Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn

El artiguismo: tierra y libertad

0
250

Lentamente, como todo lo que 

permanece,

Un hombre creció hasta su pueblo

Líber Falco.

Profesora María Luisa Battegazzore, vicepresidenta de la Fundación Rodney Arismendi.

El Frente Amplio nació bajo la advocación de Artigas. El discurso de Líber Seregni en el acto inaugural terminaba emotivamente con este llamado: “Padre Artigas: aquí está otra vez tu pueblo; te invoca con emoción, y con devoción y bajo tu primera bandera, rodeando tu estatua, este pueblo te dice otra vez, como en la patria vieja, ¡padre Artigas guíanos!”. Pero el Frente, junto con el abandono de su programa original, declinó la reivindicación de la herencia artiguista. Asimismo, ha ido perdiendo de vista el carácter social y el contenido revolucionario del movimiento emancipador. Tampoco se tiene presente su carácter regional y la realidad de la Liga Federal. 

Ante los nuevos intentos de capitalizar e instrumentalizar la memoria del artiguismo por parte de Cabildo Abierto y la renuncia a la historia por parte de otros que la consideran un mero relato, sería bueno recuperar algunos de los conocimientos que una laboriosa investigación científica ha desentrañado, sin pensar que son un punto final y absoluto de la elaboración histórica. 

Los desarreglados campos de la Banda Oriental

Las verdades a medias o las medias verdades suelen ser más peligrosas que la total falsedad. En el marco de las celebraciones del Bicentenario, desde unos micros del canal oficial que, al menos, se referían a la historia y al artiguismo, se nos trasmitió la imagen de Artigas como latifundista, “dueño” (sic) de más de 600.000 cuadras de campo y de su política agraria lo único que se señaló es que aspiraba a elevar la producción rural y a consolidar la propiedad privada. 

Cuando se habla de propiedad es necesario recordar que se hace referencia a una forma específica de tenencia de un bien que es propia del capitalismo. Como se desprende del inacabable trámite del expediente de “Arreglo de los campos” en la Banda Oriental y de decenas de documentos de la época colonial, en este territorio ese concepto de propiedad era muy débil e impreciso y los derechos que implicaba estaban en disputa, incluso entre los mismos presuntos “propietarios”, siendo abundantes los pleitos entre latifundistas.

La mayor parte de los terratenientes no poseían título alguno y simplemente ocupaban tierras con el sumario procedimiento de la denuncia, nunca completando el trámite correspondiente. Según un contemporáneo, la Real Cédula de 1754 que permitía que las autoridades coloniales otorgaran títulos sin la confirmación de la corona, “convidó a los particulares a hacerse Dueños de la Comarca partiéndola en trozos de ciento, doscientas trescientas y hasta de quinientas leguas cuadradas porque, consiguiéndose un terreno de este tamaño por un puñado de pesos, ninguno se acortaba en pedir leguas…”. 

Y las más de las veces ese “puñado de pesos” ni siquiera llegaba a pagarse, ya sea porque se consiguiera la tierra por merced o porque la ocupación se realizaba con la sola denuncia, conllevando el desalojo de muchos pobladores, que efectivamente vivían en las tierras que trabajaban. Porque, por parte de los grandes hacendados la “ocupación” no era siquiera formal. Las enormes extensiones que detentaban eran para ellos simples depósitos de ganado, pretendidamente exclusivos, donde practicar las corambres. De más está decir que el “hacendado” jamás ponía el pie en sus tierras ni efectuaba mejora alguna. Los “intrusos” eran desalojados o se veían obligados a aceptar la condición de medianeros, lo que tampoco daba seguridad ni estabilidad. “Si bien la ocupación intrusa de la tierra fue durante el período colonial la forma más generalizada de adquirir el dominio, la suerte de esa ocupación dependió de las posibilidades económicas del ocupante. (…) Los pleitos por desalojo, documentan con perfiles dramáticos la vida del habitante del medio rural y contribuyen a explicar el por qué de su nomadismo y de la carencia de hábitos de trabajo”.

A veces son pueblos enteros, asfixiados por los latifundios circundantes, los que se enfrentaban a los terratenientes: Soriano, Víboras, Rosario son algunos ejemplos. El pueblo de las Víboras estuvo representado en su pleito contra Melchor Albín por el cura vicario del lugar, Casimiro José de la Fuente quien fue acusado de “jacovinismo”(sic) por su poderoso contrincante. Agreguemos que por esa época Albín, que invoca los sagrados derechos de la propiedad, apenas había comprado un certificado de denuncia de segunda mano y sólo mucho más tarde regularizará la posesión. 

En los innumerables pleitos por tierras durante el período colonial son muchos los casos de medianeros que tenían alguna forma contractual o un acuerdo con el “propietario” de las tierras e igualmente fueron desalojados. Es notable la argumentación del apoderado de Antonio de Castro, en el juicio por desalojo emprendido por la viuda de Miguel Ignacio de la Quadra, Inés Durán. 

“…digan Iten. Si Doña Inés Durán o el difunto su Esposo Don Miguel Ignacio de la Quadra sin haber desembolsado un maravedí y sólo a Virtud de la Antedicha denuncia que hizo contra las reglas políticas que se oponen a que uno solo tenga lo que debe estar repartido entre muchos, ha formado un mayorazgo distribuyendo en suertes [de] Estancia los latos Campos denunciados, para que críen en ellos Ganados los Pobres que no tienen terrenos por habérselos absorbido Quadra: cuya distribución la hizo por el término de seis años forzándolos a la obligación de que cumplidos le debían dejar los pobres medianeros, no sólo las Poblaciones que hubiesen puesto sino también la mitad de los cuatro= Peas haciéndose de aquella multitud de posesiones que tiene. Y haciéndose también un disimulado Señor de Vasallos…”. 

 Si, históricamente, algo va de la mano del poder es la tenencia de la tierra. Algo que, como se ve, los contemporáneos tenían claro. Los elementos feudales derivados de la posesión de la tierra forman parte de la acusación contra el gran terrateniente, así como el enunciado del principio distributivo de las reglas de buena política. 

“El latifundio no tenía aquí ni el arraigo ni la venerable respetabilidad que dan a la propiedad la consagración a través de sucesivas generaciones durante siglos. Todavía no se habían borrado las huellas de la apropiación violenta y dolosa. Nacía ante los ojos de sus víctimas”.

Dimensiones del Reglamento de 1815

En los tiempos precapitalistas la tierra no sólo era la principal fuente de riqueza, sino que la condición en que se usufructuaba la tierra estaba íntimamente asociada a la situación jurídica y social de los individuos, así como a potestades extraeconómicas, tales como administrar justicia, imponer tributos, reclutar milicias privadas. Pero sería bueno repasar las reivindicaciones de los cartistas ingleses, bien entrado el siglo XIX, para apreciar la conexión que, aún en el capitalismo, la propiedad de la tierra seguía teniendo en relación al poder político y a los derechos ciudadanos. 

Luego de conformados los Estados nacionales, la tierra se confundió con el territorio de la nación y el control sobre la misma se convirtió en una cuestión de soberanía, un problema al que ya atiende Artigas pues aunque apreciaba la necesidad del comercio y las relaciones con Inglaterra, busca defender la independencia también frente a la gran potencia imperialista de la época a través de un tratado, si bien algo marginal,  y de un reglamento comercial de orientación proteccionista. 

Por lo tanto, regular la tenencia de la tierra otorgando títulos de propiedad, como hace Artigas, tiene un significado jurídico, político, económico y social. Es justo decir que el Reglamento de 1815 busca establecer o consolidar una propiedad de nuevo tipo, el modo de propiedad capitalista, algo revolucionario en ese contexto histórico-social. Pero es sólo una parte del problema. 

El Reglamento se preocupa asimismo por limitar la extensión de esas propiedades territoriales, en consonancia con las ideas de la ilustración española. Lo limita directamente, estableciendo la extensión de las donaciones e indirectamente, prohibiendo su enajenación o hipoteca hasta “el arreglo formal de la provincia en que ella deliberará lo conveniente”. 

En este sentido sería bueno tener presente el contacto personal de Artigas con uno de los más conspicuos representantes del pensamiento ilustrado, Félix de Azara, en ocasión de su labor colonizadora en la frontera y la fundación de Batoví. El proyecto de Azara fue uno de los más radicales entre los diversos informes sobre el “arreglo de los campos” en esta Banda. Sin embargo, el alegato contra Inés Durán, anteriormente mencionado, muestra que las ideas sobre las saludables “reglas políticas” estaban bastante difundidas. 

Conceder la tierra en propiedad tenía un significado social y económico: por un lado, estimulaba una explotación racional del ganado, la diversificación productiva y la introducción de mejoras, pues el poblador tendría garantizada la estabilidad de su tenencia y el disfrute de sus trabajos e inversiones. Era, por consiguiente, un elemento esencial para el “fomento de la campaña” y también para el “ordenamiento y seguridad” de la misma. Por otro, significaba una transformación profunda de las relaciones sociales, con la creación de una amplia capa de campesinos o productores rurales independientes: “hombres libres en una tierra libre”. 

Finalmente, tenía un sentido político-militar: el régimen de tenencia de la tierra permitía o impedía el contralor sobre el territorio y la defensa de las fronteras, que sólo podía asegurarse mediante la fundación de poblaciones y la colonización agraria de un vasto territorio despoblado. Cada colono se convertiría en un soldado, más aún bajo el artiguismo cuyo ejército era, efectivamente, según la hermosa expresión de Agustín Beraza, “el pueblo reunido y armado”. 

Tierra y revolución

El método comparativo en historia no sólo puede ser un camino para la generalización teórica y suscitar cuestiones que orienten la investigación empírica, sino que, en el nivel de la divulgación puede ayudar a iluminar el significado y valoración de algunos hechos. 

La reforma protestante significó en todos lados la confiscación y redistribución de los bienes de la Iglesia y las órdenes religiosas. El reino de Prusia tiene su origen en la apropiación de los dominios de la Orden de los Caballeros Teutónicos en beneficio de su Gran Maestre Alberto, de la casa Hohenzollern, que se convirtió en luterano y en duque de Prusia, adoptando de paso los signos heráldicos de la congregación. 

La muy burguesa revolución inglesa (1640-1660) expropió tierras de la aristocracia cavalier por valor superior a 5:500.000 libras y la revolución francesa –más definidamente burguesa todavía- confiscó las propiedades eclesiásticas y de los nobles emigrados. Todo ello tuvo consecuencias sociales y políticas profundas. “La Revolución Francesa garantizó la supervivencia del campesinado en Francia; la Revolución Inglesa aseguró su desaparición en Inglaterra”. 

Tampoco Buenos Aires se privó de la expropiación, entre otras medidas adoptadas contra los enemigos. Durante el breve lapso de la dominación porteña en Montevideo no sólo se incautó de los bienes muebles e inmuebles de los realistas emigrados y declaró “buena presa” a las naves españolas que se hallaran en el puerto, sino que confiscó las propiedades de los vecinos que siguieran “a los caudillos Artigas y Otorgués”, ordenando que fueran “inmediatamente repartidas a los orientales que fielmente obedecen al gobierno supremo del Estado”.

El criterio político está claramente expresado en una carta de Artigas a su pariente, Antonio Pereira, en octubre de 1815. “Alguna diferencia debe ponerse entre los servidores de la patria, a los que no han hecho más que multiplicar nuestros trabajos. Si de este modo quedan impunes los delitos se continuará la osadía de refinarse la obstinación de los enemigos. Cuando no la paguen sus personas, la sufrirán sus intereses y ellos servirán de castigo a sus crímenes”.

Por supuesto que además de castigar a los enemigos –en forma ejemplarizante que, por lo menos, neutralizara a los indecisos- la revolución debía premiar a los que habían combatido y sufrido por la causa, ganar adhesiones, estimular el compromiso. El que hubiera recibido su tierra de la revolución sabía que su posesión sólo estaría asegurada por el triunfo y la consolidación de la misma. 

Este es el primer y más obvio sentido político del Reglamento, que poco tiene que ver con venganzas o revanchas. Los “malos europeos y peores americanos” a los que se refiere eran los emigrados a España, Portugal o Buenos Aires, enemigos declarados del “sistema de libertad”, para usar los términos de Andresito. Aunque los terrenos que se declaran repartibles son los de los “malos europeos y peores americanos”, los art. 13 y 14 afectaban a algunos personajes influyentes, incluso miembros del Cabildo en 1815 – 1816 y oficiales artiguistas, amigos de la revolución y a otros más o menos neutrales. Esto aclara lo que podríamos titular como “el misterio de una nota al pie”.

En su ingente investigación Sala, Rodríguez y De la Torre recolectaron además del texto original del Reglamento, único que ostenta la firma de Artigas, varias copias del mismo, autenticadas o no. En una de ellas, que no está firmada ni autenticada, se agrega al pie una enmienda que luego fue reproducida acríticamente en sucesivos estudios históricos. Ese agregado, cuyo origen se desconoce pero que tendría gran importancia en los conflictos por tierras, entonces y en la época independiente, dice: “NOTA: Al artículo 13 se le añade la cláusula siguiente; no se comprenderán en dho. artículo los Patriotas acrehedores a esta Gracia”. 

Otra cosa que muestra la historia, tenazmente, es la solidaridad de las clases poseedoras por encima de los partidos, aún en medio de una guerra civil. Es que afectar, de cualquier forma, la intangibilidad de la propiedad privada (de los poderosos) entraña el peligro de pretensiones y reclamos por parte de los desposeídos. 

Por otra parte, la ocupación de terrenos, en una región donde había hambre de tierras, y una tradición de largos y añejos conflictos entre los pueblos y los latifundistas, desbordó la aplicación del propio Reglamento. Al mismo tiempo, levantó innumerables conflictos entre los paisanos pobres, ansiosos por acceder a la tierra, y algunas autoridades, como los Cabildos de Montevideo y de Maldonado, que emplearon diversas formas de resistencia, activa y pasiva, para eludir la aplicación del Reglamento.  

Asimismo, debe contarse como un objetivo político poblar efectivamente la campaña. Como ya habían comprendido Azara, Lastarria y otros, la colonización agraria era el único medio que permitiría una eficaz salvaguarda de las fronteras terrestres. 

La revolución y la guerra civil necesariamente subvertían el orden establecido y esto se aplicaba a todos los bandos. La requisa de ganado, de grado o por fuerza, era imprescindible para alimentar los ejércitos y pagar abastecimientos, incluidas las armas, para asegurar la movilidad y los traslados, y asimismo para premiar adhesiones o castigar enemigos. “Los ganados eran salario, abastecimiento, botín y represalia”. La revolución significó un consumo extraordinario y destructivo de ganado, eso sin contar los pescadores en río revuelto, corambreros y acopiadores, que también prosperaban. De modo que la recuperación económica era sin duda un objetivo de la política agraria para la imprescindible estabilización del régimen revolucionario. 

Artigas conocía bien el problema y el ambiente; no se hacía ilusiones populistas. En un comunicado al Cabildo en 1816, ante las denuncias contradictorias que recibía desde Soriano y la inercia de las autoridades en la aplicación del Reglamento, le exige el cumplimiento de su obligación: 

“Yo puedo asegurar a VS. lo que la experiencia me ha enseñado, que cada paisano, y los mismos vecinos no hacen más que destrozar: que poco celosos del bien público no tratan sino de su subsistencia personal, y aprovechando del poco celo de la campaña destrozan a su satisfacción. Por lo mismo es preciso que VS. ponga en planta el proyecto y dando al señor Alcalde Provincial la Partida de 16 a 18 hombres (…) salga inmediatamente a recorrer su jurisdicción”. 

La única vía para evitar el “destrozo” y para que la apropiación de tierras y ganados fuera equitativa y ordenada, era la pronta aplicación del Reglamento, que el Cabildo incumplía. 

Qué, cuánto y a quiénes

El meollo del problema, lo que define el carácter del movimiento revolucionario, radica en qué se hace con la tierra, a quién o quiénes se la entrega y en qué condiciones se accede a ella, que viene a ser la misma cosa. La gran pregunta era: ¿a quiénes beneficiaría la revolución triunfante con la sangre y el sacrificio del “pueblo reunido y armado”? ¿A aquellos que estaban haciendo “la carrera de la revolución”, funcionarios, abastecedores de los ejércitos, especuladores, jefes militares, caudillos? ¿No habría nada que ganar para los que no tenían nada que perder, excepto la vida y sus cadenas? 

Si las tierras se venden, si son fraccionadas o no, determinará qué clases o grupos sociales puedan acceder a ellas, así como el grado de concentración de la propiedad territorial. En Francia los beneficiarios de la venta de los bienes nacionales fueron la burguesía y el campesinado acomodado y no se eliminó la gran propiedad rural. Si se recurre al sistema de la enfiteusis, como hizo Rivadavia, el acceso puede estar condicionado por la influencia del interesado con el gobierno, del entramado del clientelismo político. La política agraria artiguista también mereció la descalificación de los representantes del Imperio Británico.

El más significativo elemento diferencial del Reglamento de 1815 es que la tierra se entregaba en moderada extensión y gratuitamente, sin más exigencia que poblarla y trabajarla. Y que, con la tierra se repartían ganados, lo que ampliaba aún más el espectro de los posibles beneficiarios, haciendo que no fuera mero discurso la famosa expresión de que los más infelices fueran los más privilegiados. La enumeración de los “más infelices” era insólita en una sociedad basada en la lógica de las jerarquías, como fue la colonia y también el Uruguay independiente. Basta recordar las exclusiones que estableció la Constitución de 1830 para el ejercicio de la ciudadanía. La revolución era el “mundo dado vuelta”. 

El Reglamento de 1815 se guió por un criterio no sólo político sino también económico-social. 

“Lo que importa en la revolución agraria artiguista es ante todo el enlace orgánico inextricable entre una política de principios revolucionaria y radical sobre la tierra y una práctica consecuente, también radical y revolucionaria. (…) Definida la primera cuestión, si el ‘arreglo de los campos’ se resolvía en mera política de policía rural o de asentamiento de los paisanos en la tierra, el curso de los hechos se enderezó hacia una política de libre acceso a la tierra. (…) Y este fenómeno, cada vez más radical, fue también el que apreciaron los hacendados del bando patriota que desertaron de la revolución y entregaron la patria al invasor extranjero.

Pero lo que hace significativo además el modo artiguista de solución del viejo problema de ‘arreglo de los campos’ (…) deviene de la honda transformación que esta política agraria imprimía en las relaciones sociales y en el consiguiente modo de producción. (…) El derrotero de la revolución agraria artiguista fue el de la solución democrático-burguesa, con la creación de una amplia capa de pequeños campesinos libres sobre la tierra libre mediante el libre acceso a la tierra”.

 En torno a la categoría “democrático-burguesa” puede ser esclarecedor el análisis teórico de Küttler, referido al uso que de ella hace Lenin. 

“En este sentido, Lenin emplea el atributo ‘democrático’ referido a las fuerzas motrices de la revolución y especialmente al papel impulsor que desempeñan en ella las masas trabajadoras y explotadas. En tal medida, ‘democrático’ no es ya coextensivo con ‘burgués’, sino que expresa la progresiva diferenciación de las clases en el curso de la revolución burguesa, la radicalización del movimiento revolucionario, la intervención de las masas populares, en primer lugar, de los campesinos y plebeyos, posteriormente sobre todo del proletariado en alianza con los campesinos”. 

En el caso que nos ocupa deberíamos decir esclavos y libertos, criollos pobres, intrusos en terrenos ajenos, “hombres sueltos”, indígenas, todos los que se enumeran como los “más infelices”. 

La revolución artiguista entronca en la línea democrática de la revolución hispanoamericana, con las derrotadas revoluciones campesinas de Hidalgo y Morelos en México, con los tardíos movimientos independentistas que encarnan Betances y Martí que, en cierta forma, enlazan la revolución emancipadora del siglo XIX con la gran revolución mexicana del XX. 

En nuestra América, desde la revolución de independencia hasta hoy, hay tres coordenadas fundamentales en las luchas populares: la liberación nacional (no necesariamente entendida en el estrecho marco del Estado-nación), la democratización, no sólo formal sino con un fuerte contenido social, y la lucha por la tierra, que es según Mariátegui, el problema cardinal al que se encadenan los demás. “El régimen de propiedad de la tierra determina el régimen político y administrativo de toda nación. El problema agrario (…) domina todos los problemas de la nuestra. En lo que concierne al problema indígena, la subordinación al problema de la tierra resulta más absoluta aún…”.

Por eso entendemos acertado el análisis de Barrán que explica la capacidad del artiguismo –pensado en términos de la Liga Federal- para resistir por cuatro años luchando en dos frentes: enfrentando a Buenos Aires y a la invasión portuguesa, a pesar de las deserciones y traiciones en su seno. La defensa de la revolución agraria y republicana, de las autonomías provinciales constituía una “voluntad general” de la que Artigas era abanderado e intérprete. “El Artigas verdadero es el conductor y el conducido”.

¿Cuáles eran las fronteras?

Hay una tendencia a visualizar el artiguismo dentro de las fronteras actuales del Uruguay. No vamos a buscar acá las raíces de este reduccionismo, pero sí resaltar la dimensión regional del movimiento federal. No verlo es reducir y mutilar sus verdaderos alcances, así como la complejidad de las contradicciones profundas que permiten comprender su derrota. 

Si en la Banda Oriental el Reglamento de 1815 despertó la oposición y hasta el pánico de muchos, cómo imaginar los sentimientos que suscitaría en Corrientes, en 1818, la recuperación de la provincia para la Liga Federal por el triunfo de los guaraníes comandados por Andrés Guacurarí, que firmaba “y Artigas”, y en ocasiones “Andrés Artigas”, de acuerdo al tratamiento paterno-filial que se dispensaba con el Protector. 

Versiones de la época relatan que dos vecinos, uno de ellos escribano, murieron de susto. Los patricios correntinos, hasta hacía poco encomenderos, tuvieron que recibir bajo palio al nuevo Gobernador artiguista, que entró a la ciudad a pie y desarmado, para asistir a un Te Deum y otros homenajes, tan solemnes como desganados. John Street reproduce algunos contradictorios relatos de los hermanos Robertson, comerciantes –y posiblemente espías- ingleses que traficaban en el litoral, acerca del antagonismo entre el patriciado correntino y los guaraníes, en particular, Andresito. Aunque reconocen que “los indios estaban bien disciplinados” y “no carecían de marcialidad a pesar de su escasez de alimentación y de vestimenta”, consideran “caprichos de un jefe indio” y un “insulto” algunas de sus medidas como hacer limpiar la plaza a esos señores acostumbrados “a ser servidos por esclavos”. 

En realidad, los temores de los correntinos tenían fundamento en su mala conciencia, ya que recientemente el unitario gobernador Vedoya había arrasado una aldea indígena y era usual que capturaran niños guaraníes para esclavizarlos. Andresito los liberó y tomó prisioneros a un número igual de niños blancos. Luego de una semana los devolvió a sus madres, no sin recordarles, didácticamente, “que las madres indias también tienen corazón”. Como en esta Banda, en el litoral los esclavos negros que se incorporaran al ejército federal quedaban automáticamente libres. 

En Corrientes también se aplicó el Reglamento y se efectuaron repartos de tierras, algo que retrospectivamente agravia al historiador Hernán Gómez: “El invasor llegaba a la Provincia para algo más que conquistarla a la influencia de Artigas. Traía un amplio cortejo de odios y prevenciones. Educado en las tradiciones de su raza, que pretendía elevarla a la dignidad de la vida civilizada, vio en los hombres de Corrientes a unos usurpadores de los territorios de su pertenencia histórica, y erigiéndose en el instrumento de la vieja política jesuítica (…) usurpó y castigó invocando a la herencia que representaba”.

Por cierto, con esa actitud Andresito representaba fielmente las ideas de la Revolución de Mayo que declaraba el derecho de los indígenas a estas tierras, usurpadas por la conquista, y abolía todas las formas de servidumbre como la encomienda o la mita. El primer aniversario de la Revolución de Mayo había sido conmemorado por Juan José Castelli en Tiahuanaco, acompañado de algunos caciques, apropiándose simbólicamente de la herencia incaica. 

Pero, más importante aún, en el terreno de las realidades, representaba fielmente el pensamiento de Artigas, que en una carta, justamente al anterior gobernador federal de Corrientes, José de Silva, expresaba, ante el conocimiento del maltrato dado a los indígenas: 

“Yo deseo que los indios en sus pueblos se gobiernen por sí, para que cuiden de sus intereses como nosotros de los nuestros. (…) Recordemos que ellos tienen el principal derecho, y que sería una degradación vergonzosa, para nosotros, mantenerlos en aquella exclusión vergonzosa, que hasta hoy han padecido por ser Indianos”. 

Señala Petit Muñoz que ese reconocimiento sin limitaciones de los derechos indígenas se aprecia en la misma designación de Andrés Guacurarí como Gobernador de Misiones y luego de Corrientes. Igualmente, en su preocupación por que hubiera diputados indios en el Congreso de Arroyo de la China. Y, en 1816, ante la resistencia en Santa Fe y Corrientes de admitir a los indígenas, Artigas hace venir a varios cientos de familias de guaycurúes y abipones del Chaco, hombres que habían luchado con Pedro Campbell y con Andresito, para otorgarles tierras en esta Banda. 

“No dudo que ellos serán muy útiles a la Provincia y que todo sacrificio debe dispensarse en su obsequio consiguiendo con ellos el aumento de la población, que es el principio de todos los bienes. (…) Estos robustos brazos darán un nuevo ser a estas fértiles campañas, que por su despoblamiento no descubren todo lo que en sí encierran, ni toda la riqueza, que son capaces de producir”. 

En Misiones, bajo el gobierno de Andrés Guacurarí, que en sus proclamas y oficios antepone a su grado militar y cargos el título de “Ciudadano”, reviven las tradiciones comunitarias guaraníes, mediadas por lo que parcialmente se había conservado bajo el régimen misionero. Andresito organiza los “yerbales y estancias de la Patria y para la guerra”, que evoca al antiguo Tabá-mbaé, la propiedad del pueblo, del común, administrada por los Cabildos de indios, que vuelven a funcionar regularmente. No solamente eso, sino que en Misiones se instaló una fábrica de pólvora y se desarrolló una primitiva metalurgia que, utilizando la piedra itá-curú como en tiempos de los jesuitas, o hierro que enviaba Artigas desde Purificación, era capaz de fabricar lanzas y reparar armas de fuego. Misiones era una provincia relativamente homogénea social y demográficamente, pero además tenía una primordial importancia geopolítica en la Liga Federal. 

Andrés Guacurarí, guaraní por etnia, criollo por su cultura, más ilustrado que la mayoría, pues hablaba y escribía tres idiomas, es un genuino producto de la revolución artiguista, a la vez que un impulsor de su orientación democratizadora. “Es que las montoneras de Andresito Artigas expresaban cada vez más hegemónicamente, más agudamente, el aspecto social que contenía, como impulso y dinámica interna, la lucha social del artiguismo”. 

Heredero de todas las penurias, expoliaciones y humillaciones de su pueblo, así como de sus tenaces luchas, no adoptó una actitud estrechamente indigenista: ante el paraguayo Isasi se presenta como “americano” y “ciudadano”, defensor del “sistema de libertad”. Pero en la conmovedora proclama a los pueblos de las Misiones Orientales, en poder de Portugal desde 1801 y a los que viene a liberar, dentro del plan de contraofensiva trazado por Artigas, así como ya había recuperado los cinco pueblos misioneros ocupados por el Paraguay, su lenguaje cambia. Se dirige a los pobladores como “amados hermanos míos”, “compaisanos míos”, “mis semejantes y mis hermanos”. Su discurso combina las definiciones políticas clásicas del artiguismo, las concretas consideraciones militares y el reiterado recuerdo de la tiranía portuguesa a causa de las intrigas españolas, con un lenguaje inusualmente afectivo en una exhortación de entonación bíblica. 

Andrés Guacurarí, como protagonista en el movimiento revolucionario, en el que ascendió desde simple soldado voluntario a los más altos puestos, es síntesis de todos sus contradictorios sentidos: revolución de independencia y revolución social de los oprimidos y explotados. Si Rodó tiene razón cuando dice que la revolución de independencia no se hizo para el indio y que en las repúblicas americanas continuó siendo una “casta conquistada”, no la tiene al desconocer su participación activa en la lucha emancipadora. 

Comentarios cerrados.