“La teoría de la revolución uruguaya. 70 años del XVI Congreso del PCU”, fue el nombre puesto a la charla que se desarrolló en el Teatro Stella el miércoles a la noche con mucha presencia de público. Allí disertaron Gerardo Leibner, María Luisa Battegazzore y Alejandro Acosta. EL POPULAR comparte algunas partes de las extensas intervenciones de los panelistas.

Leibner: Un viraje consciente
“Si hacemos un pequeño viaje del tiempo 70 años atrás, más o menos en esta época del año el pequeño mundo, que era entonces el Partido Comunista del Uruguay (PCU), estaba entre estremecido, estupefacto, conmovido, se realizaban febriles reuniones muy acaloradas, en algunos casos casi violentas, en otros más de reflexión. Es que a mediados de julio había sido depuesto el secretario general y uno de los fundadores del PCU, Eugenio Gómez y esa deposición no había sido ni reglamentaria, ni discutida largamente, sino que fue una especie de golpe interno repentino que tenía que ver con crisis graves que el PCU había arrastrado durante los diez años anteriores desde, 1945 a 1955”, dijo Leibner.
“El ambiente se había convertido en algo bastante irrespirable, así por lo menos dicen algunos de los veteranos que he entrevistado en el año 2000 cuando empecé a trabajar sobre mi libro, así lo describían, era mejor quedarse en casa que ir a una reunión. Ese era un poco el ambiente de aquella época. De todas maneras, de esa grave crisis, el PCU, si uno lo ve a distancia salió muy bien, tres años más o menos llevó un proceso de elaboración de una línea estratégica que venía a contrastar con lo que los comunistas consideraron que no habían tenido antes. Habían tenido reivindicaciones inmediatas por un lado y metas idealistas, no realistas en relación con la realidad del país, del socialismo de una manera un poco utópica, mitológica, pero no relacionada con la vida real y sus problemas”, agregó.
“Fueron tres años de elaboración estratégica y al mismo tiempo de recuperación, de ir a las casas de militantes que se habían apartado muy enojados y convencerlos que regresen. De abrir un cambio en las relaciones cotidianas en las organizaciones partidarias, de un cambio importante, el concepto de viraje es más adecuado, se trató de un viraje que por lo menos un puñado de dirigentes lo llevó a cabo de manera muy consciente. No fue algo que sucedió, sino que condujeron al resto del partido para que sucediera”, añadió Leibner.
“El saneamiento de las relaciones humanas al interior del PCU y la creación de un ambiente en el cual se puede discutir fue lo que permitió un proceso de debate y de elaboración colectiva. Entonces se conoce el nombre de Rodney Arismendi como principal dirigente que condujo ese viraje y al PCU hasta su muerte. Pero, no hay que equivocarse, Arismendi sin dudas era una mente privilegiada, un dirigente muy capaz y dirigía realmente, pero la elaboración fue colectiva. Había otras figuras como José Luis Massera, Alberto Suárez, Rita Ibarburu, Gerardo Cuesta, Enrique Rodríguez, que participaron en ese proceso y estoy omitiendo a otros”, apuntó.
“Cuando se inició el proceso de elaboración en el XVI Congreso, se hablaba de que el partido necesitaba un programa que condensara una línea estratégica para todo un periodo que iba a venir. Bueno ese programa nunca llegó, porque en 1958, cuando se sintetizó el debate, se llegó a la conclusión de que cuanto más se sabía y más se había profundizado en la discusión se entendía que se sabía menos. O sea, se llegó a un punto de alto conocimiento, pero al mismo tiempo de humildad.
Y entonces en vez de aprobar un programa, ¿qué aprobaron? Una declaración programática. ¿Y cuál es la diferencia entre un programa y una declaración programática? Que la declaración programática está abierta a ser renovada constantemente y ser enriquecida con los avances que se van dando al entender la realidad del país, las clases sociales, los condicionantes económicos, la cultura, o sea de que es un proceso abierto”, apuntó.
“Quiero referirme a un elemento importante que va surgiendo en el curso de los debates. El concepto que voy a utilizar y que el PCU fue incorporando es el concepto del nacional-reformismo, de acuerdo en el análisis de 1955, se había acusado a Gómez, de haber sido influido por desviaciones de origen reformista socialdemócrata. En 1958 después de un proceso de debate sobre que es el Uruguay y que es lo que influye en el pensamiento de la sociedad uruguaya se corrigió y en vez de decir origen reformista socialdemócrata se empezó a hablar de nacional reformismo”, indicó.
“El argumento era que en Uruguay como un país capitalista dependiente no existe una influencia real socialdemócrata, porque la socialdemocracia no es posible en un país capitalista dependiente, porque es un sistema que asegura un alto grado de bienestar social a la clase obrera, pero sin tocar las estructuras del capitalismo. Esto es posible sólo en países que acumulan, explotando de forma imperialista a colonias o semicolonias o a países dependientes. Pero en un país que no participa del despojo imperialista de otras partes del mundo, no puede subsistir una socialdemocracia que por un lado distribuya y crea un estado de bienestar para la inmensa mayoría de la clase obrera y al mismo tiempo mantenga las estructuras capitalistas”, indicó.
“Entonces, el concepto de socialdemocracia no es relevante para el Uruguay, pero sin embargo, en el Uruguay sí existía una larga tradición desde comienzos del siglo XX de reformismo democrático y de avances sociales, en legislación, en cultura. Entonces, ¿cómo definir eso? Y se empezó a utilizar el término de nacional reformismo y a veces social reformismo. ¿Y qué significaba ese término? Que por las características específicas del Uruguay, un país donde por un lado se fue concentrando una importante clase trabajadora urbana, con capas medias urbanas, de ideas relativamente avanzadas, pero por otro lado su principal riqueza seguía estando basada en un sistema latifundista poco poblado, donde se creaba una especie de precondición que permitía con la acumulación política en sus comienzos del siglo XX en torno al batllismo que permitía pensar en avances en legislación social, a veces incluso casi pioneros a nivel del mundo pero con la limitación de que no se tocaban las estructuras agrarias, que eran la base de la producción de la mayoría de la riqueza en el país”, apuntó Leibner.
“Pienso que uno de los grandes entendimientos profundos del PCU o de los dirigentes del PCU en aquel momento fue entender de que no se trataba solo de la ideología del batllismo. Primero porque el batllismo no era una sola cosa, sino que incluía nacional reformista por un lado y por otro lado sectores conservadores”, agregó.
“¿Por qué el nacional reformismo fue y sigue siendo la principal ideología de la transformación social en el Uruguay del siglo XX y del siglo XXI? Precisamente porque emana de sus características estructurales. El Uruguay, encierra una gran paradoja: impulsos reformistas y frenos conservadores”, acotó.
“¿Cuáles serían las limitaciones estructurales? La fuente principal de producción de riqueza sigue estando en el agro”, apuntó. “El Frente Amplio, a pesar de su retórica radical, era esencialmente ya al fundarse una extensión del nacional reformismo llevado a su extremo más avanzado, tal vez, en el momento”, opinó.
“Ahí está uno de los grandes desafíos pendientes tanto para el PCU como para otras fuerzas de izquierda. ¿Se puede, en la constelación en que estamos en el siglo XXI, sin un campo socialista que apoye de alguna u otra manera procesos de transformación que pretendan trascender el capitalismo, imaginar una transición de cambios estructurales que trascienda el social reformismo? No sé, probablemente, estoy seguro de que en lo inmediato no, pero hasta dónde se puede llevar el nacional reformismo, el social reformismo”, se preguntó y agregó “hasta donde se puede avanzar con reformas que sin modificar las estructuras capitalistas terminan reproduciendo la reacción conservadora automáticamente”, añadió.
“Cada avance serio termina encontrándose con la reproducción del sistema, porque sin trascender el sistema capitalista, sin trascender la dependencia que se ha acentuado en las últimas décadas, sin eso, se reproducen las condiciones para que cada avance reformista se encuentre con una muy fuerte reacción conservadora”, finalizó.

Battegazzore: Arismendi desde el hoy
“He pensado en mirar a Arismendi desde hoy. En el año 2001 escribí una cosa que se llamaba «Desde los tiempos del desconcierto releyendo a Arismendi». Porque yo me sentía así y buscaba en Arismendi respuestas al desconcierto reinante que ha empeorado”, indicó Battegazzore en el inicio de su disertación.
“Hay que tener presente que cuando leemos Arismendi estamos en un determinado contexto histórico. Tampoco era un contexto sencillo ni fácil, estaba en plena guerra fría, es impresionante que esa declaración programática irradiara hacia amplias masas y de alguna manera fuera asumida por el movimiento sindical, por el movimiento político unitario que se llegó a formar, sin necesidad de que se supiera cuál era el origen, Y a veces hasta se negara ese origen”, opinó.
“Esa irradiación existió, después se perdió, la dictadura jugó su papel. Las derrotas son difíciles y abarcan más que la parte física. También hay derrotas intelectuales y a esta altura de la vida creo que hay una derrota intelectual a nivel mundial. Yo hace poco leía un trabajo de Perry Anderson donde habla de la contracción intelectual de las izquierdas, de la falta de propuestas de las izquierdas. Por primera vez desde la reforma protestante ya no se dan oposiciones significativas, es decir, perspectivas sistemáticamente opuestas en el pensamiento de occidente. Él sostiene que el neoliberalismo en sus dos variantes, compensatoria o disciplinaria, se ha impuesto”, indicó.
“Entonces, una primera cosa que Arismendi nos da, para mi manera de ver es una guía, es su capacidad de polémica. Arismendi fue un gran polemista dentro de una tradición del marxismo, muchos de los trabajos más grandes del marxismo, nacen de la polémica, Lenin polemizaba permanentemente, Arismendi también. Puede haber un gusto personal por la polémica, a veces la polémica motiva, a mi me motiva siempre. Pero en Arismendi la polémica tenía otra finalidad, no solo era que podía sentir placer en polemizar, era dar la lucha ideológica, hacer la crítica
de lo que estaba vigente, la crítica de presupuestos filosóficos, económicos, dar la lucha por la hegemonía y tratar de lograr que las ideas llegaran a las grandes masas”.
“Por eso, a veces se discute si Arismendi es un teórico o un político, las dos cosas en un marxista, y eso se dio cuenta Real de Azúa, que no tenía nada que ver con el marxismo, pero que incluye a Arismendi en la antología del ensayo uruguayo y él dice que un marxista, leninista, no escribe lateralmente a la labor de sus días, sino que se siente obligado a elaborar la teoría para la acción política que va a cometer. Es decir, Real de Azúa, que era muy inteligente, se dio cuenta de esa unidad dialéctica de teoría y práctica en el marxismo. Una de las cosas que él permanentemente llama es que el conjunto del partido debata, estudie, elabore y en ese sentido mi experiencia fue que en eso que dice Gerardo, nadie era discriminado por sus discrepancias o por sus diferencias”, apuntó.
“Justamente se trató de que en el partido se pudiera convivir y hubiera amistad entre los compañeros. Creo que fue una época feliz de mi vida a pesar de que estaba en Secundaria y estábamos, como decía Alberto Suárez, siempre en el ojo de la tormenta. Entonces cuando Arismendi polemiza, es notable. Leer a Gramsci en los libros de Arismendi, llenos de subrayados, de notas al margen, discutiendo con el autor, es notable, porque los leyó muy bien. Entonces dentro de esos libros encontré dos artículos de la unidad, con los cuales Arismendi polemiza en un trabajo, que se llama «Cuestiones en debate acerca de la filosofía de Marx», contó Bettagazzore.
“Era la época del eurocomunismo, pero Arismendi hace todo un análisis de Gramsci para debatir con esos artículos que ni siquiera nombran a Gramsci, entonces uno se da cuenta que esa elevación del nivel intelectual de la polémica tiene una razón, que no es ganarle al otro, es educar, en primer lugar, a los militantes partidarios y a partir de ahí irradiar esa educación. Entonces para Arismendi el partido era educador y auto educador. Tenía que educarse con el estudio, con la formación teórica y aprender de las masas, dice Arismendi”, apuntó.
“Entonces, en esa preocupación, porque haya formación de los militantes, él ve al partido como una especie de intelectual colectivo, que a la vez irradien sus conclusiones, sus elaboraciones y ahí llega a decir que el militante comunista por su esfuerzo en desentrañar el contenido de la revolución puede ser equiparable al investigador. No tiene una visión del intelectual tan amplio como Gramsci, pero bastante. Y teorizó sobre el método en Problemas de una revolución continental donde hay una parte que se dedica al método”, indicó.
“Quiero destacar, ya que estamos acompañados por Rodrigo Alonso, que me resultó de una utilidad impresionante el libro de Uruguay for Export y creo que es un gran esfuerzo en este sentido, el estudio concreto de la base material, los datos objetivos del desarrollo social. No podemos elaborar una teoría de la revolución sin conocer esos datos, sin información. El segundo punto del método es estimar los datos en el contexto de la época y las direcciones del desarrollo internacional. No es lo mismo la época de avance del socialismo que la época de la derrota. No es lo mismo el panorama internacional de los años 60 y 70 que la actual. La idea del carácter de la época es una idea leninista que está muy presente en Arismendi. Pero ojo, porque la época no es algo estático, de una vez y para siempre”, advirtió.
“Y el tercero de los puntos del método, es atenerse a un consecuente punto de vista de clase, proletario, de su interés histórico como clase, interés histórico, no interés circunstancial y eso es lo que diferencia la orientación del sindicalismo de la orientación economicista, corporativista, que busca solo resultados inmediatos”.
“Y acá hay una cosa que señala Arismendi, dice que no hay que subordinar, los objetivos estratégicos de largo alcance, históricos, a la táctica, a la conveniencia táctica del momento. Y cuando habla de ceñirse a las exigencias de la realidad, hay que tener claro que no significa adaptación. Él dice, textualmente, que la adaptación es el veneno del movimiento revolucionario que conduce a reproducir la realidad y no a transformarla, entonces esa es la misión del partido”, añadió.

Acosta: Teoría y práctica
“¿Cuáles son nuestros desafíos actuales a la luz de una elaboración histórica que esencialmente entendemos que sigue siendo correcta?”, se preguntó Acosta. “Lo primero de esto en una biografía de Lenin hecha por autores soviéticos toman una cita de Krúpskaya, su compañera, que a mí me pareció muy interesante en cuanto a la actitud del por qué remitirnos a las elaboraciones del movimiento comunista, de nuestros teóricos. Dice: entraba a veces en el despacho de Ilich y lo encontraba leyendo a Marx y a Engels. Y eso en un momento dificilísimo, crucial de la vida del país, ya la revolución se había procesado, estaba en los años de la guerra civil, de la construcción del gobierno soviético. Siempre me asombró esta capacidad suya para estudiar la teoría en el momento culminante de la lucha”.
“La teoría buscaba la solución de los problemas prácticos. Y no es un problema de encontrar recetas, el problema es como ese acumulado que tenemos, porque una de las cosas de posmodernismo es también convencernos de que todo empieza cuando uno llega. Quien ha escuchado al compañero Bernazza, habrá escuchado la imagen de esto, somos como la quinceañera, la fiesta empieza cuando uno llega y parece que es todo a partir de eso. Estos 70 años, nos deben de servir como excusa, para seguir procesando la respuesta del hoy a esto que quiero leerlo textual, porque me parece muy importante, es como la introducción a la declaración programática y la plataforma política inmediata”, apunto.
“La necesidad de definir un rumbo estratégico para lograr ese cambio radical, es decir, para poder superar esto de por qué somos infelices, por qué no logramos en esta condición material, para este número de habitantes, que esencialmente todos tengamos que comer, dónde vivir, la salud, cómo educarnos, para que realmente seamos como individuos libres. Dice Arismendi que también había que asumir los errores colectivos de la dirección. Y uno de los problemas más importantes que se plantean es por qué, había una línea equivocada del partido como colectivo, es que eludía el problema de fondo de toda revolución el problema del poder”, agregó.
“Y ese es uno de los nudos que nosotros tenemos por delante. Fijémonos lo que pasa con una propuesta, la idea de que, bueno, el problema está que ese 1% esos que tienen como patrimonio al menos un millón de dólares o más, que oscilan según el estudio entre 20.000 y 25.000 individuos, o sea, menos del 1% . El problema de fondo es que es una medida que orilla a lo redistributivo y que tiene que ver con un sistema económico que genera las condiciones para que una pequeña minoría se enriquezca a partir de la explotación del trabajo colectivo. Esa es la esencia del capitalismo, no es un problema de que son más vivos que el resto”, agregó.
“Ahora, esa idea del 1% ¿por qué hace roncha? Porque pega en la línea de flotación de que hay gente que, con el trabajo ajeno, logró acumular ese patrimonio y por lo tanto no puede plantearse que su riqueza se generó sola. Es justo desde el punto de vista tributario que aporte más para determinadas políticas que ataquen esa desigualdad que tiene en sí mismo el sistema. Pero ¿qué desencadena? Desencadena todas las furias del bloque de poder”, apunto.
“No basta con tal o cual consejo de salario, transferencia monetaria o tal política focalizada. De ahí el planteo de una Estrategia Nacional de Desarrollo que rompa en el mediano y largo plazo esa lógica. ¿Y qué tiene que ver esto con la tarea de la revolución uruguaya? Existe o no existe la gran propiedad de la tierra que aprovecha el recurso básico que tenemos como Uruguay y que está con un gran avance de su extranjerización. Por lo tanto, es necesario o no es necesario un proceso de cambio radical y a partir de ese análisis que se hace, se determinan las mejores condiciones para un proceso hacia el socialismo. Ahora la teoría de la revolución uruguaya no es la teoría uruguaya de la revolución. El partido no se plantea que no tiene nada que ver con el movimiento revolucionario internacional, con la experiencia internacional, sino que analiza esa realidad en el Uruguay e identifica los puntos comunes con América Latina. Arimendi no ve el proceso en Uruguay aislado del resto y ya identifica en el año 1955 un continente donde las luchas van en auge”, indicó Acosta.
“El problema de fondo que tenemos hoy es que, a nivel del pueblo en general, estamos viviendo los efectos de la derrota del campo socialista, en términos generales. Yo lo he dicho en otras instancias, 30 o 40 años para la vida de una persona es un montón, pero en términos históricos es muy poco. Yo sé que Gerardo puede discrepar de esto, porque lo hemos conversado, la revolución rusa abre una nueva época a escala planetaria y la derrota de la experiencia socialista también incide a escala planetaria, y nuestras ideas retroceden”, apuntó.






























