El virus no mata derechos

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Por Andrés Stagnaro

Es obvio que hay que mantener el cuidado y las exhortaciones de los científicos. También es obvio que hay que respetar las medidas de protección, porque la vida de todos, sin excepción, vale mucho (es lamentable que la gravedad de las edades avanzadas y comorbilidades tranquilicen a gente con riesgo menor ), y la tontería de la negación es irresponsable y nociva, también la de los rebeldes que se sienten mandados, cuando vivimos en sociedad y como tal, debemos respetar al otro y respetarnos.

Sin embargo, las medidas tomadas por el gobierno son injustas e insuficientes y apuntan a la represión y a la discriminación. Porque estas medidas, que incluyen naturalmente las económicas, existen para algunos sí y para otros no, ya sabemos hacia dónde apuntan, pero no voy a referirme a ello, pues se está diciendo y escribiendo bastante.

Sí me voy a referir a la cultura y a la expresión cultural.

El cierre de las salas y la prohibición de los espectáculos dentro o fuera es un disparate, no encuentro otro calificativo. Atenta contra la expresión cultural y los magros ingresos de las y los artistas que, muchos, dependen de ellos.

Ya es sabido, por razones obvias, que lo primero que se recorta o se reprime es la cultura, y en este caso no carece de demagogia, pues como sabemos los amontonamientos no son en los espectáculos, y si hay alguno o algunos en los que se transgredieron las medidas, bastaría con que se los controlase. Como, por ejemplo, en Salto, cuando reabrió en septiembre el Teatro Larrañaga después de la primera suspensión, fui a actuar y -yo ni me enteré, me contaron después- había una funcionaria que se paseó por los pasillos constantemente durante el espectáculo indicando a la gente que se subiera el barbijo. He asistido a espectáculos bajo protocolo, y es verdad que el público, mayormente, se baja el barbijo una vez que está dentro de la sala. Con una medida de control como la que cuento, para que se cumpla realmente el protocolo, alcanza, pues es sabido que no hubo ningún foco en los medios culturales. No se puede confundir represión con exigir que se cumpla el protocolo y no hay que temerle a eso.

He visto fotografías y me he informado sobre cómo la fiesta de Avante (Fiesta anual del PCP), en Portugal, que se realiza por tres días con altísima circulación de público, se realizó con un respeto sorprendente del protocolo, y la prensa reaccionaria que tanto habló antes, pronosticando terror, tuvo que callarse la boca.

¿Qué costaba ajustar detalles protocolares acá?

Pero no, se tomaron medidas discriminatorias, muy discriminatorias. Porque es verdad que mucha gente depende del trabajo, por ejemplo, en los shoppings, y estos no se cierran. Se extiende el horario para que no haya tanto amontonamiento, y está bien, pero esos locales son, por su propia característica, muchísimo más riesgosos que los espectáculos, ya sea en teatros o al aire libre.

No sólo se suspende el ingreso de artistas y trabajadores dependientes de la cultura, sino que se prohíbe el disfrute del público. Incluso aunque se justifique que las y los trabajadores músicos de la Sinfónica y Filarmónica municipal tienen su ingreso asegurado y por ello no actúan, también se le está quitando el placer a la gente que podría estar asistiendo.

Porque a un espectáculo lo conforman artistas y público y la creatividad en ellos, es de todos.