Por Gonzalo Perera
No todas las semanas se escribe con el corazón en la mano, la garganta hecha un nudo y los ojos húmedos. Seguramente, deberíamos ser capaces de cultivar la sensibilidad como para comunicarnos siempre desde tal estado emocional. Pero es claro que no es así, tanto como es un hecho que, por esta vez, en esta singular ocasión, realmente es así.
Hay demasiadas cosas que hemos acumulado en estos meses, para decirlo impersonalmente, tanto en el análisis de los procesos sociales generales como en la recopilación de historias humanas concretas, las que, lejos de ser anécdotas, son los colores mismos de la gran pintura de nuestra aventura colectiva.
Hemos estado por muchos meses abocados a convencer, convocar, dialogar y recolectar firmas contra el Manifiesto del Neo Liberalismo Salvaje constituido por los 135 artículos de la Ley de Urgente Consideración (LUC) que impugnamos.
Bancamos canchereadas y destratos. Como ya hemos aludido, la no extensión del plazo de recolección en tiempo que la pandemia ponía al Uruguay (lamentablemente) en el peor lugar del mundo para vivir en dicha materia, pero donde, paradojalmente, sí se prorrogaron elecciones departamentales en situaciones sanitarias menos álgidas, quizás por cálculos electorales convenientes a la derecha. Porque se nos negó la cadena nacional de radio y televisión, pero además desde programas informativos, de entretenimiento o deportivos, se nos vituperó por parte de opinólogos que, recientemente, han descubierto su fuerte adhesión herrerista a la par de un pésimo talante democrático para debatir y argumentar sin gritar ni agraviar.
Desde tiendas diversas, se nos dijo una y otra vez que no íbamos a llegar ni a aproximarnos a las firmas requeridas.
Muy rápidamente, tras decidir el entierro de lujo del GACH, el gobierno decidió homenajearlo públicamente el 8 de julio, fecha en la cual se sabía se entregarían las firmas en la Corte Electoral.
Una chicana minúscula de un gobierno microbiano, pero, quizás más preocupante, sin reacciones conocidas (hasta el momento) de parte del GACH. Pues todo ser humano tiene el sagrado derecho a rechazar un homenaje si entiende que se le está usando para un objetivo distinto y menor, como opacar una gesta popular.
Sin embargo, hay otros hechos que dicen que, más allá de todo ese clima adverso, mucha cosa se ha logrado.
Como la movilización del campo popular en sus expresiones sociales, sindicales, políticas, coordinadamente, para recolectar firmas.
Como el enorme avance sobre el territorio, en materia de conocimiento y conexión de distintos ámbitos, particularmente relevante en los departamentos de demografía más dispersa o realidad más heterogénea.
Como la impresionante presencia de nuestro departamento 20, nuestra diáspora, y dejando claro que, no por tener querida familia por el mundo sino por cuestión de principios, siempre he defendido que deben tener derecho a votar quienes son objetos de nuestras demandas de “gauchadas” cada vez que una severa crisis nos devasta.
Como la importantísima participación de la juventud, social, sindical y política, defendiendo una plataforma que esta vez no los tenía como objetivo exclusivo, sino que implicaba un estudio global de diferentes áreas de la actividad, que desarrollaron impecablemente, para salir a patear el país y conseguir una enorme cantidad de firmas.
Como el aporte de los infatigables, las y los compañeros que día tras día y durante meses, sostuvieron mesas, hicieron barriadas, los puerta a puerta y han manifestado su disposición para llevar firmas de último momento, desde donde sea hasta la misma Corte Electoral.
Como la coincidencia en “la cancha” de ciudadanos frentistas, blancos, colorados, cabildantes, porque el estropicio que promueve el Manifiesto Neoliberal Salvaje de los 135 artículos no tiene partido, sino que tiene víctimas en todo aquel que integra los sectores populares y de menores ingresos y defensas, vote lo que vote
¿Cómo hago yo para decirles a mis compañeras y compañeros cuánto los admiro, cuánto les agradezco, cuán formidable me parece lo que han hecho, sin parecer cursi o demagógico?
Porque queda claro que esta historia no fue color de rosas, así que nada cursi puede tener lugar. Pero, además, uno ha hecho lo que ha podido en diversas canchas, ni más ni menos importantes que ninguna, así que tampoco es demagogia agradecer a todos los demás, a los que hicieron lo que uno no hubiera podido, haciendo tareas tan diversas como imprescindibles. ¿Cómo decirles que los admiro, que los quiero, que les agradezco desde el mismo fondo de mi alma, sin sonar a sensiblería barata?
Una de las realidades mayores que resultan de esta enorme quijotada es que nos organizamos, cuando nos suponían desmantelados y encima, nos agredían. El territorio fue nuestro, cuando desde el gobierno y desde las objetivas limitaciones de la pandemia, se suponía ajeno. Nos querían “botijear” mediáticamente, ignorando nuestros argumentos. Logramos estudiar, analizar, e instalar algunas objeciones mayores y fácilmente comprensibles al Manifiesto Salvaje Neoliberal.
¿Cómo salimos de todo esto? No linealmente, una vez más, no sin roces, no sin autocríticas debidas, a formular en tiempo y forma. Pero, el gran mensaje es que pusimos al campo popular entero en pie a disputar un Maracaná que ni siquiera era transmitido por radio. Y vaya que lo hicimos.
Esa capacidad de auto organización, de defensa del campo popular, de tranversalizar los partidos votados en función de los intereses objetivos que cada quien debe cuidar, no desaparece fácilmente. Tampoco persevera por milagro. Fue inmenso trabajo político instalarlo, lo será preservarlo y profundizarlo.
Pero lo logrado debe llamarnos la atención sobre por dónde irá nuestro posicionamiento de masas a futuro.
No quiero hacer mención a nada negativo, nada de lo que podría haber sido y no fue, me parecería insultante del esfuerzo titánico y masivo realizado. Es tiempo de pasar en limpio y aprender.
Por eso quisiera compartir una anécdota, con usted, querido lector, que a mí me parece algo más que una mera referencia puntual. Omitiré nombres, por elemental respeto.
En estos tiempos visité a algunas personas mayores muy entrañables. Para pedirles su firma, obviamente, pero también para escuchar sus alegrías y preocupaciones, para escucharlos, con el mayor respeto y las preguntas del caso, como merece toda persona muy pensante y con larga vida a cuestas.
Pero una de esas personas me desarmó. Con la papeleta que ya tenía su hija mayor, después de la charla de rigor, sabiendo ambos que su pronóstico es de muy poca vida, me dijo, tras la charla animada y con toda naturalidad, que firmaba, pero que me pedía perdón por no poder estar para votar en el referéndum. No me salió otra cosa que prometerle que no sabía si era así, pero que, si lo fuera, deberíamos hacer lo imposible para que en su lugar votaran tres.
Hay gente que es capaz de vivir intensamente hasta el final de la vida. No se trata sólo de los 135 artículos, no se trata sólo de las prepotencias del poder, se trata también de esas personas, de seguir adelante por ellos y si posible, por triplicado.
Logramos un Maracaná. No sólo por la cantidad de firmas. Otra será la historia de aquí en más, pero lo acumulado nadie nos los quita. Con el deber de triplicar cada ausencia, nada menos.
Porque esto, no es asunto de firmas y votos, es tema de vidas y testimonios. La hazaña se logró, ahora hay que honrar sus legados.






















