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El FA y las clases sociales

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Por Oscar A. Bottinelli (*)

El Frente Amplio ha vivido dos grandes etapas en su vida: la que va del nacimiento a la llegada al gobierno, y la de los 15 años de ejercicio de gobierno. Ahora vive una tercera etapa, completamente diferente, la que viene después de la caída, la producida por la desacumulación.

Hace medio siglo, en su primer vagido, expresa de manera inequívoca su basamento en la concepción de clases. Proclama en su Declaración Constitutiva la unión de trabajadores, estudiantes, docentes, sacerdotes y pastores, pequeños y medianos productores, industriales y comerciantes, civiles y militares, intelectuales y artistas. En otros documentos y discursos define con claridad el enemigo de su proyecto: “la oligarquía y gran burguesía, aliada y servil del imperialismo”. De donde, en todo ello, es muy nítida la tesis de alianza entre el proletariado, la pequeña burguesía y la burguesía media. También su oposición al gran capital. 

Todo en cuanto a propósitos. En cuanto a logros, a captación por sectores sociales, es necesario tener en cuenta por un lado resultados y por otro la estructura productiva del país en la época. Un país, especialmente en Montevideo, con muchas fábricas y barracas con alta concentración de trabajadores. Y además los barrios obreros en torno a las fábricas (como ejemplos paradigmáticos: el Cerro, La Teja, Maroñas). También lo que define por oligarquía estaba conformada por capitales esencialmente nacionales, centrados en la banca, las barracas, la ganadería extensiva (por lo cual su gran consigna fue: reforma agraria, nacionalización de la banca y del comercio exterior)

En las dos primeras décadas de vida, sus mayores apoyaturas se evidencian en:

Uno. Las capas medias de profesionales, técnicos, docentes, intelectuales, artistas, y pequeños y medianos empresarios de actividades técnicas y profesionales.

Dos. Funcionarios públicos y empleados bancarios, como capas medias asalariadas

Tres. Los obreros (y en cierto modo también los empleados) de fábricas, barracas y construcción, es decir, del mundo sindicalizado.

A su vez, en esas dos primeras décadas se observa la existencia de sectores a los que el FA quiso y no pudo llegar:

Uno. Los pequeños y medianos productores rurales

Dos. Los pequeños y medianos comerciantes, talleristas, industriales

Tres. Los obreros (la mayoría calificados) por cuenta propia

Cuatro. Los empleados y obreros de empleadores dispersos, y de baja sindicalización real (es decir, de baja participación sindical)

No buscó llegar, ni lo tiene en cuenta en su declaración constitutiva, al sector ubicado por debajo del proletariado.

El mapa de Montevideo es muy nítido en la composición social del voto, tanto en 1971 como en 1984 y 89. La preeminencia del Frente Amplio, con igual fuerza, se da en las Coordinadoras E, F y M, es decir, en el Cerro, La Teja/Paso Molino, Pocitos, Buceo, La Blanqueada. También se destaca su votación en Malvín y Punta Gorda. La peor votación, en la Coordinadora I, en el eje de la Cuchilla Grande, barrio popular por excelencia.

La expansión en la etapa de acumulación

A partir de este mapa, se produce un proceso acumulativo, sin pérdida de clases sociales y con la incorporación de nuevos segmentos. En primer lugar la llegada al subproletariado. Luego, a los obreros calificados por cuenta propia, a los empleados y obreros de empleadores dispersos, más lentamente a los pequeños y medianos comerciantes, fabricantes y talleristas. En paralelo, la expansión territorial, el salto en el interior del país, en gran medida con la captación de los pequeños y medianos productores rurales, del subproletariado y de los segmentos similares a los que constituyeron las bases fundacionales en Montevideo.

Pero hay otro elemento relevante: el recambio biológico. La mayor parte de los segmentos jóvenes encuentran una esperanza en la izquierda, toman sus valores y así provocan la ruptura de la trasmisión intrafamiliar del voto. En buen romance, que en los hogares colorados y blancos buena parte de sus hijos se socializan como frenteamplistas. Por otro lado, como el electorado frenteamplista es más joven que el tradicional, mueren más colorados y blancos que frenteamplistas. De donde, el FA gana a dos puntas: por tener menor pérdida por mortalidad que sus adversarios, y por tener mayor incorporación de nuevos votantes. Ese fenómeno se manifiesta incambiado hasta las elecciones de 2004.

No es menor en el análisis de clases referir a los principios tributarios del Frente Amplio. Desde su fundación y por cerca de un par de décadas, su consigna fue “Que pague más el que tiene más”. Es decir, la fuente de imposición por excelencia lo era la riqueza; determinación de la fuente no por razones de teoría tributaria pura, sino por conceptualizaciones en la contradicción de clases, como modelo de país. Este es en un tema no menor al analizar más tarde los cambios en las alianzas de clases que se producen durante el gobierno.

José Mujica asume la presidencia en 2010. Foto EL POPULAR.

La llegada al gobierno y el comienzo de la desacumulación

La lectura del voto global al Frente Amplio puede ocultar algunos fenómenos significativos. Cabe recordar que el FA obtiene 50.5% en 2004; 48.0% en 2009; 47.8% en 2014. De punta a punta parece una pequeña pérdida de 2.7 puntos porcentuales. En realidad se omite el recambio biológico. Si se toma en cuenta el mismo, el 50,5% en 2004 -sin que cambiase un solo voto- debería haber recogido el 52,3% en 2009 y seguir así hasta el 54% o 55% en 2019. Cuando logra el 39.0% en 2019, parece caer desde la cima 11.5 puntos porcentuales, pero contando el recambio biológico, en realidad pierde entre 15 y 16 puntos, lo que ronda los 400 mil votos. Esa es la cifra de votantes que el FA perdió, la sexta parte del electorado nacional.

Cuando se analiza dónde ha caído, hay una constante elección tras elección: en primer término cae en las capas medias, sin interrupción. Más aún, esta caída específica entre 2004 y 2014 es mucho mayor que la caída global del FA, porque en ese periodo hubo una compensación parcial de esa caída por un crecimiento entre los trabajadores comunes y especialmente en el subproletariado.

Aquí conviene volver al tema tributario. A partir de los años 90 y ya en el gobierno, la consigna es otra: “Que pague más el que gane más”. No es nada menor la diferencia conceptual entre gravar la riqueza y gravar la ganancia. Una falacia que hubo en la comprensión de la consigna (de impuesto a la renta) es que para la percepción popular una renta es algo que se obtiene sin trabajar; de donde, gravar la renta es gravar el producido por el capital. Pero resulta que desde el punto de vista técnico, renta es el ingreso que obtiene una persona, no solo por el capital, sino por el propio trabajo. Así fue que en parte por el cambio de consigna y en parte porque el concepto técnico de renta difiere del uso común de la palabra, se pasó del ideario de gravar al rico a la realidad de gravar el producto del trabajo, ya fuere por cuenta propia ya fuere como salario. Este dato –en momentos en que el FA considera uno de sus mayores logros la reforma tributaria- es un tema clave al analizar la ruptura con clases sociales.

Como otro elemento de enojo de esas capas medias, se da el ver que en sentido contrario, se dan exoneraciones tributarias a la inversión extranjera o a grandes inversiones nacionales: pago de 0% de impuestos en zonas francas, concesión de zona franca a cada planta celulósica, rebaja a casi la mitad de los impuestos a los llamados “proyectos de interés nacional”. En cambio, las empresas pequeñas y medianas no tuvieron esas facilidades; más aun, las más chicas -con facturación ficta- vieron incrementar sus impuestos. 

Además, la política seguida en materia de formalización laboral fue sentida como agresiva por estas capas medias: los consejos de salarios (que salvo muy pocas excepciones hizo que fueren iguales los salarios de un pequeño taller y los de una gran fábrica), las formas de fiscalización y cobro del BPS y la DGI, la fiscalización del Ministerio de Trabajo. Es importante resaltar algo para no desviar el debate. Pueden ser justas o no las políticas tributarias del FA, así como la formalización laboral y la actuación del BPS, la DGI y el Ministerio de Trabajo. Pero si se consideran justas, debe tenerse presente que se debe afrontar la consecuencias de la ruptura que ello produce con buena parte de esas capas medias. Porque las grandes empresas en el peor de los casos no fueron afectadas, en razón de su tamaño, su economía de escala y hasta su capacidad de defensa legal a través de grandes estudios jurídicos. Y en el mejor de los casos se beneficiaron de exoneraciones tributarias de las que no gozaron las chicas y medias. Más allá de debates sobre virtudes y maldades, los estudios recogen con claridad que allí está el gran enojo de las capas medias con el FA. Dentro de las capas medias ese enojo es más importante en el segmento que se puede denominar capas medias autónomas, es decir, las que no trabajan en relación de dependencia, sino que lo hacen por cuenta propia (aun sin empleados, y con más enojo con empleados) Y parecería que fue mayor aun ese enojo en el interior del país.

Aquí se llega a un punto clave de debate del Frente Amplio hacia el futuro: su relación con esas capas medias y sus políticas hacia esas capas medias. Porque para llegar a esos grupos se deben adoptar conceptos que se contradicen con muchos postulados en materia de relaciones laborales y de política tributaria. Y por otro lado también se debe discutir la diferencia contributiva entre ser empresa pequeña y mediana nacional, o tener grandes exenciones por ser inversor extranjero. Son debates que se deben realizar y opciones que se deben tomar. No son nada fáciles.

Corresponde agregar que en esas capas medias también bajó el fenómeno de interrupción de la trasmisión intrafamiliar del voto. Es que el FA ya no despertaba en los nuevos votantes la esperanza o el entusiasmo de antes. Aquí aparece un tema de pérdida de la hegemonía cultural de la izquierda.

Hubo algo que hasta 2014 enlenteció la emigración política de las capas medias de profesionales, técnicos, docentes, intelectuales, artistas y trabajadores calificados con alto nivel de información: el que en ellos predomina una postura liberal en materia cultural, de valores. La férrea oposición mayoritaria en los partidos tradicionales al aborto, o las reticencias iniciales al matrimonio entre personas del mismo sexo, fueron factores que operaron como retención en la adhesión al FA.

El que ese freno despareciese en 2019, lo explica en gran medida un voto hacia Talvi que pudiese considerarse “de impronta frenteamplista” (3% de todo el electorado, 1 de cada 4 votos del Partido Colorado, que en noviembre votaron la fórmula del FA). Eso se basa en el principio sociológico de que el cambio de voto no se produce solo por desilusión o enojo, sino que requiere además entusiasmo o esperanza del lado opuesto. Cuando los frenteamplistas desilusionados de este nivel social encuentran una expectativa (caso Talvi), es cuando pueden emigrar.

Las otras desconexiones hacia 2019

Hay otras dos grandes desconexiones: el interior del país y el subproletariado. La desconexión con el interior no es solo con una clase o capa social, sino con muchas, y en todos los casos fue una pérdida mucho mayor que en Montevideo: muy claro en los pequeños y medianos productores rurales, pero también en los profesionales, docentes, empleados, obreros. Comprobado el fenómeno, requiere estudios profundos de todo tipo buscar una explicación general de por qué fue mayor en el interior del país que en Montevideo. Puede haber aspectos culturales o pueden ser impactos diferenciados de las políticas aplicadas.

En relación al subproletariado, en tanto está conformado por gente que trabaja mayoritariamente por cuenta propia y en la informalidad, con mayor inestabilidad, le afectan en mayor medida las mismas cosas que impactaron en las otras capaz a quien trabaja por su cuenta. Es muy alto el porcentaje que sintió que decreció fuerte su nivel de vida en los últimos cinco años, es decir, siente que le falló el papel protector del Estado. También es la clase más afectada por la inseguridad y por la violencia que genera la delincuencia más organizada. En lo uno y lo otro corresponde repetir que la aguja no se movía por falta de alternativa, hasta que apareció Manini, y allí el sector subproletario encontró la figura protectora que había perdido, encontró protección y seguridad. No es menor que aquí se repitió el fenómeno que se dio en las capas medias con Talvi: se fue del FA un 3% del electorado, que es un poco más de 1 de cada 4 votos cabildantes, y también todos votaron en noviembre la fórmula del FA. No olvidar que el subproletariado –y especialmente el lumpen proletariado- requiere de figuras o instituciones protectoras, carece de capacidad de lucha por sí mismo, de autodefensa, y es inmediatista. Hace más de un siglo que los grandes clásicos lo estudiaron.

Por último, solo como planteo del tema, no es menor en la caída del Frente Amplio la pérdida de la hegemonía cultural de la izquierda en la sociedad. Y en esa pérdida no es menor la política –en parte ingenua- seguida con los grandes medios de comunicación y los grandes inversores, en que benefició a quienes no solo no lo apoyaron, sino que además lo combatieron y lo siguen combatiendo.

(*) Director de Factum. Desde 1989 analista político independiente. Secretario político de Seregni desde 1971 a 1987 y portavoz suyo en los tiempos de cárcel y proscripción. 

 

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