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Proponer cambios emancipadores exige nuevos retos

La movilización y resistencia social tendrán que adquirir otras formas de comunicación, más allá de la expresión digital.
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Por Rosalinda Hernández Alarcón*

La crisis originada por el COVID-19 ha sacudido las economías a nivel mundial, por ello se publican recetas empresariales respaldadas por organismos multinacionales y la banca internacional, pero están por construirse las salidas al sistema capitalista, patriarcal y racista encaminadas a satisfacer las demandas de los conglomerados que viven en peores condiciones y mayores ataques a su dignidad.

Nadie niega que los efectos de esta pandemia tendrán mayor impacto en países donde el número de personas empobrecidas ha aumentado, los sistemas de salud y educación pública son débiles, los hechos de violencia y de corrupción son constantes y la gestión de funcionarios públicos extremadamente bien pagados es deficiente.
De tal manera que es necesario conocer pormenores acerca de las injusticias sociales provocadas por el sistema actual, cómo se concretan en la vida de las personas quienes desde tiempo atrás recibían salarios miserables, sufrían agresiones machistas o racistas, malos tratos por su edad o por ser migrantes, carencia de servicios públicos de calidad.

Imposible ignorar los retos que se avecinan

Más allá de las críticas a quienes dirigen los Estados súbditos del gran capital -aquellos que durante décadas toleraron la destrucción de bienes naturales, al igual que reprodujeron las opresiones patriarcales y racistas-, lo cierto es que las agrupaciones que pugnan por transformaciones emancipadoras afrontan otros retos a fin de diseñar nuevas formulaciones, ya que el panorama se vislumbra sumamente complejo en el que la movilización y resistencia social tendrán que adquirir otras formas de comunicación, más allá de la expresión digital.

Esta crisis nos ha demostrado que, aunque correctos, son insuficientes los llamados a presentar denuncias contra agresores principalmente hombres que violentan a mujeres, niñas y niños. Las propuestas hacia el cambio de actitudes tienen que ser más específicas a fin de que todas las personas reconozcan que son posibles otras formas de relación, sin abusos ni autoritarismos; en tanto fueron aprendidas, es posible des-aprenderlas.

Lo anterior, hay que interpretarlo como una de las responsabilidades de todas las personas, porque se ha comprobado durante los encierros los espacios reducidos e inseguros en casa, la falta de ingreso regular para la familia, la “normalización” de actitudes de dominio e irrespeto, son condiciones que potencian las violencias.

Cuando se decrete el fin de la pandemia, otro compromiso para todos y todas es adquirir nuevos hábitos de higiene, para el cuidado del cuerpo y del medio ambiente. Los llamados a lavarse las manos, hacer ejercicio y evitar la contaminación tienen que incluir reflexiones que permitan entender la trascendencia de tales acciones, ya que sin una cabal comprensión, continuarán las malas prácticas que tanto dañan a los seres vivos.

Ante el miedo a lo desconocido y la frustración debido a la falta de oportunidades, lo fácil es que conglomerados amplios recurran a las consignas religiosas; de ahí la importancia de que las nuevas iniciativas estén totalmente ajenas a los fundamentalismos. Hay que resaltar la trascendencia del laicismo, poniendo en el centro el buen vivir de las personas mediante la cooperación y la solidaridad, con libertad y autonomía, sin abusos ni autoritarismos. Ejemplos de esto se están dando en la actualidad y bien podrían multiplicarse y enriquecerse, promoviendo el activismo individual y colectivo.

Así también, se hace necesario la convergencia de programas multisectoriales, que rebasen las miradas de solo ubicar las reivindicaciones de un sector o las de clase sin ver otras; hay que visualizar las distintas opresiones, en tanto delimitan necesidades e intereses de las personas según su sexo, edad, procedencia étnica o racial, condición económica, situación como migrante o por su lugar de residencia.

Hay que enfrentar tantas injusticias

Durante décadas múltiples agrupaciones de diferentes tendencias políticas han trabajado por la acumulación de fuerzas, promoviendo una masa crítica capaz de cuestionar las realidades injustas y de perfilar otros caminos que impidan la hegemonía de los capitales financieros, los agro-negocios, las industrias extractivistas, en tanto han generado hambre, miseria y enajenación.

Se ha demostrado que el fomento a la inversión multinacional y el aumento a la deuda pública favorecen la concentración de capitales. Además de rechazar tales recetas, existe el desafío de qué hacer para garantizar salarios dignos, evitar mayores cargas de trabajo para las personas asalariadas, detener el subempleo y el desempleo, contener los gastos de vivienda y servicios públicos.

Desde un enfoque emancipador, también hay que describir cómo sería posible potenciar la producción a pequeña y mediana escala, así como la familiar, campesina y comunitaria, junto con la soberanía alimentaria, la distribución de los quehaceres en el hogar y el cuidado de la naturaleza, etcétera.

Hacer frente a las medidas neoliberales no es tarea fácil, pero hay que descifrar cómo evitar los lujos desmedidos, el desperdicio y el consumismo; garantizar el uso adecuado del agua, las montañas y los bosques; así como el manejo ecológico de los desechos. Todo ello tendría que ir estrechamente ligado a la reproducción de la vida y al reconocimiento del trabajo doméstico como aporte a la economía.

Las exigencias en torno a poner fin a la privatización de los servicios sanitarios adquiere mayor validez en estos tiempos, a partir de las debilidades demostradas para enfrentar la pandemia, reconociendo además que las mujeres requieren una atención específica vinculada al ejercicio pleno de sus derechos sexuales y derechos reproductivos, a su edad y a su identidad étnica y cultural.

La seguridad social corresponde a todas las personas trabajadoras, al igual que contar con condiciones de trabajo sin riesgos ni abusos, es decir, que en los espacios laborales sean seguros, estén ausentes las prácticas de violencia sexual, se respete la identidad sexual de las personas y cobren vigencia los derechos al estudio, al descanso y la recreación.

Lo importante en todo caso, es tener en cuenta que la reformulación de programas y formas de lucha y organización social tenga en perspectiva superar las desigualdades y violencias clasistas, patriarcales y racistas, que actualmente prevalecen a nivel mundial. Sin duda, una vez ocurrida la pandemia del COVID-19, se requiere mayor creatividad y reflexiones de mayor envergadura por parte de quienes están comprometidos con las transformaciones sociales.

* Periodista mexicana, especial para EL POPULAR.

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