Este miércoles, con el homenaje a Luis Eduardo Arigón, volvimos a vivir una jornada removedora, de profundo contenido democrático, de enorme calado humano.
En medio de la vorágine de la recta final electoral, importante y decisiva, tenemos la obligación de hacer una pausa y darnos el espacio para aprehender lo vivido, para explicitar en palabras, y por lo tanto en un nivel más profundo de nuestro pensamiento y conciencia, lo que ya está registrado en nuestros sentimientos y en nuestro corazón.
Este miércoles una multitud conmovida abrazó y homenajeó a Arigón y a su familia. No importó que la fecha de su homenaje se hubiera conocido apenas dos días antes. Tampoco que fuera en un día y horario complicado para asistir. Miles, de mil maneras, encontraron la forma de decir presente. En la UDELAR, en su explanada y en la propia 18 de Julio, pero también con pintadas, pasacalles, carteles, placas y fotos en las redes, en cada rincón de nuestro país.
El homenaje se realizó en la UDELAR, como ha sido en la mayoría de los casos de las y los compañeros cuyos restos fueron recuperados. Es un lugar emblemático, digno, referencia de las luchas populares todas, a lo largo de la historia. La fachada del edificio de la Universidad, que cada 20 de Mayo se embandera convocando a la Marcha del Silencio, tuvo el rostro de Arigón, una definición: “Militante político y social”; y un compromiso: “Nunca más Terrorismo de Estado”.
La familia, sus hijas Sabina y Estrella y militantes de Madres y Familiares estuvieron todo el tiempo al lado del féretro y presenciaron el ininterrumpido pasar de cientos de personas que se extendió durante las 4 horas que duró el homenaje.
Hubo dos guardias de honor, una adentro, a los lados del féretro y otra afuera, con militantes del PCU y la UJC, portando banderas comunistas, del Frente Amplio y de Uruguay.
Hubo hombres y mujeres de todas las edades, militantes sindicales, estudiantiles, cooperativistas, del Frente Amplio, de sus sectores y bases y del PCU y la UJC, que luego de salir del edificio de la UDELAR se mantuvieron en la calle.
El homenaje, sencillo y por ello más conmovedor aún, fue a Luis Eduardo Arigón, a su condición de militante de luchador por la libertad y la democracia contra la dictadura, de FUECI y la CNT, del PCU y del Frente Amplio.
También, y de forma inseparable, a su condición de esposo y padre, a su amor por la poesía y el violín, a su pasión por Liverpool, a toda su humanidad.
Fue un homenaje a Arigón, de su pueblo, y por ello, también fue un abrazo a su familia; a Sara, su compañera, fundadora de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, luchadora incansable, que nunca se rindió, que enfrentó las mentiras, la persecución, el silencio cobarde, la impunidad; a sus hijas Sabina y Estrella, que no olvidaron, que siguieron reclamando.
El senador de la 1001 y el FA, Oscar Andrade, lo dijo con claridad, consultado por los medios de comunicación: “Si uno repasa el caso de Arigón, en cada uno de los años estuvo militando de manera organizada, de manera clandestina, poniéndose en riesgo a los efectos de no parar de denunciar el Terrorismo de Estado en Uruguay. Para nosotros es estremecedor”.
Homenajear a Arigón es seguir levantando las banderas por las que luchó.
Como ya informamos en EL POPULAR y reiteró Madres y Familiares en la proclama leída el miércoles, Arigón, tenía 51 años cuando fue secuestrado por la dictadura fascista de su casa en La Blanqueada, Montevideo. Era un trabajador, militante sindical de la CNT clandestina y de FUECI y del PCU y el FA. Su secuestro se dio en el marco de la “Operación Morgan”, un plan de aniquilamiento contra todo el movimiento popular, especialmente contra las y los comunistas, que provocó miles de presos y torturados, decenas de asesinados y desaparecidos. Arigón fue llevado al centro clandestino de detención de La Tablada, dependiente del Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas, brutalmente torturado, asesinado y luego trasladado al Batallón 14 de Toledo, enterrado, con cal y una loza de cemento sobre su cuerpo, para que jamás fuera encontrado.
Allí estuvo 47 años. Durante esos 47 años los torturadores y asesinos, con uniforme y sin él, los fascistas, mintieron. Extendieron su cobardía de secuestradores y torturadores a la mentira primero y el silencio luego, apostando siempre, cobardemente, a la impunidad.
Para que Arigón vuelva a su familia y a su pueblo hubo que derrotar todo eso.
Hay que recordar el heroísmo de Arigón, de sus compañeras y compañeros, de su familia, de Madres y Familiares, de todo el movimiento popular, de las juezas, jueces y fiscales dignos que desafiaron la impunidad, de las y los abogados que acompañaron y acompañan las causas, de la Fiscalía Especializada en delitos de Lesa Humanidad, de la Institución Nacional de DDHH y su equipo de investigación, a la abnegación y el profesionalismo del equipo de antropólogos. Es parte sustancial de esta larga batalla contra la impunidad que sigue.
Pero también hay que recordar la responsabilidad de las y los secuestradores, torturadores, asesinos y desaparecedores; la complicidad de quienes desde el poder apañaron la mentira, construyeron la impunidad y hoy callan. Recordar que el Terrorismo de Estado y la dictadura fascista fueron parte de una estrategia continental del imperialismo yanqui contra los pueblos y que también son responsables. Es imprescindible recordar la disposición de los sectores del poder a arrasar con la democracia y apelar a los peores métodos cuando se trata de defender sus privilegios.
Como lo hemos dicho, es obligatorio recordar que hasta ahora hemos recuperado los cuerpos de Roberto Gomensoro, en 1973, en el Lago de la represa de Rincón del Bonete; Ubagésner Chaves Sosa, en 2005, en una chacra de Pando, perteneciente a la Fuerza Aérea; Fernando Miranda, en 2006, en el Batallón 13 de Infantería; Julio Castro, 2011, en el Batallón 14 de Infantería de Toledo; Ricardo Blanco, en 2012, Batallón 14 de Infantería; Eduardo Bleier, en 2019, en el Batallón 13 de Infantería; Amelia Sanjurjo, en 2023, en el Batallón 14 de Infantería de Toledo, y ahora, en el 2024, a Luis Eduardo Arigón, en el Batallón 14 de Infantería. Y al hacerlo y valorarlo, reafirmar nuestro compromiso por todas y todos los que faltan, por no bajar ni un minuto el reclamo de Verdad y Justicia, por dotar de más recursos a quienes buscan, la Fiscalía, la Institución Nacional de DDHH y el equipo de antropólogos.
Por todo ello, esta semana, tenemos que grabar en nuestro corazón y en nuestra conciencia, que estuvimos junto a Arigón y su familia. Que hubo una proclama de Madres y Familiares que fue respondida con una cerrada ovación, de todas y todos los presentes en el homenaje, de quienes pasaban por las veredas en ese momento y se quedaron, de las vecinas y vecinos que salieron a los balcones a escuchar y aplaudir.
Que cuando salió el féretro la multitud se reunió, se unió, para darle un abrazo.
Que las banderas rojas, uruguayas y frenteamplistas portadas por manos conmovidas le dieron solemnidad al abrazo.
Que la emoción, entre la rabia y la ternura, hizo que nadie quedara incólume, que lo dominante fueron los ojos empañados. Que todas y todos cantamos a capela: “No son solo memoria, son vida abierta…”
Arigón volvió a su familia y a su pueblo. La verdad, la dignidad y la humanidad le ganaron otra batalla a la cobardía, la mentira y la impunidad.























