Brasil: el peligro de la violencia fascista

La semana anterior destacábamos en el editorial la importancia estratégica de la asunción de Lula como presidente de Brasil. Subrayábamos la importancia de los primeros anuncios, tanto para Brasil y su pueblo como para nuestro continente y el mundo. También alertábamos, como lo hicieran en primer lugar las y los compañeros brasileños, de los enormes desafíos que enfrentaría, entre ellos el peligro de la violencia y la desestabilización de parte del neofascismo que lidera Jair Bolsonaro. El intento de golpe de Estado del domingo pasado muestra hasta donde estos riesgos son parte de la realidad. 

Lo primero que hay que señalar, con firmeza, es que el domingo el neofascismo brasileño intentó un golpe de Estado. Eso fue el asalto coordinado y simultáneo contra la sede de los tres poderes democráticos en Brasilia: la Presidencia, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal. La intentona golpista, preparada en todo el país, pudo avanzar por la desidia y la complicidad del gobernador bolsonarista de Brasilia, de su jefe de Seguridad, ex ministro de Justicia del gobierno de Bolsonaro, de las fuerzas de seguridad estaduales y de parte de las fuerzas de seguridad federales.

La firme respuesta de Lula, que estaba en San Pablo visitando zonas afectadas por inundaciones; de los otros dos poderes del Estado, el judicial y el legislativo; la condena de la inmensa mayoría de las organizaciones sociales brasileñas y el amplísimo rechazo internacional frustraron el intento golpista.

El intento de golpe fracasó, pero fue eso, no se puede rebajar la gravedad de lo que se vivió. Se buscó, premeditada y planificadamente, provocar enfrentamiento y caos, dejar al gobierno de Lula imposibilitado de garantizar el orden y provocar un levantamiento militar o militar y policial.

La investigación de lo sucedido y el castigo a los responsables, tanto materiales, como a quienes lo planificaron, inspiraron y financiaron, es un paso fundamental.

Las primeras investigaciones han llevado a la detención de más de 1.200 personas, identificadas como participantes en los ataques a los edificios públicos. Se han individualizado a 52 personas y 7 empresas que financiaron los ómnibus en los que los neofascistas viajaron hacia Brasilia. También, según reveló el diario Folha de San Pablo, durante un operativo de allanamiento en la residencia de Anderson Torres, jefe de Seguridad de Brasilia y ex Ministro de Justicia de Bolsonaro, se encontró el borrador de un decreto con el que el gobierno saliente pretendía intervenir el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y desconocer la victoria de Lula. Esto demuestra que los planes golpistas no tienen nada de espontáneo ni de improvisados e implican directamente a Bolsonaro y a su circulo más cercano en ellos.

Los sucesos del domingo forman parte de un proceso golpista para consolidar el poder de lo más concentrado de la oligarquía brasileña, fundamentalmente de los sectores del agronegocio y el capital financiero.

Bolsonaro, y el neofascismo que expresa, son un recurso de lo más concentrado de la oligarquía brasileña para recuperar el espacio de poder perdido, nos referimos al gobierno, una vez que quedó comprobado el fracaso de los partidos de la derecha tradicional para disputárselo a la izquierda y al movimiento popular brasileño. En 2016 se ejecutó el golpe de Estado contra Dilma Rousseff. Bolsonaro en el juicio político contra Dilma dedicó su voto al coronel que la torturó cuando estuvo presa en la dictadura. El entonces diputado dijo en la Cámara: “Por la familia, la inocencia de los niños en las aulas, que el PT nunca tuvo, contra el comunismo, por nuestra libertad, en contra del Foro de Sao Paulo, por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, por el pavor de Rousseff, el ejército de Caxias, las Fuerzas Armadas, por Brasil encima de todo y por Dios por encima de todo, mi voto es sí”. En 2016 hubo un golpe de Estado en Brasil con el que se destituyó a una presidenta democráticamente electa. 

Conviene recordarlo, porque 7 años después, algunos y algunas, que no solo no condenaron el golpe contra Dilma, sino que lo celebraron y como Lacalle Pou se sacaron fotos con los golpistas, no hacen ni el más mínimo esbozo de autocrítica. 

Tras el golpe contra Dilma vinieron las elecciones de 2018, Lula era el candidato favorito en todas las encuestas. Se organizó la operación de persecución y aniquilamiento, político y personal contra Lula. Las acusaciones falsas montadas en su contra determinaron el encarcelamiento de Lula y su condena amañada. El objetivo principal, que era que Lula no fuera candidato, se cumplió y de esa manera se le posibilitó a Bolsonaro que accediera a la presidencia de Brasil. 

Bolsonaro, y los sectores sociales que expresa, llegaron al gobierno de manera fraudulenta, espuria y sin respetar la institucionalidad democrática.

La última campaña electoral fue de las más violentas de la historia de Brasil, con atentados, agresiones y asesinatos. En medio de la misma, Bolsonaro planteó sospechas sobre el sistema electoral de su país y comenzó a hablar de fraude. El día de las elecciones el cuerpo policial que se encarga del control de las carreteras, dirigido por un notorio bolsonarista, hizo cientos de operativos ilegales en las rutas para impedir que cientos de miles de brasileños votaran. Bolsonaro no reconoció el triunfo de Lula. Durante todo diciembre partidarios de Bolsonaro organizaron violentos cortes de rutas en varios estados del país y acamparon frente a cuarteles militares, reclamando la intervención “salvadora” de las Fuerzas Armadas. El partido político de Bolsonaro presentó un recurso que implicaba en los hechos anular las elecciones. El día que Lula recibía su diploma como presidente electo partidarios de Bolsonaro intentaron impedirlo, quemando buses, atacando comisarias y cortando calles. Días antes de la asunción de Lula fue detenido un empresario bolsonarista en Brasilia que pretendía detonar un explosivo en el aeropuerto, generar caos e impedir la asunción de Lula. Bolsonaro se negó a entregarle la banda presidencial a Lula y huyó a Miami, EEUU.

Esos son los antecedentes en Brasil de las acciones golpistas del domingo, se remontan hasta la dictadura y el golpe de 1964, permanentemente reivindicado por Bolsonaro y sus partidarios. 

También la acción de los neofascistas brasileños de este domingo tiene obvias similitudes con el asalto al Capitolio, realizado por los también neofascistas seguidores de Trump. Pero esto no solo es por la acción en sí, que tuvo intentos explícitos de imitación, es necesario establecer identidades comunes en aspectos más profundos.

Ambos líderes, Trump y Bolsonaro, y los movimientos sociales y políticos que los respaldan, expresan a los sectores más reaccionarios de las oligarquías de sus países, al capital trasnacional y en particular al financiero, combinando esto con una importante inserción de masas, la captación e instrumentalización de sectores populares golpeados por la crisis del capitalismo, sustentada en los sectores más conservadores y reaccionarios de los cultos neopentecostales, el uso de millonarios recursos del Estado para prácticas del clientelismo más vil y descarado, el discurso populista, anti ciencia, anti cultura, racista, homófobo, machista, anti comunista, el culto al líder fuerte, por encima de la ley, el nacionalismo ramplón, el desprestigio de la política y de la militancia social, el culto a las armas y la violencia.

Por eso hablamos de neofascismo, por su carácter de clase y su vínculo orgánico con el capital financiero y el núcleo duro del imperialismo.

Ignacio Ramonet, en su artículo “La nueva ultraderecha y la rebelión de las masas conspiranoicas en Brasil”, publicado en el Portal de EL POPULAR (*), afirma que entre las circunstancias que originan estos hechos está lo que denomina “la desazón contemporánea” compuesta por tres crisis que confluyen: “la crisis de la verdad, la crisis de la información, la crisis de la democracia”.

Es un análisis preciso y acertado, pero debe incorporarse otra crisis, la orgánica y estructural del capitalismo, que genera desigualdades como nunca en la historia, excluye a millones de personas y pone en peligro la vida y el propio planeta. El neofascismo, del cual Bolsonaro y Trump son expresiones, es una respuesta de los sectores que concentran el poder a esa crisis. 

Como bien señalaron el Partido de los Trabajadores y el Partido Comunista do Brasil, la movilización de masas, el protagonismo ciudadano, y la unidad de los sectores democráticos, junto con el protagonismo de la izquierda y el movimiento popular, serán los factores fundamentales para defender la democracia, cerrar el paso al golpismo y defender el gobierno de amplio acuerdo político encabezado por Lula.

Parte de esa lucha democrática es desmontar la partidización de las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, llevada adelante en forma planificada durante el gobierno de Bolsonaro.

Importantes fuerzas de la derecha brasileña en una autocrítica práctica abandonaron el apoyo a Bolsonaro y el camino golpista y se definieron por la democracia, respaldando primero la candidatura de Lula y ahora el gobierno que encabeza. ¿Lo mismo harán, explícitamente, quienes en Uruguay apoyaron el golpe contra Dilma, la cárcel de Lula y saludaron la victoria del fascista y golpista de Bolsonaro?

Es fundamental exigirlo. Parte del “No pasarán” es construir la fuerza social que lo sustente, la unidad política y social del pueblo en primer lugar y la amplitud de alianzas imprescindible para defender la democracia y la libertad, y haciéndolo, defender también la perspectiva de emancipación social.

Es hora de unidad y lucha, de solidaridad. No pasarán. Es tarea política de las fuerzas populares que no pasen.

(*) https://elpopular.uy/la-nueva-ultraderecha-y-la-rebelion-de-las-masas-conspiranoicas-en-brasil/

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