Gonzalo Perera
Benjamin Disraeli fue primer ministro británico en el siglo XIX y es autor de una frase que refleja el descrédito que puede generar la información estadística: “Hay tres clases de mentiras, las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. Obviamente Disraeli en su infierno de apenas tres círculos, ubica a la información que aportan los números en el más terrible, indicando su profunda desconfianza a las cifras que en su función de Estado tantas veces debió analizar. En el siglo XX, Frederick Mosteller, Profesor de Estadística de Harvard, recordando a Disraeli, a modo de respuesta, escribió: “Es fácil mentir usando estadísticas, pero es mucho mas fácil mentir prescindiendo de ellas”.
La Estadística, como toda la Ciencia, es una herramienta. Así como el martillo tanto clava las patas de una mesa familiar como se usa para golpear una cabeza letalmente, la Ciencia en general lega tanto un arma de destrucción masiva como la cura para una enfermedad que parecía invencible. Los usos que damos a las herramientas, más que ellas en sí mismas, son la clave que aporta la oscuridad o la luz. Si discutir aspectos éticos de cada disciplina científica es todo un tema, no exento de encrucijadas complejas, en todo caso no conviene ignorar nunca que, como toda la aventura humana, la Ciencia se desarrolla en una sociedad donde hay clases que explotan a otras, y que el acceso relativo de unas y otras a los productos del conocimiento acumulado y su uso para acentuar la explotación o extinguirla, son parte indispensable del análisis en cuestión.
Pero en cuanto a la Estadística, pocos terrenos son más fértiles para el análisis y las suspicacias que las encuestas de opinión pública en las vísperas de actos electorales, dado que, de diversas formas, pueden incidir en la definición final de los ciudadanos al votar.
Veamos un rápido repaso de alguna prevenciones a tomar ante las encuestas sobre las elecciones internas y las elecciones nacionales (escenarios muy diferentes), que por estos días nos llueven desde los diversos medios.
No me parece oportuno discutir aquí la credibilidad de las diversas encuestadoras y sus informes. En todo caso, al cabo del tiempo, uno ha apreciado que algunas encuestas son razonablemente fidedignas, y que otras parecen sesgar con cierta sistematicidad sus resultados en favor de algunas opiniones o grupos de poder. Pero en todo caso, marquemos cautelas elementales, como que por ejemplo, no hay una única metodología que sea usada para todas las encuestas (como décadas atrás lo eran las encuestas por teléfonos fijos, o incluso las presenciales, con visitas a los hogares de encuestadores). Los llamados “sesgos de selección”, que pueden producir que un sector poblacional quede subrepresentado o sobrerepresentado en la encuesta en relación a su peso poblacional, hacen que los resultados puedan desviarse sistemáticamente de la realidad. Un ejemplo sencillo: las generaciones jóvenes (menores de 45, digamos) suelen no usar telefonía fija. Una encuesta basada en telefonía fija representara básicamente la opinión de la población mayor, que en general no coincide con la de toda la población. Del mismo modo, la encuesta en un portal web, en general, es respondida por gente más bien joven, de nivel socioeconómico y educativos medio o alto, con tiempo e interés suficientes para responder la encuesta y puede ser respondida múltiples veces por la misma persona desde diversos dispositivos (o peor, por algoritmos generados por empresas que aportan grandes cantidades de respuestas, desde diversos usuarios ficticios). Que eso fuera representativo de la población en general sería casi que un milagro. Distintas encuestadoras usan distintas mezclas de encuestas en portales, redes sociales, llamando a celulares, teléfonos fijos, presenciales, y por ende, al usar distintas metodologías, la comparación entre ellas es un ejercicio del viejo y querido “comparar peras con bananas”. En todo caso, tiene más sentido seguir la evolución en el tiempo de lo que presenta alguna encuestadora, pues si siempre se usa el mismo método, el que crezca o decrezca alguna opinión es una comparación al menos coherente, pues los datos resultan del mismo procedimiento.
Tras éstas consideraciones generales, veamos un par de malas prácticas que vemos reiteradamente en la información que circula a partir de las encuestas. Si alguien sostiene una opinión basado en su intuición, en su impresión subjetiva formada por recorrer el país, pues muy bien, que exprese su opinión y aclare que es un “a mí me parece que”. Pero querer vestir en ropajes supuestamente científicos los prejuicios personales, es un claro ejemplo de lo que no se debe hacer.
Las elecciones internas son un escenario particularmente inapropiado para las encuestas y donde el nivel de “certidumbre”con que algunos se apoyan en las mismas para sacar conclusiones es realmente alarmante. Empecemos por lo más elemental y básico: las elecciones internas son voluntarias, no obligatorias. Por ende, son influidas hasta por factores climáticos. Si el 30 de junio hay muy mal tiempo o, por el contrario, un día soleado espectacular, es posible que grandes grupos poblacionales no vayan a votar prefiriendo. según el caso, guarecerse en su casa o dedicarse a pasear al aire libre. Variables tales como el nivel de adhesión militante del votante a una candidatura o el aparato que genere “acarreos de votos” pueden llegar a jugar un rol decisivo. Poco importa si entre los encuestados X % prefieren a A sobre B, si después los que van a votar en mayoría son los que prefieren a B, ya sea por militancia o por “ser gentilmente llevados”. Si una elección interna está a todas luces muy volcada hacia un candidato (las hubo en el pasado), puede ser posible que las encuestas den información muy pertinente. Pero en un escenario más disputado, donde tantos factores pueden llevar a votar o no, las encuestas pueden dibujar una realidad muy distinta a las urnas. Alcanza con recordar, por ejemplo. la interna colorada de 1999, donde las encuestas daban cómodo ganador a Hierro López y el cómodo ganador fue su oponente Jorge Batlle, por ejemplo.
Otro punto muy llamativo, pensando ya en las elecciones de octubre, es cuando se intenta evaluar el caudal de votos que tendrían (al día de hoy) el FA y la coalición de derecha. Hay encuestas que preguntan si se apoya una de los dos opciones, y ése es un abordaje pertinente. Pero hay quienes preguntan por voto a partidos y luego suman alegremente las adhesiones blancas, coloradas, cabildantes, independientes, etc. Que la suma total de los votantes de grupos que respaldan un acuerdo siga a pies juntillas esa indicación es algo que hasta ahora nunca se ha visto pasar. Siempre hay “díscolos” que votan a un partido, pero si el candidato que aglomera una coalición no es el apoyado, pasan a votar en blanco o incluso, cruzan a la vereda de enfrente. Y un 2% que cruce a las otras tiendas impacta en 4% en un escenario dicotómico: dos puntos menos para uno, dos más para el otro.
Como imagen poética, no en el sentido electoral, nuestro himno dice que “es el voto que el alma pronuncia”. Pero pasando al plano electoral, los votos son inapelables, se cuentan y resulta lo que corresponde, y en mucho casos realmente son opiniones que salen del alma misma.
Las opiniones de las encuestas el alma no las pronuncia y su uso público requiere la cautela que hace la diferencia entre la seriedad y la patinada.
Foto
Elecciones Internas del año 2019. Foto: Ricardo Antúnez, adhocFOTOS.























