulación, acaparadoras, excluyentes. Esa fue la raíz de la mayor violencia explícita que viví en mi vida (la dictadura) y la no tan explícita, pero igualmente imperdonable (la marginación, el dejar gente privada de todo derecho, los gurises comiendo pasto, etc.) como ocurriera en etapas de desenfreno neoliberal.

La cultura tradicional del pueblo uruguayo, asentada por décadas de educación vareliana y republicanismo, rinde culto a los dientes apretados, al esfuerzo, al coraje, a la garra. El hincha de cualquier cuadro seguramente tuvo o tiene como ídolo algún talentoso delantero o algún goleador. Pero si algo le gusta ver en una cancha a toda hinchada uruguaya es que las ahora llamadas “pelotas divididas”(los trancazos) se ganen aunque el rival sea más grandote . Por eso en el corazoncito de un tricolor seguro que está el “Peta” Ubiña, en el del aurinegro el “Tito” Goncálves, en el del tuerto “Pedrín” Graffigna, y un largo etc., dedicado a quienes desde distintos puestos e historias personales legaron en abundancia temple y carácter de hierro. Pero, cuidado, esa misma cultura no rinde culto al patadón cobarde, al que pega feo de atrás, al que pone la plancha con mala intención.

Fuerza y dientes apretados se aprecian y mucho. Y no es casual: eso es exactamente lo que necesita cada día la o el laburante para salir adelante en la vida…

¿Cómo no valorar lo que se necesita y en grandes dosis cada día para arrancar? Pero violencia y abuso jamás, porque eso es lo que la o el laburante han sufrido por décadas de muchos patrones, de las clases dominantes, y no pocas veces, desde su proyección, en las fuerzas de seguridad del Estado.

Pocos días atrás se viralizó un video donde algunos policías eran golpeados en Costa Azul, municipio de La Paloma, Rocha. Esas imágenes no se pueden justificar y nadie lo hizo. Pero a los tres días los golpeadores habían sido sentenciados con penas diversas. En estos días, en Malvín Norte, el uso por parte de personal policial de disparos con munición “no letal” dejó heridas a tres mujeres. Luego de disparar y lastimar, no se ve al personal policial asistir o solicitar asistencia. En tres días debería haber habido pronunciamiento  judicial, tiendo a pensar…

Las y los trabajadores uruguayos queremos vivir en paz. Bastante complicada es la vida para complicársela más. Tenemos que apretar los dientes para enfrentar muchos momentos difíciles de diverso tipo, pero no queremos ni pegar ni que nos peguen. 

En el gobierno del malla oro, se aprobó una Ley de Urgente Consideración que amplifica las posibilidades de represión y minimiza las garantías, que abre la caja de Pandora de los servicios de Inteligencia operando sin real contralor, que minimiza el Estado, que lesiona derechos laborales, que vacía de sus más ricas tradiciones y más indispensables participaciones a la Educación Pública y un muy penoso etc.

Eso plantea un partido difícil, que desde el campo popular se juega con una papeleta, una lapicera y las huellas digitales. Porque quienes dominan la sociedad nos quieren flechar demasiado la cancha y meter planchazos por todos los rincones, hay que apretar los dientes y salir a firmar. 

Partido largo, parece que dura como 135 minutos, de hecho. Pero donde con o sin camiseta, firmaremos para seguir siendo una sociedad donde cuando uno renguea, dos lo ayudan sin preguntarle preferencias.