Bolivia entre el golpismo y la libertad

A pocos días de cumplirse un año del golpe de Estado que derrocó al gobierno legítimo encabezado por Evo Morales se realizan este domingo elecciones en Bolivia.
Son elecciones muy particulares, organizadas por un gobierno golpista, en medio de una represión brutal contra el movimiento popular, con proscriptos y con amenazas de fraude, esta vez si reales y concretas, o de desconocer los resultados si gana el MAS, como indican todas las encuestas.
En este año, el gobierno golpista, encabezado por Jeanine Áñez, que fue electa luego del derrocamiento de Evo en una sesión sin quórum del Parlamento, hizo estragos. Se concentró la riqueza y aumentó su contracara, la pobreza; se reinstaló el racismo como política de Estado; la economía se desbarrancó; se multiplicaron los casos de corrupción; se persiguió a la prensa y la represión campeó, con puntos altos como las brutales masacres de Sacaba, en Cochabamba, y Senkata, en El Alto.
Como si todo lo anterior fuera poco el gobierno golpista hizo un desastroso manejo de la pandemia del COVID 19 y el sistema de salud boliviano quedó al borde del colapso.
El MAS enfrenta estas elecciones en condiciones muy difíciles, con candidatos proscriptos, entre ellos Evo Morales, con cientos de militantes perseguidos y hasta enfrentando un intento, fracasado, de proscribirlo como partido.
Aún así todas las encuestas dicen que la fórmula que integran Luis Arce, ex ministro de Economía y David Choquehuanca, ex canciller, está primera en la intención de voto. Además las compulsas de opinión dan al MAS como ganador en 6 de los 9 departamentos, lo que de confirmarse le daría mayoría parlamentaria.
En Bolivia para ganar en primera vuelta se debe superar el 40% y sacarle más de 10 puntos al segundo, en este caso Carlos Mesa.
En eso, y sólo en eso, la situación parece ser casi calcada a la que se vivió hace un año, cuando mediante un golpe de Estado, con la participación de grupos racistas y fascistas, con protagonismo central del Comité Cívico de Santa Cruz, más las Fuerzas Armadas y la Policía, se desconoció el triunfo de Evo Morales, arguyendo fraude.
En el armado del escenario que justificó el golpe jugó un rol también central la OEA, su secretario general, el agente yanqui Luis Almagro, y la misión de Observación Electoral, que inexplicablemente fue invitado por el mismo Evo Morales.
La misión observadora de la OEA en un informe, que luego fue denunciado como falso y parcial, habló de fraude y llamó a repetir las elecciones. No es un detalle menor recordar que Almagro fue reelecto como secretario general de la OEA y que designó como jefe de misión para estas elecciones al mismo funcionario que hizo el informe que ayudó al golpe de Estado hace un año.
En los últimos días hubo informes de prensa de planes militares y de grupos ultraconservadores y racistas para desatar la violencia si gana el MAS.
El golpe de Estado en Bolivia, que, con la excepción del malogrado canciller Ernesto Talvi, la derecha de nuestro país y de todo el continente se negó a calificar de tal, es parte de la contraofensiva del imperialismo yanqui en América Latina.
Bolivia tiene riquezas estratégicas, como el litio y el gas natural, pero además el proceso encabezado por el MAS y Evo Morales tenía un enorme valor simbólico para los pueblos y el mismo valor, pero en sentido contrario, para las oligarquías y el imperialismo.
El MAS sacó a millones de bolivianas y bolivianos de la pobreza, desarrolló la salud y la educación a niveles nunca vistos, otorgó ciudadanía a millones de personas, empezó a saldar una deuda de siglos con los pueblos originarios y sus derechos, construyendo un estado Plurinacional, pero además, fue muy exitoso en términos macroeconómicos, con el ciclo de crecimiento más largo de la historia del hermano país.
En el golpe de Estado de hace un año confluyeron el imperialismo y el odio racista y clasista de la oligarquía boliviana que no soportaban más ese proceso popular.
Es cierto que hubo errores, no conocemos ningún proceso de transformación social que no los tenga. Pero como dijimos hace un año la línea de definición es entre libertad y golpismo.
Entre la democracia, concebida como un proceso permanente de construcción de libertad e igualdad, un espacio de transformación social, con la participación ciudadana como determinante, con el pueblo organizado como sujeto social; o el retorno a regímenes elitistas, concentradores de la riqueza y el poder, con una práctica social restrictiva de la libertad que produce desigualdad y por eso es anti democrática.
La única garantía para el pueblo boliviano de que se respete su voluntad es su propia capacidad de organización y de lucha. Nuestro deber es la solidaridad.
Por eso hay que reivindicar el principio de no intervención en los asuntos internos de otros países, la defensa de la soberanía y de la paz. Y claro, el derecho de los pueblos a elegir su propio camino.
Una vez más lo decimos, como hace un año, en Bolivia, la lucha es entre el golpismo y la libertad. Desde aquí, solidaridad, solidaridad y más solidaridad.


 

¿Y el malla oro?

Mientras la coalición de derecha en el gobierno sigue con su relato de Disneylandia, amplificado hasta el paroxismo por las redes del poder, ese según el cual todo se está haciendo bien, todo es transparente y prístino, y los problemas se deben a la Pandemia y a lo mal que hizo las cosas el Frente Amplio, la realidad está ahí, existe, aunque la nieguen mil veces por día.
En setiembre hubo 105 mil personas en seguro de paro. El Índice Medio de Salarios mostró en agosto una nueva caída del salario real, una tendencia desde marzo. La inflación sigue subiendo, 9.9%, y dentro de ella uno de los rubros que más crece son los alimentos, un 14%.
Sobre estos números hay que agregar algunas cosas. Los augurios de rápida recuperación no se están cumpliendo. Hay 105 mil uruguayas y uruguayos en el seguro de desempleo, derecho conquistado a pulso por la lucha de los tan vilipendiados sindicatos, pero quienes allí están perciben promedialmente menos de la mitad de sus ingresos. El salario real cae, y como las jubilaciones y las pensiones se ajustan por el Índice Medio de Salarios, caerán también. En un país donde más del 80% de la población tiene como principal fuente de ingreso el salario o la jubilación eso es devastador. La inflación golpea especialmente a los más pobres, el aumento inmoral de los alimentos impacta en los hogares humildes que son lo que más porcentaje de sus ingresos dedican a poder comer.
La desigualdad se ha multiplicado exponencialmente en estos seis meses de gobierno de derecha. El Instituto de Economía de la UDELAR estableció que de no tomarse medidas muy fuertes de políticas sociales, entre ellas la renta básica y el aumento de las transferencias monetarias, cosas que no se hicieron, 100 mil uruguayas y uruguayos más caerían en la pobreza.
Mientras tanto la coalición de derecha envía un Presupuesto de ajuste, que recorta recursos en salud, en educación y en vivienda, pone tope a las transferencias monetarias, deja sin rubros al Sistema de Cuidados y recorta la inversión pública, en medio de una recesión.
Como muestra simbólica en estos días dos medidas: el cierre de la guardería para los hijos de los funcionarios del BPS y el anuncio del gobierno de recortes en el alcance de la gratuidad del boleto estudiantil. Dos señales que eximen de comentarios.
Pero lo peor es la perspectiva futura. La CEPAL, la ONU y hasta los impresentables Banco Mundial y FMI prevén una crisis de dimensiones históricas, de la que nos empezaremos a recuperar en el 2025, con caída brutal de la inversión y de la economía y devastadores impactos sociales. Pero nuestro gobierno espera por los “malla oro”, los exonera de impuestos, baja salarios y jubilaciones, recorta políticas sociales y baja la inversión pública.
Isaac Alfie, el todopoderoso director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto y Azucena Arbeleche, la cruzada neoliberal que encabeza el Ministerio de Economía, envían mensajes contradictorios en el Parlamento, pero en algo coinciden: hay que reducir el déficit fiscal, el mercado resolverá todo, hay que achicar el Estado.
El plan del gobierno de derecha es prenderle velas aromatizadas, compradas en algún local chic de la calle Arocena, a San Milton Friedman y al recontra San Friedrich von Hayek, y esperar, con mucha fe.