Adagio a mi país 

Sobre el nuevo Índice de Pobreza Multidimensional del INE.

Por Camila Rodríguez Guardia y Gonzalo Samudio 

El pasado 19 de febrero, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicó el primer informe sobre el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM). Este nuevo índice tiene muchas diferencias con el que estábamos acostumbrados, el de pobreza monetaria, donde una persona se considera pobre si sus ingresos no alcanzan cierta cantidad de dinero (línea de pobreza). En esta nota nos interesa hacer un breve resumen, tan accesible como nos sea posible, sobre qué es este nuevo índice, qué aporta, y por qué es tan valiosa su implementación. 

Los resultados más llamativos 

Como introducción comentaremos lo que ya es conocido, que es que con este indicador se obtiene el resultado de que el 18,9% de las personas son pobres en Uruguay, para el año 2024. 

Para el año 2023 el informe compara el IPM con el índice de pobreza monetaria: El IPM muestra un 20,7% de personas pobres, mientras que la pobreza monetaria alcanza a un 10,1% de la población. 

Otro dato a destacar es que, en el informe, el INE señala que de los pobres multidimensionales en 2023 (el 20,7% mencionado antes), más de la mitad (el 13,3% de la población total) son pobres multidimensionales pero no pobres por ingreso. 

¿Qué es la pobreza multidimensional? 

Como ya mencionamos, el método más común para medir la pobreza es el monetario. Medir la pobreza según si una persona percibe o no un determinado ingreso, a pesar de ser más sencillo, no alcanza para entender su realidad, para saber en qué aspectos de su vida es más vulnerable, y para saber también en qué aspectos deberían enfocarse las políticas públicas para mejorar la vida de estas personas. 

Pensar la pobreza de forma multidimensional nos lleva a entender que las personas padecen (o no) vulnerabilidades en distintos aspectos de su vida y no solo si tienen ingresos demasiado bajos. A pesar de que estas otras dimensiones podrían estar relacionadas con el ingreso, una medida monetaria por sí sola nunca va a captar adecuadamente el bienestar o vulnerabilidad de una persona. 

Por ejemplo, si una persona no terminó ciclo básico, tiene un empleo informal, vive en una vivienda que se inunda cuando llueve y no tiene acceso a internet, no sería considerada pobre por el criterio de pobreza monetaria si sus ingresos en el momento de ser encuestada están por encima de la línea de pobreza. El enfoque de la pobreza basado en el ingreso refleja un aspecto muy parcial de la realidad. 

En cambio, en un hogar que cuente con las privaciones mencionadas, el IPM sí catalogaría como pobres a las personas que lo integran. 

¿Qué dimensiones considera el IPM?

El IPM, para el caso uruguayo, considera cinco dimensiones para definir si un hogar es o no es pobre (en el siguiente apartado explicamos por qué un hogar y no una persona). Estas son: educación, condiciones habitacionales, servicios básicos del hogar, protección social y empleo.  Hay una decisión que debemos mencionar: la exclusión de la dimensión salud por falta de datos suficientes. Esta dimensión suele estar incluida en los indicadores de pobreza multidimensional de otros países y su ausencia no es menor. 

Cada dimensión incluye tres indicadores, es decir, en total se consideran 15 indicadores. Por ejemplo, para el caso de la educación se consideran estos tres: vinculación educativa, rezago y años de escolarización. 

Cada indicador y cada dimensión importa lo mismo que las demás. Es decir, para construir el índice cada dimensión “pesa” un 20% (1/5) sobre el total, y cada indicador un 6,67% (1/15). Esto se justifica porque no se quiso definir que una u otra dimensión sea más importante que otra y porque hace más sencilla la presentación de los datos al público. 

¿Hogares pobres o personas pobres? 

Los índices de pobreza multidimensional que son utilizados en varios países, sumándose Uruguay a una tendencia latinoamericana con este cambio de metodología, suelen usar como unidad de identificación a la persona o al hogar. 

En el caso uruguayo se eligió el hogar, por lo que se mide si una persona vive en un hogar (multidimensionalmente) pobre o si el hogar tiene carencias en alguna dimensión elegida. No se mide si esa persona es (individualmente) pobre, si no que se hace a través de características de su hogar y quienes lo habitan. Por ejemplo, si una niña de 8 años vive en un hogar donde uno de sus padres no terminó ciclo básico, se considera que todo el hogar (y por ende, todas las personas que viven en él) sufre una carencia en el indicador de años de escolarización. 

Es importante señalar que se elige al hogar como unidad de identificación pero se presentan los resultados a nivel de personas. 

En otras palabras, al presentar los resultados, se mostrará cuántas personas viven en hogares pobres (respecto a la población total), y no cuántos hogares son pobres (respecto al total de hogares). 

La toma de esta decisión se justifica, sobre todo, en que la responsabilidad de garantizar condiciones de vida dignas no recae en individuos aislados. 

¿Cuándo alguien es pobre y cuándo no? 

Para cada uno de los 15 indicadores se define un umbral. Cuando un hogar tiene un resultado por debajo del umbral se considera que sus habitantes tienen una carencia en ese indicador; si el hogar está por encima del umbral se considera que no hay una carencia. Estos umbrales son definidos por diferentes razones, ya sea estándares internacionales, nacionales o a través de consultas con la población o expertos. Para poner un ejemplo, tiene sentido que un indicador de educación tenga en cuenta niveles de educación básica. Para ser considerado pobre se debe sufrir carencias en al menos cuatro indicadores.

Este criterio garantiza que aquellas personas consideradas pobres sufren de carencias en al menos dos dimensiones distintas (recordemos que cada dimensión incluye tres indicadores, por lo que sería imposible sufrir carencias en cuatro indicadores y en solo una dimensión). 

¿Se pueden sufrir carencias sin ser considerado pobre? 

Sí, el informe separa estos resultados. Por un lado muestra qué porcentaje de la población sufre una carencia (por ejemplo, el 46% de la población total tiene menos años de escolarización que el umbral fijado); y por otro qué porcentaje de la población es pobre y sufre una carencia simultáneamente (por ejemplo, el 17,5% de la población tiene menos años de escolarización que el umbral fijado y además es multidimensionalmente pobre). Incluso, la diferencia entre las carencias de toda la población y las carencias de la población considerada pobre es información valiosa para el estudio de la realidad y para el diseño de políticas públicas. 

Más resultados preocupantes 

El dato global marca que, como ya dijimos, el 18,9% de la población es pobre según el criterio multidimensional. 

Este número dice solo qué porcentaje de la población es pobre, no en qué medida; a este porcentaje le llamamos incidencia de la pobreza. 

También, vale la pena señalar que muchas particularidades no se ven en este promedio general, como son: la diferencia en la incidencia de la pobreza en Montevideo (15,1%) y en el interior (21,4%); la diferencia entre hombres (15,4%) y mujeres (21,5%); la diferencia por edades, siendo la mayor incidencia en menores de 6 años (31,4%) y la más baja en mayores de 65 (6,2%);  y la diferencia por ascendencia blanca (16,6%) y por ascendencia afro (36,1%). 

Por otro lado, hay que prestar especial atención a los indicadores que miden las vulnerabilidades más comunes. Cada indicador “aporta” una cantidad de personas al IPM, pero no todos aportan la misma cantidad, porque hay aspectos donde más personas tienen carencias que en otros. 

El que tiene peores resultados de todos, se mire como se mire (a nivel general, por región, por sexo, por edad y por ascendencia), es el de años de escolarización. El informe dice, en la página 46: “Este indicador refleja el nivel educativo alcanzado por los adultos en el hogar, lo cual es un proxy de las oportunidades históricas que tuvieron para acceder a la educación.” A nivel general, el segundo peor es informalidad, y el tercero materialidad y problemas de vivienda. 

Hay dos casos particulares al separar por edades: para 6 años o menos el segundo peor indicador es hacinamiento (3 personas o más por cuarto destinado para dormir);  para 65 años o más el tercer peor indicador es internet (el hogar no tiene acceso a internet de ningún tipo). 

Intensidad de la pobreza

El informe también habla de la intensidad de la pobreza. 

No es lo mismo tener carencias en cuatro indicadores a tener carencias en los 15 indicadores. La intensidad de la pobreza es el promedio de privaciones (es decir, en cuántos indicadores están por debajo del umbral) que sufren las personas pobres. 

Este promedio, a nivel país, es del 33,7%, es decir, alrededor de 5 indicadores. El valor más alto de intensidad de la pobreza lo observamos al mirar solo la población de ascendencia afro, que llega al 35,4%. Mientras que el valor más bajo de intensidad de la pobreza lo observamos al mirar solo la población de 65 o más años, que es del 30,9%. 

¿Y ahora? 

Como fue resumido en esta nota, algunos indicadores reflejan realidades preocupantes que representan desafíos a enfrentar. 

Entender estos resultados para que los números también nos cuenten de la realidad uruguaya es de suma importancia. 

Primero, es oportuno destacar la necesidad de mejores datos, como es notado en la exclusión de la dimensión salud del IPM uruguayo. 

La realidad la observamos todos, pero medirla con datos concretos y representarla en índices es algo valioso y necesario para el desarrollo de reclamos por parte de la comunidad organizada y de acciones por parte del Estado. 

Resaltamos también las mayores incidencias de la pobreza multidimensional en diferentes subgrupos de la población: la gente del interior, las mujeres, los niños, la población afrodescendiente. Estos resultados muestran una mayor vulnerabilidad de estas personas. Por último, podemos ver, en números, una realidad que podemos observar día a día: es necesario prestarle atención al sistema educativo uruguayo y a quienes se educan en él, siendo los pocos años de escolarización de nuestra población una alerta sobre un problema de fondo: el acceso insuficiente a la educación del pueblo uruguayo. 

Al fin y al cabo, la mayor virtud de este índice es aportar mejor información para diseñar estrategias y políticas públicas que nos permitan acercarnos a la pública felicidad.

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