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Represión: la conclusión

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Por Gonzalo Perera

En general, la realidad es un bicho complejo si los hay, pero algunos modelos políticos y económicos, aunque sus consecuencias son gravísimas, siguen una dinámica sencilla, casi lineales.
El neoliberalismo, que en América Latina es tan conocido como (lamentablemente) recurrente es un caso de manual.
Pero comencemos repasando hechos recientes, para luego comprenderlos y sintetizarlos.
Diversas manifestaciones sociales, al aire libre, en general protagonizadas por jóvenes de sectores populares, merecieron una intervención muy dura del Ministerio del Interior, a través de las fuerzas policiales.
En el marco de la permanente- e irresponsable- invocación a la conducta “libremente responsable” de nuestra población (¿Exactamente qué es ser responsable y exactamente qué no lo es? ¿Exactamente qué reunión debe ser disuelta por la policía y cuál no?), se generó, a nivel normativo, un vacío sobre parámetros conductuales muy básicos y generales, los cuales fueron esbozados en conferencias de prensa de mucho más marketing que nueces.
La práctica, empecinadamente cotidiana, ha mostrado los límites de esta invocación gubernamental: la muy diferente extracción de clase, aún en espacios plenamente abiertos, son muy diferentes ejercicios de la “libertad responsable”: gurises pobres con tambores al aire libre parecen ser más graves que gente reunida en un pub cerrado o en un acto religioso. Vamos a ser bien claros: por ejemplo, a algunas reuniones religiosas absolutamente imprudentes se las critica, pero después que finalizan, no se les cae con el mazo y con la porra a disolverlas durante su desarrollo, como en cambio se hizo con concentraciones espontáneas de gurises en Montevideo y el Interior.
No se trata de la gente ni de la distancia, sino de la clase de la cual provienen, se intuye.
El distanciamiento social, base fundamental de la “nueva normalidad”, no debe interpretarse en términos de uso de tapabocas y separación física, sino en el más que literal término de distancia en la sociedad, de posición de clase: ese es el distanciamiento que nuestro gobierno propugna y defiende.
El Ministerio del Interior actual no da pie en bola. El propio presidente, que cual cowboy con botas de alto taco, anunció al asumir que la seguridad sería un problema que lideraría en persona (ridiculizando el rol del ministro Larrañaga), convocando a una reunión en Torre Ejecutiva al muy subordinado ministro y a todos los jefes de policía, últimamente habla de perillas, mallas oro, de una barra joven en la que muy equívocamente se siente incluido y habilitado a aconsejar desde la experiencia de vida que no incluye las 8 horas.
Tenemos la peor gestión en materia de seguridad interna desde la restauración democrática, con un ministro más preocupado por inhibir reuniones de jerarcas policiales con simples ciudadanos que pueden colaborar con su conocimiento a la tarea de contener la creciente ola de violencia que asola el país. y con un presidente que, más allá de sus tempranas promesas, hace de cuenta que el tema no es suyo.
En una situación de baja movilidad social, consecuencia de la emergencia sanitaria, el año 2020 muestra cifras insólitas de crímenes de alta violencia, en particular de homicidios y muy particularmente de femicidios.
El neoliberalismo y el fascismo históricamente han mostrado su capacidad de acción colaborativa muchas veces en la historia.
Cuando el Cóndor asolaba el Cono Sur y los soldados que nunca enfrentaron a nadie armado daban rienda suelta a su rol de perro de caza entrenado en la Escuela de las Américas de Panamá, los “Chicago boys” como Hernán Büchi en Chile, José Martínez de Hoz en Argentina o Alejandro Végh Villegas en Uruguay, daban vía libre a las políticas neoliberales de ajustes para las clases populares, exenciones y beneficios para el gran capital, protección y sacralización del sistema financiero, desregulación laboral y destrucción del aparato productivo. ¿Fue eso una casualidad?
No, fue una relación causa-efecto tan marcada como la de la mítica manzana gravitatoria de Isaac Newton. Dadas las causas, el efecto.
El neoliberalismo es una doctrina económica tardía (históricamente) de reconstitución del capitalismo en su forma más salvaje: destrucción de políticas sociales y del rol del Estado a expensas del “mercado”, ícono que representa pocos y privilegiados grandes capitalistas, salvaguarda del sistema financiero (incluyendo los circuitos de lavado de activos mal habidos), desregulación laboral (léase las relaciones laborales las pauta el empresariado), con estricto alineamiento internacional a las políticas diseñadas desde el Departamento de Estado de los Estados Unidos.
Para su instalación (o imposición) en cualquier comunidad, requiere violencia, pues es francamente violenta su incidencia sobre el hogar y derechos del trabajador.
Por ello, y no por casualidad o coincidencia, en la década de los 70 y 80, el neoliberalismo se instaló junto con el terrorismo de Estado, con salvajismo inhumano,
Por ello, y no por casualidad, ante el homenaje de la Cámara de Representantes del Poder Legislativo a los 100 años de Partido Comunista del Uruguay, un conglomerado de listas que pretende fungir de partido vocero de los intereses más reaccionarios, no se hizo presente, resaltando con ello tanto el acto al que prestigió con su ausencia como su muy oscura filiación doctrinaria.
El repaso de la historia muestra que no sólo en los tiempos y lugares del Plan Cóndor, sino en general, fascismo y neoliberalismo gozan de una excelente relación. Más precisamente, cuando las duras políticas neoliberales encuentran una resistencia social firme y difícil de franquear, sistemáticamente acuden a las camisas negras del fascismo en su ayuda.
Para ello requieren algunos puntos y cualquier coincidencia con la realidad seguramente no se es mero azar:
1. Exacerbación de las actividades represivas del Estado, con particular énfasis en la represión en toda actividad que suponga auto-organización de las clases explotadas en general.
2. Contralor absoluto de los medios de comunicación de masas para la construcción en hierro de un discurso hegemónico a cargo de los grandes medios privados de comunicación masiva. No hablamos de abstracciones: en estos días 49 trabajadores de las radios públicas del Uruguay, varios con dilatada trayectoria, en su conjunto constructores de opiniones díscolas frente a cualquier gobierno o al sistema económico y cultural imperante, han recibido la comunicación de que no continuarán en sus cargos el próximo año.
3. Construcción de un discurso único, incluso académico, donde se postulan como axiomas sus asunciones básicas. Este punto da para mucho, pero no puede ser al menos no señalado.
4. Destrucción (eufemismo: desregulación) de todo derecho laboral y de sus actores propulsores, los sindicatos y gremios.
5. Minimización del Estado, ya sea como agente de control y regulación, como actor de políticas sociales medulares, y mucho más aún como un agente “keynesiano” de reactivación económica: la inversión pública en obras de infraestructura que generen rápida generación de empleo directo y el fortalecimiento de la cadena de suministros de producción y distribución de insumos que generan rápidamente el empleo indirecto.
6. La represión directa, ya no de la protesta social, sino de cualquier manifestación díscola, como forma de aleccionamiento de cualquier expresión de resistencia popular.
Es claro: la represión no es accidente, es la conclusión.

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