En la sesión de la Comisión Permamente del Parlamento se llevó adelante la sesión en el Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las víctimas del Holocausto. Hicieron uso de la palabra legisladores del Partido Colorado (PC), del Partido Nacional (PN) y del Frente Amplio(FA).
Por el FA hicieron uso de la palabra la diputada Margarita Libschitz y el senador Oscar Andradre. A continuación compartimos íntegra la intervención de la diputada:
Este 27 de enero se cumplen 81 años de la liberación de Auschwitz. En ese lugar fueron asesinadas más de un millón de personas, en su mayoría judíos, víctimas del exterminio sistemático llevado adelante por el régimen nazi. Recordar Auschwitz no es únicamente evocar un hecho histórico extremo; es asumir una responsabilidad con el presente.
Aunque para algunos pueda parecer un acontecimiento lejano en el tiempo, esta fecha no pertenece sólo al pasado. Nos habla directamente del mundo en el que vivimos y del futuro de nuestras democracias. El Holocausto —la Shoá— no fue un estallido irracional ni un accidente de la historia. Fue un crimen cuidadosamente planificado y ejecutado por un Estado, que puso sus estructuras políticas, legales y administrativas al servicio del exterminio.
No fue el resultado de un puñado de fanáticos fuera de control. Fue la consecuencia de un régimen criminal, sostenido políticamente, que utilizó todo el poder estatal para convertir el odio en política pública. La Shoá fue organizada de manera industrial: el sistema más racional, eficiente y planificado de asesinato masivo que haya conocido la historia. Un crimen que contó, además, con el silencio cómplice de otros Estados y que terminó con millones de vidas.
Recordar hoy implica asumir una advertencia profunda. Cuando un Estado de derecho se vacía de valores democráticos y se pone al servicio de la exclusión y la deshumanización, las consecuencias pueden ser irreversibles. Por eso, la memoria no es un gesto simbólico ni un ejercicio ritual: es una responsabilidad política, ética y democrática. Una responsabilidad que orienta a fortalecer el “Nunca Más” frente al autoritarismo, el racismo, el antisemitismo y toda forma de odio.
Sin embargo, no toda memoria cumple ese papel. Existe una memoria que se repite de forma automática, que enumera datos sin conmover ni interpelar. Pero existe también otra memoria: una memoria viva. Una memoria que se construye cada día, desde lo que ocurrió y también contra aquello que ocurrió. Ese es su verdadero sentido: aprender, prevenir, no volver a repetir y recuperar la dimensión humana allí donde fue negada.
El olvido, la banalización o la relativización de estos hechos no son neutrales. También constituyen formas de violencia, porque erosionan la integridad moral y allanan el camino para que lo intolerable vuelva a ser posible. Recordar el Holocausto, en este sentido, no es solo un deber con las víctimas, sino una interpelación a la humanidad en su conjunto.
Para comprender plenamente esa interpelación, es imprescindible recordar cómo comenzó. Ningún genocidio empieza con cámaras de gas. Empieza con palabras. Con discursos que señalan al otro como una amenaza. Con la deshumanización progresiva, con leyes que excluyen y con una sociedad que naturaliza el silencio.
Estamos históricamente muy cerca de estos hechos. Por eso es inevitable que sigan conmoviendo. Pero no habremos aprendido nada como sociedad si solo nos conmueven los horrores del pasado y permanecemos indiferentes frente a los del presente. Nada de lo que ocurre hoy minimiza lo que sucedió entonces, y nada de lo ocurrido en el pasado puede ser utilizado para justificar los horrores del presente.
Vivimos tiempos de creciente polarización, de expansión de discursos de odio y de debilitamiento de consensos democráticos básicos. El aumento del antisemitismo a nivel global genera una profunda preocupación, al igual que el crecimiento de la islamofobia, el racismo y la xenofobia. En este contexto, la memoria de la Shoá exige una vigilancia activa frente a los signos tempranos de la violencia.
No hay justificación posible para el asesinato de civiles por parte de ningún Estado. La barbarie nunca puede ser legitimada. Condenar toda forma de deshumanización y toda lógica de exterminio, sin excepciones, es una obligación ética ineludible. Defender la verdad histórica se vuelve, así, una tarea irrenunciable.
El horror de los campos de exterminio fue detenido y revelado al mundo gracias a la derrota del nazismo. Esa derrota no fue espontánea ni inevitable: fue el resultado de decisiones políticas y de un esfuerzo militar internacional que tuvo un costo humano inmenso. Este dato no es un detalle menor ni una nota al pie de la historia; forma parte inseparable de la comprensión del Holocausto y de su final.
El sistema de campos de concentración y exterminio funcionó bajo la cobertura de la expansión militar alemana en Europa oriental y solo pudo ser desmantelado cuando ese poder fue derrotado en el campo de batalla. La Unión Soviética soportó el peso principal de esa guerra en el continente europeo, con un costo humano sin precedentes, mientras que el aporte de Estados Unidos y del Reino Unido fue fundamental para asegurar la victoria sobre el nazismo.
Reconocer estos hechos no es un gesto ideológico, sino un compromiso con la verdad histórica. También es un recordatorio de la responsabilidad del mundo cuando el horror avanza. Sin las acciones que condujeron a la derrota militar del Tercer Reich, el genocidio habría continuado. Diluir estas responsabilidades o borrar del relato a quienes hicieron posible esa derrota empobrece la memoria y la vuelve abstracta.
Una memoria honesta debe integrar la singularidad del crimen con las condiciones históricas que permitieron su final. Del mismo modo, debe rechazar con firmeza el negacionismo. Negar, relativizar o banalizar la Shoá no es una opinión: es una forma de violencia que intenta borrar a las víctimas, justificar a los perpetradores y preparar el terreno para nuevas persecuciones.
Nuestra propia historia enseña que sin memoria no hay justicia y que sin verdad no hay democracia sólida. Por eso, la defensa de los derechos humanos debe ser universal, sin jerarquías en el valor de las vidas y sin excepciones.
En este marco, el compromiso del Estado uruguayo debe expresarse con claridad en políticas de educación en memoria y derechos humanos, en la defensa de la democracia, del pluralismo y de la convivencia, y en la lucha activa contra el antisemitismo y toda forma de discriminación. La memoria no puede quedar reducida a declaraciones efímeras: debe traducirse en políticas públicas y en un compromiso ético sostenido.
Ese compromiso también implica reconocer el trabajo de los espacios de memoria, de investigación y de educación, así como el de las organizaciones, las y los sobrevivientes y sus familias, que transmitieron estas historias cuando el silencio parecía imponerse. La memoria viva se construye colectivamente; no es solo responsabilidad de los Estados, sino de toda la sociedad.
Hannah Arendt advirtió que “la triste verdad es que la mayor parte del mal es hecha por personas que nunca se deciden a ser buenas o malas”. Conmemorar la Shoá es, en definitiva, asumir un compromiso ético profundo: con la memoria, con la verdad, con el rechazo al negacionismo y con la defensa incondicional de la vida humana.
Recordar no es solo mirar hacia atrás. Es decidir, cada día, de qué lado estamos. Es elegir no callar frente al odio y sostener la dignidad humana como un valor irrenunciable. Porque la memoria no nos pide únicamente que recordemos lo que pasó: nos exige que hagamos todo lo posible para impedir que vuelva a suceder.
Como también señaló Arendt: “Estar vivo significa vivir en un mundo anterior a la propia llegada y que nos sobrevivirá al partir.”






















