20231023 / Pablo Vignali / adhocFOTOS / ARGENTINA / BUENOS AIRES / Publicación de periódicos un día después de las Elecciones Generales 2023, por la avenida Santa Fé, en Buenos Aires. En la foto: Publicación de periódicos un día después de las elecciones argentinas. Foto: Pablo Vignali / adhocFOTOS

El león o el futuro

Gonzalo Perera

El domingo pasado de noche, buena parte de las personas pensantes de la región suspiró aliviada al ver como una candidatura delirante y desenfrenada como la de Javier Milei, quedaba 7% por debajo de la de Sergio Massa que, se le considere como se le considere, al menos actúa como un ser racional. Además, la diferencia fue apabullante en la Provincia de Buenos Aires y los candidatos afines a Massa tuvieron votaciones importantes en varias provincias. 

De hecho, ya es posible afirmar que, aunque Milei llegara a ganar en segunda vuelta, le resultará prácticamente imposible gobernar: su partido no tiene ni un solo gobernador (cosa que en un régimen federal es muy relevante) y su representación parlamentaria, aunque haya crecido mucho, es francamente minoritaria. 

Dependería de delicados acuerdos para impulsar cualquier proyecto, que además tiene asegurado duros enfrentamientos con los sindicatos y las diversas organizaciones populares y sociales en general, dada la orientación cavernícola de su proyecto político. Pero más aún, con los datos actuales es factible que sea Massa quien gane la segunda vuelta electoral. 

En primer lugar, si bien la misma noche del domingo Patricia Bullrich, que representa la ultraderecha del macrismo, se apresuró a decir que había que votar contra el kirchnerismo (forma indirecta de llamar a votar a Milei), es muy discutible que esa convocatoria tenga gran arrastre. 

Primero, porque Massa representa más bien al peronismo tradicional y no al kirchnerismo, con quien tuvo muchos desencuentros, e incluso (seguramente no de forma casual) la propia Cristina Fernández de Kirchner se encargó en los días previos a las elecciones, por diversas vías, de indicar que tenía distancias con Massa. 

Segundo, Horacio Rodríguez Larreta, quien perdió las internas del macrismo ante Bullrich, pero presenta un talante más moderado (posiblemente por haber gobernado la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lo cual obviamente le obligó a cierto nivel de diálogo con Massa, quien fue ministro de Economía), difundió públicamente el lunes un contundente: “Milei no es lo que la Argentina necesita”. 

Ese juicio, que viene de un hombre incuestionablemente de derecha, fue acompañado de un análisis de elemental sensatez sobre el grado de disparate de las propuestas de Milei y sobre los riesgos de su agresividad.  Todo hace pensar que no pocos macristas seguirán el camino de Rodríguez Larreta. Pero, además, aunque la Unión Cívica Radical como estructura partidaria esté bastante desmadejada, sigue habiendo ciudadanos radicales, fundamentalmente en las capas medias de las grandes ciudades. Si bien seguramente no votaron a Massa en primera vuelta, tienen al extinto expresidente Raúl Alfonsín como uno de sus principales referentes y la forma soez, grosera y completamente descalificadora con la que Milei se refirió a Alfonsín en reiteradas ocasiones, hacen muy difícil pensar que esos votos, en segunda vuelta, apoyen al proyecto autodenominado libertario. 

Finalmente, hay muchos indicios de que el Departamento de Estado de EEUU y otros grupos de poder (internos y externos), le están soltando la mano a Milei en la medida que Massa aleja su discurso del kirchnerismo. Saben bien que Milei es excesivamente inestable y que un gobierno suyo puede conducir al completo y total caos rápidamente. Las declaraciones de Massa el mismo domingo, de que “la grieta se murió” y su muy clara convocatoria a un gran acuerdo nacional, con muy explícita referencia a los radicales, seguramente es el tipo de mensajes que esos sectores del poder esperaban oír. 

En suma, es posible que Massa gane en segunda vuelta y Argentina se habrá así salvado de un proyecto demencial, aunque seguramente el gobierno que se instale no tenga mucho que ver con los kirchneristas y sea más amable ante grupos de poder que “los gobiernos K”, que, más allá de cualquier crítica que les pueda caber, es claro que confrontaron y fuerte. De no ocurrir eso y triunfar Milei, quien se hace llamar el “león”, se sentirá omnipotente, para en muy poco tiempo descubrirse completamente impotente, y es casi imposible que perdure en el gobierno, y que caiga bajo un auténtico estallido social.

Esta perspectiva electoral debe ser acompasada por otras visiones, a otros niveles. La emergencia de Milei, más allá de factores mediáticos y de explotación del descontento, tiene un fuerte sustento en una maldición que casi toda sociedad tiene en su seno, pero que en Argentina es muy notoria, por ser llevada por un conjunto minoritario pero numeroso de gente, y que se expresa de manera estruendosa. 

Nos referimos a los sectores de la burguesía (en Argentina fundamentalmente porteña, pero no exclusivamente) que profesan un profundo desprecio y odio de clase hacia los sectores trabajadores (“las cabecitas negras”) y que practican la política justamente desde el odio. 

Milei no inventó nada al respecto, solo lo viralizó. ¡El odio que destila es el mismo que pintó en los muros “Viva el Cáncer!” cuando Evita agonizaba, o el que instaló “la yegua” como forma de denominar a Cristina Fernández, manifestaciones asquerosas y enfermizas, de bestias que además se potencian enormemente cuando quien está en frente es una mujer, faltaba más. 

Esos sectores poblacionales, existen también en Uruguay, pero no tienen similar peso, y deben cuidar un poco más las formas, porque nuestra impronta vareliana y batllista obliga a una mayor sobriedad y compostura, por lo cual sólo emergen en las redes sociales y bajo seudónimos. Pero en Argentina siempre se han manifestado de manera mucho más abierta y gane o pierda su portavoz Milei, seguirán estando allí, agriando su humor ante cualquier posible conquista de derechos de los trabajadores, de las mujeres, de los pueblos originarios, etc., y operando en contra de cualquier gobierno que las promueva. Adicionalmente, si bien Massa a priori cuenta con la mayor bancada parlamentaria, no tiene mayorías propias y deberá concretar sus intenciones de alcanzar acuerdos (lo cual forzosamente equivale a negociar posturas) para poder gobernar realmente.

Desde este nivel, el futuro inmediato de nuestra hermanísima Argentina, aún si logra sortear como anhelamos la barbarie de Milei, es de enormes desafíos, y no parece realista esperar grandes avances en su política interna.

Sin embargo y hacia la región, uno puede imaginar un diálogo Massa-Lula, como puede imaginarlo entre Massa y la presidencia uruguaya en manos del FA (que ciertamente terminará con el jueguito de ir a tirarle piedras infantilmente desde el programa de Viviana Canosa).

Es en la región, quizás, donde es posible esperar que la diferencia sea más ostensible. Si Milei ha dicho que la región no existe y que sus aliados serán USA e Israel, cabe esperar que, en materia exterior, Massa, más allá de las enormes condicionantes que tiene, signifique un retorno a un diálogo racional en la región, que en los últimos tiempos siempre tuvo a alguien dinamitándolo (Macri o Bolsonaro en los grandes jugadores de la región, Lacalle Pou en Uruguay). Eso puede también ayudar a la gestión interna del gobierno argentino, ya sea por acuerdos efectivos que se puedan alcanzar, dentro de la región o entre la región y el resto del mundo, como para reforzar subjetivamente la imagen de un presidente, que sabe actuar ante sus pares de otros lares.

Dentro de poco tiempo, será el pueblo argentino el que decidirá: o caer bajo las garras del león, o, con muchas dificultades, mantenerse erguido mirando al futuro.

Foto de portada:

Tapa del diario Perfil un día después de las elecciones argentinas. Foto: Pablo Vignali / adhocFOTOS.

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