Ideología y poder: un año de espaldas al pueblo

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Por Gonzalo Civila López (*)

Ideología, una palabra maldita para la derecha, es seguramente la que mejor define el primer año de gobierno de la coalición del privilegio que conduce hoy los destinos del país. Los factores de poder que sostienen al gobierno han profundizado una brutal ofensiva ideológica, de enmascaramiento de los intereses minoritarios y excluyentes que motorizan y sostienen su proyecto de país.

De “libertad responsable” han disfrazado la desresponsabilización del Estado y el “sálvese quien pueda”, de pandemia y “herencia maldita” la crisis económica y social que se profundiza por una política clasista y antipopular. Hay algo de cinismo pero también hay mucho de autoconvencimiento, de una forma -internalizada y militante- de ver el mundo y la vida.

La ideología es a su vez el fundamento y el motor de la acción de gobierno, que desconociendo absolutamente el cambio de escenario provocado por la pandemia, siguió adelante -como si nada pasara- con su programa de ortodoxia liberal, recortando gasto público, salarios y jubilaciones, ajustando tarifas por encima de la inflación, desfinanciando políticas públicas de ciencia y tecnología, contra todas las recomendaciones nacionales e internacionales. Es como si tuvieran un elefante adelante y lo ignoraran supinamente.

De ideología está hecha la Ley de Urgente Consideración, su defensa y hasta su forma oportunista de presentación y discusión, insistiendo con un mecanismo express en un momento en que la movilización y el debate se veían seriamente afectados por la situación sanitaria y a contrapelo de las inocultables urgencias reales. La misma LUC que reduce libertad a libertad financiera y recorta participación y garantías para las mayorías. Forma y contenido se dan aquí la mano porque un programa brutal sólo puede imponerse a lo bruto.

La ideología marca el tono y la lógica de una omnipresente estrategia de marketing que maquilla la realidad, la tergiversa y culpabiliza siempre a terceros de los males que no pueden encubrirse.

La coalición gobernante representa a los “malla oro” pero necesita pasar sus intereses particulares por “interés general”, construir un consenso social más amplio en torno a sus decisiones y políticas, como siempre ha hecho la burguesía para sostener el injusto y salvaje orden capitalista. Con el virus como enemigo externo o algún enemigo interno siempre convenientemente elegido, cualquier disidencia se señala como traición y pasa automáticamente a pertenecer al campo de la “anti-patria”. Pero hablan de la grieta.

El neoliberalismo autoritario, que retira al Estado de todo aquello que interfiera con el gran capital pero lo fortalece para reprimir al pueblo, necesita una poderosa cobertura mediática y sobre todo un “sentido común” funcional, que legitime o justifique lo que se hace y lo que se deja de hacer.

Los recursos culturales, morales, actitudinales y discursivos son múltiples: meritocracia, individualismo, deshistorización de los procesos, frivolidad, estigmatización de clases y generaciones “peligrosas”, culpabilización de los otros.

La pregunta que no dejamos de hacernos es cómo el engranaje funciona “tan bien”, por qué los altos niveles de aprobación y las dificultades para el mensaje opositor. Mientras tanto la realidad parece hablar por sí sola con 100 mil nuevos pobres, 60 mil nuevos desempleados, persecución a docentes y recortes de horas y grupos, vacunación tardía, ausencia de medidas contundentes de protección social, decenas de miles de personas comiendo en ollas populares, multiplicación de los abusos policiales contra los pobres y una pérdida notoria de calidad democrática.

Seguramente una parte de la respuesta a la pregunta anterior es que la realidad y los hechos por si solos no bastan, porque la ideología fue, es y seguirá siendo un factor poderosísimo a tener en cuenta.

Este gobierno es Robin Hood al revés, vino a transferir miles de millones de dólares del trabajo al capital, de los pobres a los ricos. Esgrime una brutalidad de clase, propia de los poderosos, que no envidiamos. Pero también tiene constancia, decisión y una enorme consciencia de la importancia de los dispositivos ideológicos.

La respuesta del movimiento popular debe articularse hoy en torno a algunos ejes fundamentales: la construcción social que puede generarse en torno al recurso de referéndum anti-LUC; la solidaridad organizada y las iniciativas comunitarias en los barrios; la movilización de las organizaciones sociales de la clase trabajadora y los sectores populares ante cada arremetida de las clases dominantes; el fortalecimiento del Frente Amplio, su conducción y su movimiento de base; la política alternativa y de cercanías para enfrentar la pandemia y la crisis por parte de gobiernos departamentales y municipales de izquierda; y como línea trasversal un contundente mensaje político e ideológico que presente una alternativa global a este desastre y un diálogo crítico y autocrítico con la sociedad. En síntesis, socializar la política y relegitimarla, trascender los temas del Estado y el gobierno, recuperar la irreverencia del humanismo radical, superar la tentación del corporativismo político y del corrimiento al “centro”, abrir cauces reales de participación, dejarnos incomodar y salir de nuestras inercias burocráticas, abrazar todas las causas de lucha por la justicia y la dignidad humana, y construir sentidos nuevos frente a esta terrible y global crisis civilizatoria.

El balance del primer año de este gobierno trae también para nosotros, que pertenecemos al mundo de los perdedores de la historia, una fuerte interpelación: el pragmatismo y el posibilismo, en sus variantes liberales o populistas, también son ideología dominante; de hecho jamás debimos subvalorar la lucha ideológica porque no sólo de pan vive el hombre. Y a fuerza de ideología dominante también al hombre y a la mujer se les roba el pan.

 

(*) Diputado, secretario general del Partido Socialista, Frente Amplio.