Gonzalo Perera
En estas fechas, forzando la memoria, recordé la inocencia de una infancia tan lejana en el tiempo como cercana en los afectos, reflejada en, previa cartita de pedidos, el dejar los zapatitos a los Reyes Magos el 5 de enero de noche para despertarse lo más temprano posible el 6 a ver “que te habían dejado”.
El recuerdo me llevó a la pregunta de, si guardara aquella inocencia, que pondría en la cartita a esta altura de mi vida y para la aventura colectiva. Sin orden de prioridad, simplemente a medida que las cosas vienen a la cabeza, tal y como aquellas listas infantiles, aquí van algunas solicitudes.
Pediría que la identidad de género sea un dato más, que en su diversidad nos enriquece, y no sea un estigma, mucho menos causa de violencia o incluso muerte. Que termine la catarata de espantosas noticias de feminicidios como expresión cúlmine de la violencia del capitalismo patriarcal. Que termine el “bullyng”contra les niñes y adolescentes distintes, que no cuajan en un molde pre-concebido, muchas veces dogmáticamente desde religiones sin alma, expresiones de, según palabras del Nazareno, “hipócritas, raza de víboras, sepulcros blanqueados”. De los que se llenan la boca de mandatos divinos para preocuparse sólo por la riqueza y el poder, olvidando nada más ni nada menos que al ser humano y su mejor manifestación: el amor, en todas sus formas.
Pediría Paz, pero en serio. Que toda guerra la pagan los pueblos y no hay víctima que no nos duela, Lo cual no significa hacer tabla rasa y no distinguir procesos sistemáticos. Es horrible que una persona por estar en un mal lugar en un mal momento vuele en pedazos, en donde sea que habite. Pero, cuando un Estado como Israel que es una potencia nuclear, con un formidable ejército y permanente cobertura en ONU por parte de USA, se aboca al desalojo y extermino sistemático del pueblo palestino, matando por miles, bombardeando escuelas, hospitales, aislando y privándolo de los servicios básicos, hay que decir que una cosa son horrendos homicidios y otra, un genocidio.
Pediría por los más chiquitos, en particular para que puedan tener un regalo con el que jugar, porque la infancia está, entre otras cosas, para eso. Que tengan una familia, sin importar su composición, que los haga sentir queridos, contenidos, indispensables. Que vean que en su familia se trabaja y se aprende y por ende, sin ningún discurso, crezcan convencidos que en la vida para avanzar se trabaja y se aprende. Que no crezcan en la violencia, porque es casi inevitable que terminen siendo aún más violentos. Que no crezcan sin horizontes de esperanza, porque entonces tomarán los “atajos” que acortan el camino hacia la plata “fácil”, pero también acortan vidas, las ajenas y también la propia.
Pediría por la otra punta del recorrido: los que ya tienen décadas de remarla y llegan a una etapa donde es justo disfrutar de lo que permite la vida, reírse y retroalimentarse en ese privilegiado circuito de complicidad y amor que se suele establecer entre niňos y adultos mayores, típicamente ejemplificado por el vinculo entre abuelos y nietos, pero no es cuestión de genética, es cuestión de amor.
Pediría que el tiempo en la infancia no sólo se invierta en jugar, sino también en, túnica blanca y moña azul mediante, en educación para aprender sólidamente conocimientos y formas de convivencia basadas en la empatía y solidaridad, que obviamente incluyan el uso de las tecnologías de nuestra era, pero también el deporte, esa herramienta privilegiada par el cuidado del físico y para la socialización, apreciar la música, el arte, todo lo bello de la Humanidad. Es decir una Educación Pública fuerte. Fuerte no sólo presupuestalmente ( lo cual obviamente es indispensable y bien vale recordar que la Educación no es gasto, es la mejor inversión), sino desde su respeto y estímulo. Donde muy buenos maestros y/o profesores dejen de ser manejados como cosas, o vistos como un obstáculo, para pasar a ser considerados protagonistas centrales, la clave para que las soluciones sean reales y no de papel, y como tales reconocidos socialmente. Lo cual requiere terminar con la ridícula, falaz y oscurantista oposición entre la formación conceptual, del intelecto en general y el “saber hacer” que el gobierno actual promociona. Quien no sabe pensar, a la corta o a la larga, no hace nada: el que aprende a hacer X, en una década puede encontrase con que X no se usa más, y deberá aprender a hacer Y. Para aprender de adulto y durante toda la vida, una persona debe pensar libre, ordenada y claramente.
Pediría también que para los mayores, no se les pida edad mínima jubilatoria de 65 en lugar de 60 y que la jubilación mínima no sea de $17.317 en lugar de un salario mínimo de $26.462, porque implica un 35% de reducción en los bolsillos más flacos. Lo que puede cambiar las condiciones de trabajo y de vida en un tramo etario como el de 60 a los 65 suele ser intangible, pues no se trata sólo de mirar las estadísticas de expectativa de vida (de cuanto se vive), sino se trata de calidad de vida (de cómo se vive), bicho difícil de encerrar en cualquier estadística.
Pediría menos neoliberales y ultraderechistas, menos malla oro, menos narcotraficantes, menos lavadores de dinero, menos operadores contra el Poder Judicial, menos corrupción, menos defensores velados o abiertos del Terrorismo de Estado, menos cipayismo, menos medios hegemónicos dueños hasta del silencio. Pediría mas gente con trabajos de calidad, con formación para toda la vida, conviviendo en paz. Pediría más Artes, más Ciencia, más promoción a la Cultura en su más amplia acepción. Pediría más techos propios, sin necesidad de ser correligionario de ninguna ministra. Pediría una visión del Medio Ambiente donde nosotros somos parte del mismo, pero donde lo que contamina con agrotóxicos algún gran emprendimiento agroexportador no lo generamos ni cien mil personas comunes y corrientes juntas. La violencia ambiental, como toda otra forma de violencia, es esencial sistema capitalista, y nada en la lista escapa a su entretejido.
Con el tiempo uno pierde la inocencia. Ve que no hay magos, apenas ilusionistas. Ve que reyes y reinas son en su gran mayoría una galería de parásitos, seres viles, corruptos, egocéntricos. Crecidos en el privilegio y un enorme lastre para los pueblos que explotan. Y que como concepto, la monarquía (y más en general la nobleza), es un horror arcaico, abominable, que cree que se es o debe ser en función de la genética y no de las capacidades.
Por lo tanto ni reyes, ni magos, ni carta. Todos los deseos de la lista hay que conquistarlos por la lucha. Lucha siempre pacífica y democrática, pero que tiene múltiples escenarios que deben coexistir y siempre que se pueda, coincidir. Las luchas sindicales en general, la lucha por la Educación Pública, la recolección de firmas para ponerle freno a la Reforma Jubilatoria de “trabaje un lustro más para recibir 35% menos”, el triunfo del pueblo uruguayo a través de la victoria electoral de un FA unido y relanzado a más y nuevos derechos, la militancia por los derechos de género, la militancia ambiental, el cooperativismo, etc.
Ni Reyes ni Magos, menos en un país donde si una noche dejas los zapatitos, al otro a lo mejor no los encuentras y quizás tengas que ir hasta el piso 4 de la Torre Ejecutiva a buscarlos.
Ni carta, zapatitos, ni reyes, ni magos: lucha, pacífica y democrática en todas sus formas y variantes, nunca opuestas y siempre que sea posible, convergentes.
Foto de portada
Navidad. Foto: Pablo Vignali / adhocFOTOS.























