Gonzalo Perera
Desde la mañana del pasado 28 de mayo, en mi caso, me empezaron a llegar por diversas vías mensajes coincidentes: “Identificaron los restos del Batallón 14, es Amelia Sanjurjo”. Naturalmente, uno pedía prudencia como respuesta, esperar a la confirmación que, para un hecho de esta dimensión, debería hacerse en conferencia de prensa. Obviamente, uno recordaba cuando el 6 de junio de 2023 se hallaron los restos, cuando se indicó que correspondían a una mujer, cuando se descartaron algunas posibilidades, pero también cuando surgió un anuncio en redes sociales que los restos tenían nombre. El de Amelia Sanjurjo Casal, de 41 años y embarazada cuando fue detenida en la calle el 2 de noviembre de 1977, vecina del Barrio Colón, vendedora de libros y militante de las luces y amores que atesoran sus mejores páginas desde las filas del PCU, que había sido reconocida en el centro clandestino de detención de La Tablada, para luego integrar la lista de detenidos desaparecidos. Pero en aquel entonces surgió una conferencia para anunciar que no había sido posible identificar la identidad de los restos y que seguiría adelante el trabajo, que podía resultar complejo, que requería un equipo de trabajo interdisciplinario e interinstitucional, y la mayor colaboración de todo quien pudiera aportar información relevante. Es que con muestras de ADN de sus posibles progenitores y de una persona, los algoritmos basados en el conocimiento acumulado en materia de genómica permiten calcular qué tan probable es que el ADN en cuestión resulte de la combinación de los supuestos padres. En temas de esta delicadeza, además de otras pruebas testimoniales, el ADN es un actor clave, pero la probabilidad de coincidencia antes mencionada se exige que sea del 99,99%, algo que deja prácticamente por fuera toda chance de error. Pero si de algún ancestro faltan muestras de ADN y se dispone de muestras parientes más lejanos, con quienes se compartiría información genética pero en menor grado, la identificación se hace mucho más difícil, pues aunque haya un 90% de probabilidad de coincidencia, es insuficiente para ser concluyente. Salvo en el caso que se dispongan de muestras de muchos parientes, pues en tal caso la acumulación de coincidencias parciales, en su conjunto, pueden alcanzar la certeza exigida. En el 2023 no había suficientes muestras de parientes y no se podía confirmar la sospecha. Se abrió el paso pues a un trabajo titánico, de la Fiscalía, Madres y Familiares, INDDHH, grupo argentino de Antropología Forense y varios grupos más. Es que el adjetivo titánico está fielmente aplicado, puesto que más allá de ADN y probabilidades, el problema medular era lograr identificar suficiente cantidad de parientes y obtener muestras de ADN, garantizando su cadena de traslado y resguardo. Eso implicó estudiar genealogía, gestionar y realizar exhumaciones, por lo cual estamos hablando de problemas en diversos dominios científicos, históricos, documentales, jurídicos, logísticos.
Cuando se confirmó este 28 de mayo la conferencia de prensa a las 15 horas, el rumor era estruendo e íntima convicción. Uno estaba trabajando y llegadas las 15.00, se hizo un solitario aparte, para, a través del canal youtube de TV Ciudad, seguir la conferencia. A medida que escuchaba, la garganta y el pecho se llenaban de emociones encontradas, pero cuando sonó en la voz de Alba González una frase que se me antoja imposible de olvidar, las lágrimas dieron salida lenta pero pertinaz a vaya a saber cuántos sentimientos. “Hoy Amelia vuelve a su casa, a su familia, y a su pueblo”. Satisfacción por el hallazgo por primera vez de la identidad de una mujer detenida desaparecida, alegría por la derrota moral del único demonio que asoló esta Tierra: el Terrorismo de Estado. Agradecimiento a la conjunción de esfuerzos que lo hicieron posible, el más profundo desprecio a los miserables cobardes que ni siquiera entre aquel 6 de junio y este 28 de mayo fueron capaces de aligerar el paso y aliviar angustias diciendo lo que saben. Certeza, reiterada con singular firmeza en la voz de Alba, de que esto no para hasta la memoria, verdad y justicia plena, hasta saber de todas y todos, que seguiremos exigiendo saber dónde están y que todo aquel que sabe algo, no sea miserable y diga lo que sabe.
Este jueves 6 de Junio, en el aniversario del hallazgo de los restos, la Universidad de la República fue el lugar para honrar a Amelia, en su retorno a su pueblo, para de allí partir, ahora sí, a su descanso final. Pero legando, como dijera en su texto el compañero Julio Fernández, su sonrisa que a los infames cobardes ”los derrotaba siempre”.
Cuando uno descarga las fotos de las y los uruguayos detenidos desaparecidos, en Uruguay, en Argentina, en Chile, en Colombia, llama la atención poderosamente que muchos lucen una sonrisa. Sonrisas maduras y medidas como las de León Duarte, Julio Escudero u Horacio Gelós Bonilla, por decir algunos ejemplos. Sonrisas juveniles, más bien franca risa al borde la carcajada, como Elena Lerena o Juan Pablo Recagno. En otros casos, no es la sonrisa sino la profundidad o nitidez de la mirada lo que impacta, como en Victoria Grisonas o María Emilia Islas. Sonrisa y mirada son quizás las mejores vías para expresar vida, emociones, alegría, sueños, esperanza, convicción.
El rostro de Amelia Sanjurjo, “la Pocha”, es demoledor porque aúna una hermosa y luminosa sonrisa con una mirada que parece hablar, convocar.
Luz y convocatoria que deben perdurar eternamente, para honrar su vida. Luz y convocatoria que debemos aseguramos que persista y se vuelva indisimulable para seguir despertando conciencias al deber que es la memoria, verdad y justicia. Luz y convocatoria que atraviesan la tierra, las décadas, las miserias y los miserables, los ocultamientos de los cómplices militantes y de los cómplices de puro cobardes, nomás. Luz y convocatoria que son, no por arte de magia, sino paso a paso, cada vez más nítidas.
Yo no sé querido lector, honestamente, qué piensan muchos deportistas uruguayos de primerísimo nivel que este 20 de mayo adhirieron desde sus redes oficiales a la marcha del silencio. Y es obvio que en tantas instituciones deportivas que oficialmente también se sumaron, se cobijan muy diversos pensares. Más aún, estoy seguro que con periodistas u otros personajes públicos varios no tengo mayor afinidad (o más bien muy escasa afinidad), pero este 20 de mayo también adhirieron a la causa más universal, justa, humana y resistente que alberga nuestra sociedad. La de memoria, verdad y justicia. La del “Nunca Más”. Ni torturas, ni desapariciones, ni secuestros de bebés, ni ninguno de los horrores del Cóndor, para absolutamente nadie, por el mero hecho de respeto a nuestra común condición de seres humanos.
Las honras públicas a Amelia son muy relevantes y necesarias para consolidar ese mensaje y obviamente conmueven. Deben conmovernos, ayudarnos a conmover y seguir removiendo. Removiendo tierra, silencios canallas, complicidades, trabas, distracciones, infamias, distorsiones o reinvenciones de la Historia “dibujadas” por algún gran cómplice que hoy no merece ser nombrado.
No conozco palabras que se sientan como una sola y simple lágrima que nos surca mejilla abajo. Las miradas o sonrisas como las de Amelia lo dicen todo, sin ninguna palabra.
Gracias Amelia, “la Pocha”. Que tu luz y convocatoria siga ardiendo en nuestros ojos para que la margarita tenga a todo un pueblo sosteniéndola, buscando, exigiendo.























