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El humo y el fuego

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Por Gonzalo Perera

Se suele escuchar, como crítica a este gobierno que cumple su primer año de gestión, que “vende humo”, término popularmente empleado para la actitud de aparentar lo que no es o adjudicarse lo que hizo otro, etc.

En buena medida es cierto: el presidente Lacalle Pou por momentos parece mezclar demasiado la política con la publicidad. El manejo inicial de la Covid-19, con abundante uso de conferencias de prensa de escaso contenido, el querer ganar puntos ante la opinión pública mostrando la “exitosa gestión de la pandemia”, ignorando la cobertura universal de salud y las capacidades científicas y sanitarias desplegadas en todo el territorio nacional por los tres gobiernos del Frente Amplio (al que uno y otra vez acusó de creador de una “herencia maldita”), en un país de baja densidad demográfica y buen clima de vientos, es una humareda cuasi asfixiante. Incluso una medida aplaudida por la mayor parte del FA, como lo fue la creación del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), cuando hacia fines del 2020 la situación sanitaria se puso bastante compleja y los asesores apuntaban en una dirección y el gobierno en otra, quedó en evidencia que más que una genuina y prudente solicitud de opiniones académicas que pueden no gustar, era más bien parte de la estrategia comunicacional presidencial, que escuchaba los asesoramientos siempre y cuando estuvieran alineados con sus posicionamientos ideológicos, dicho esto con el debido respeto a las intenciones y trayectorias de los integrantes del GACH.

Pero este Uruguay no es meramente “El lugar del humo”. Porque si ha habido densas humaredas, innegablemente, es porque ha habido no menos densas llamaradas, en las que buena parte de las mejores tradiciones nacionales y derechos adquiridos corren riesgo de volverse cenizas.

El gobierno se instaló el 1º de marzo con la obsesión de recortar al menos 900 millones de dólares de inversión pública, aumentando las tarifas que antes sostenía que se subían innecesariamente y perfilándose claramente hacia el achique de políticas sociales y al beneficio de las clases sociales dominantes. Se pudo saber inmediatamente que salarios y pasividades dejarían de superar la inflación como lo habían hecho durante 15 años, es decir que todos quienes vivimos del trabajo (actual o pasado) comenzaríamos a tener cada año un poder de compra menor y mayor dificultad para «cerrar las cuentas”. Con esas opciones, que se mostraron en apenas los primeros días, el coronavirus no tuvo nada que ver, sino que se trata simplemente de neoliberalismo, la chispa ideológica de la insensibilidad y el dogmatismo económico, que en pocos países fue tan nítida como en Uruguay y que hiciera arder amplios sectores del país.

Al llegar la pandemia (de lo que no se culpa al presidente, naturalmente), mientras gobiernos de derecha, liberales, de diversos países del mundo apostaban al Estado para no dejar caer la población al vacío, el gobierno uruguayo recortó, jugó al achique, subió tarifas, tuvo oídos sordos para las propuestas de la Intersocial, del FA, ignoró olímpicamente coberturas como la renta básica universal.

Más aun, el gobierno ignoró al gobierno, cuando hasta hace poco, el presidente respondió socarronamente a propuestas de sus socios políticos Sanguinetti y Manini para supuestamente paliar la crisis.

Poniendo todas las fichas alineadas, en la Ley de Presupuesto le pasó con la podadora al Instituto Nacional de Colonización (INC), en el más brutal de los recortes. Desde la sección 6, artículos 357 y 358 de la LUC, lisa y llanamente vació de contenido al INC, pues pueden recibir tierras como colonos quienes ni viven en ella ni la trabajan, es decir, no son colonos, en el significado estricto del término. Una de las más clara burlas a la institucionalidad democrática, pues cómo calificar sino que el INC ofrende tierras a quienes no la precisan ni para vivir ni para trabajar.
Y por si dudas quedaban que la apertura hacia la Ciencia que muchos pensaron contenía la creación del GACH no era más que para la foto, la podadora pasa por la ANII, por el INIA, por prácticamente todo el andamiaje de investigación e innovación, ya sea general o temático que posee el Uruguay. Y en la institucionalidad de la Educación Superior en la LUC se degrada a la UdelaR, ubicándola como par de instituciones que, con todo respeto, nada tienen que ver con la generación de conocimiento e investigación de primer nivel en el Uruguay a la escala que lo hace la Universidad pública.

El presidente dijo que gobernaba para el malla oro que empujaría al pelotón. No mintió. Eliminó carga tributaria a los que más tienen. Le regaló la cancha de los medios al oligopolio privado hegemónico. Por las dudas se encargó de hacer papilla las radios públicas y la Televisión Nacional del Uruguay, no sin antes instalar mecanismos de censura previa en informativos, correr a excelentes periodistas y comunicadores, por el pecado de ser dignos y producir calidad.

Desde la LUC y desde cada gesto de gobierno, trasluce que la palabra “público” es casi insultante, y “privado”, un elogio. De tal forma que ya comenzó a obtenerse el único resultado posible de semejante dogmatismo: dejar privado de casi todos sus derechos a casi todo el público del país.

Don Julio Anguita decía, en una entrevista con Jesús Fonseca, en su casa de Córdoba, que mientras gobernara España una política lacayuna (mera casualidad fonética), entregada al sector financiero y gran poder económico, que trataba al país con el rigor de un ejército de ocupación, no habría salida posible (esta vez, no es casualidad).

El presidente no descuida un minuto su imagen. Las escapadas surfistas, las conversaciones libretadas con operadoras aeroportuarias, todo está en función de la promoción, de buscar empatía por factores, como mínimo, frívolos. Pero tampoco se le escapa ni por un instante exhibir una conducta política al borde del exceso autoritario, no dudando en rebajar a los integrantes de su propio gobierno para mostrar que el gobierno es suyo y no lo comparte. Así, mandó a la ministra Arbeleche a la historia, por su triste performance en la obra dramática “Desidia”.

En suma el presidente encabeza una embestida brutal contra el movimiento sindical, contra las cooperativas de vivienda, contra las organizaciones en defensa de los derechos humanos, contra todo el movimiento popular.

A veces, el ritmo del partido lo marca el otro lado de la cancha. Sin perder la calma, sin entrar en provocaciones, cuando los tapones te vienen siempre de la rodilla para arriba, no se puede pretender jugar al tranco o poniendo la pierna blandita.

Es hora de jugarse por completo, con toda la fuerza, sin violencia ni deslealtades, pero sin titubeos.

Luis Alberto Lacalle Pou en su primer año de gobierno decidió enfrentar y golpear duro al movimiento popular. Por varias vías, en la gestión, en la legislación. Esa fue su decisión, ya que como recordamos, la Intersocial y el FA le tendieron la mano para buscar grandes acuerdos nacionales aunque fueran puntuales.

En un campeonato que dura 5 años y donde cada puntito vale oro, iremos a jugar el partido de conseguir las firmas para poder impugnar el núcleo más duro y retrógrado de la LUC. Como siempre se debe hacer, iremos a ganar ese partido y no pensaremos en el siguiente hasta no haberlo hecho.

Será bravo, será difícil, pero no sólo para el movimiento popular, que quede claro. Veremos qué ocurre, con seriedad, serenidad, firmeza, sin claudicaciones de ningún tipo.

 

 

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